21 de junio de 2019

¿Cuándo debemos empezar a cuidar nuestra alimentación?

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

Una alimentación adecuada es fundamental para nuestra salud y nuestro bienestar, pero ¿a qué edad deberíamos empezar a cuidar lo que comemos? ¿A los 20? ¿A los 30? ¿A partir de los 50? 

Lo cierto es que, si desde que nacemos tuviéramos poder de decisión, desde ese momento deberíamos empezar. La alimentación es fundamental en todas las etapas de la vida. 

En la niñez y la adolescencia es determinante para un crecimiento y desarrollo adecuado, pero también para prevenir desde etapas tempranas diversas enfermedades crónicas como diabetes o hipertensión.

Es en estas etapas donde se van definiendo nuestros hábitos, pero estos van a depender mucho de lo que nos hayan enseñado en casa. Los amigos, medios de comunicación, redes sociales, entre otros medios, también van a tener su impacto en los hábitos, pero si desde más pequeños nos enseñaron en casa hábitos saludables, es más probable que los mantengamos el resto de la vida. 

Ahora bien, ya los que somos adultos no podemos cambiar lo que hicimos o comimos en esos años, pero recordemos que podemos influir en los hábitos de los niños a nuestro alrededor: hijos, sobrinos, primos, etc. Para bien o para mal, ellos van a aprender lo que vean en nosotros.

En la etapa adulta también es importante cuidar lo que comemos. Si bien es cierto ya no estamos en crecimiento, no podemos dejar de lado que una mala alimentación va a poner en riesgo nuestra salud. Entonces en esta edad debemos cuidar lo que comemos para prevenir padecimientos que afecten nuestra calidad de vida como adultos, pero también a futuro como adultos mayores. 

Y como adultos mayores también es importante cuidar lo que se come, ya que además de enfermedades, recordemos que es una etapa en que usualmente se va perdiendo masa muscular, pueden haber padecimientos como estreñimiento, y también en algunos casos empiezan a aparecer algunas dificultades para alimentarse. Por lo que es sumamente importante prestar atención a lo que se come para prevenir deficiencias de nutrientes y mantener una buena calidad de vida.

Una buena alimentación es fundamental desde que nacemos. Así que en realidad cualquier momento siempre será bueno para empezar a implementar hábitos saludables. 

Si no nos enseñaron desde pequeños a comer bien, lo bueno es que podemos hacer cambios en el momento que queramos. Y también debemos tener en cuenta que podemos ayudar a que las generaciones que vienen detrás mejoren su calidad de vida si somos ejemplo para los pequeños.

Cuando pensemos en un estilo de vida saludable, simplemente recordemos que ¡nunca es tarde para empezar!

Los nueve alimentos saciantes que quitan las ganas de picar a todas horas

Tomado de: www.abc.es

Quizá piques a menudo por nervios o por ansiedad, o por aburrimiento, por cansancio o porque necesitas energía o incluso para retrasar el comienzo de alguna tarea que no te apetece hacer. Pero también existe la posibilidad de que tengas ganas de picar porque no logras saciarte durante las comidas principales del día, bien por las cantidades que consumes o bien por la elección de los alimentos del plato. 

Tal como explica Iñaki Elío, Director Académico del Grado de Nutrición Humana y Dietética de la Universidad Europea del Atlántico, la saciedad es «una sensación de plenitud gástrica que hace que tardemos más tiempo en volver a tener sensación de hambre». Con algunos alimentos tenemos hambre en seguida, pero con otros no, es decir, unos son más saciantes que otros. Y en ello influye no solo su composición nutricional, sino también las técnicas culinarias que empleamos al prepararlos, el modo en el que los consumimos (velocidad, masticación, atención plena...) o incluso factores hormonales, que hacen que unas personas tengan «resistencia a la leptina» y eso lleve a que les cueste más saciarse.

Sin embargo, existen algunos alimentos que, en el marco de una dieta equilibrada, son excelentes aliados como complemento o como ingrediente principal para aumentar la saciedad que nos produce ese plato. Estas son las nueve propuestas del Profesor Iñaki Elío.

Avena, ideal en el desayuno

Una ración de 40 gramos de avena aporta 147 kcal y 4 gramos de fibra. «Es excelente su consumo como desayuno, para disponer un energía de lenta liberación a lo largo de la mañana», explica Elío.

Patata cocida, con las verduras

La patata cocida aporta 86 kcal y 2 gramos de fibra por 100g, además de hidratos de carbono de lenta liberación. «Es el complemento ideal de las verduras», afirma el experto.

Legumbres, un plato completo

Una ración de 100g de garbanzos cocidos aportan 95 kcal, 5,4 gramos de fibra y 5,4 gramos de proteínas, además de hidratos de carbono de lenta liberación. «Las legumbres es un plato completo que se puede acompañar de verduras sin incrementar el aporte calórico», añade.

Arroz integral cocido, aporte nutritivo

Una ración de 60 gramos de arroz integral cocido aporta 67,2 kcal, 1 gramo de fibra, 1,4 gramos de proteínas e hidratos de carbono de absorción lenta. Una buena alternativa, según explica el Profesor Elío, son las tortitas de arroz inflado, que aportan un bajo contenido calórico y un alto efecto saciante. Se pueden consumir como snacks acompañadas con queso bajo en grasa, fruta troceada.

Queso Quark, bajo en grasa

Una ración de 100g de queso Quark aporta 67 kcal, 12,2 gramos de proteínas y solamente 0,3g de grasa. «Puede ser una excelente opción a media tarde, que puede acompañarse con fruta», propone.

Frutos secos, un tesoro

Los frutos secos son ricos en proteínas (15% de su composición), minerales, fibra y ácidos grasos. Las mejores elecciones son las nueces, las almendras, las avellanas y los pistachos. Es mejor consumirlos sin salar y sin tostar. Su poder saciante radica en su alto aporte de grasas saludables. Eso sí, según alerta el experto, es importante tener claro que su consumo debe ser moderado (unos 30 gramos al día).

Arándanos, con antioxidantes

Una ración de arándanos (unos 200 gramos) aporta una 114 kcal, 4,8g de fibra. Son ricos en vitamina C y compuestos antioxidantes. Su alto contenido en fibra y bajo aporte calórico convierten a este fruto en una buena propuesta para poder consumir como snack, pues tiene un alto poder saciante.

Verduras frescas, pocas calorías

Una ración de 200 gramos de verduras frescas aportan 96 kcal, 7,6 gramos de fibra y 0,6 gramos de grasa. Es una gran elección que, según precisa Iñaki Elío, debe representar la mitad del plato de la comida y la cena para poder sentirnos saciados y de este modo no abusar de las grasas y los hidratos de carbono de absorción rápida.

Cremas y sopas, que llenan y sacian


Las sopas, tanto frías como calientes, son una excelente elección para mitigar la sensación de hambre. El secreto reside en prepararlas con una buena cantidad de verduras que además incluyan algo de patata o legumbre. Si se consume como primer plato permite controlar mejor las cantidades de los segundos platos. Además, permite retrasar la sensación de hambre que puede aparecer al poco tiempo de haber comido.

5 preguntas sobre la alimentación durante el embarazo


Una de las mayores preocupaciones de las embarazadas es de qué manera alimentarse saludablemente. El aumento de peso para algunas suele ser motivo de preocupación, mientras que otras acatan la consigna de "comer por dos" o satisfacer antojos de lo más impensados; ambos son mitos populares que han quedado en el pasado. En esta nota, se plantean las cinco inquietudes más comunes y damos respuestas a ellas.

¿Cómo alimentarse antes, durante y después del embarazo?
  • Antes del embarazo. La dieta debe ser por completo normal, variada y con un adecuado aporte de frutas y verduras frescas (entre 3 y 5 porciones por día). Asimismo, es necesario evitar el exceso de azúcares y harinas ultrarrefinados e incorporar los carbohidratos en forma poco procesada. Otra cuestión importante, es preferir las proteínas de alto valor como las de origen animal (carnes magras, pescados, claras de huevo, lácteos) o vegetal (soja, quínoa).
  • Durante el embarazo. En esta etapa, se aconseja seguir con la incorporación normal de cuatro comidas diarias y, si es posible, dos colaciones adicionales. Sin embargo, durante el primer trimestre, estas pautas pueden alterarse por las náuseas y vómitos que la embarazada pueda experimentar. Es clave hidratarse correctamente, en lo posible, con agua. En este punto es importante recalcar que se recomienda que beban 300 ml de agua más por día que cualquier adulto. A su vez, descartar el mito de que hay que "comer por dos". El aumento de aporte calórico necesario no justifica esta antigua creencia y por el contrario puede causar sobrepeso indeseado.
  • Después del embarazo. En este período, conocido también como puerperio, es elemental hacer hincapié en la hidratación -sobre todo, en las mujeres que amamantan- y en la ingesta de lácteos y de productos frescos. El gasto calórico que se tiene durante la lactancia materna exclusiva demanda compensación con una adecuada forma de hidratación. Lo aconsejable es que las mujeres que dan de amamantar tomen 700 ml de agua más por día que cualquier adulto.
¿Por qué es importante el ácido fólico, el hierro, el calcio y las vitaminas durante el embarazo?

Si se está buscando concebir, el médico siempre prescribe un suplemento de ácido fólico que ayuda a evitar ciertas malformaciones congénitas. Una vez que hayas concebido, su ingesta se mantendrá durante el primer trimestre de embarazo. Además del ácido fólico, el hierro, el calcio y las vitaminas son elementales durante la etapa de gestación.
  • En el caso del ácido fólico -al igual que el resto de las vitaminas- puede consumirse a través de frutas o verduras frescas. Las espinacas y el jugo de naranja natural son grandes portadores de este. De acuerdo con la época del año, se pueden probar distintas preparaciones sabrosas.
  • Hierro, se lo puede ingerir mediante legumbres (lentejas, garbanzos, porotos), verduras de hojas verdes, principalmente en las espinacas y también carnes, entre otros.
  • En cuanto al calcio, a través de lácteos pasteurizados, preferiblemente que sean descremados y bajos en azúcar para no aportar calorías extras, y ciertos frutos secos o semillas como el sésamo. Este último además de calcio, tiene propiedades que contribuyen a reducir el nivel de colesterol malo sanguíneo.
¿Es necesario tomar suplementos?

Recordemos que, durante el embarazo, se producen cambios en el metabolismo que, según sus repercusiones, pueden llevar al médico a prescribir ciertos suplementos. Los más frecuentes:
  • Hierro: la presentación de anemia en la mujer embarazada es muy frecuente.
  • Calcio: es imprescindible, tanto para el bebé como para la madre. Por eso, quienes sean intolerantes a la lactosa o no ingieran lácteos deberán recibir suplementos.
  • Ácido fólico: como ya se dijo anteriormente, antes y durante el primer trimestre del embarazo se suelen prescribir suplementos para evitar malformaciones congénitas.
¿Existen alimentos que es preferible no consumir durante el embarazo?

Esta es una lista de los menos aconsejados:
  • Quesos blandos como feta, brie,camembert y los de pasta enmohecida o con vetas azules.
  • Lácteos que no estén pasteurizados.
  • Derivados cárnicos crudos (salchichas tipo frankfurt o patés no enlatados).
  • Pescados y mariscos ahumados (salmón, trucha, bacalao, atún o caballa, entre otros).
  • Sushi, carnes, mariscos, pescados y huevos que no estén cocidos o medianamente cocidos. La cocción correcta de estos garantiza que las bacterias sean eliminadas y no haya riesgo de contraer enfermedades.
¿Cuánto peso es "normal" aumentar durante el embarazo?

Según la teoría el incremento ideal de una mujer durante la gestación, de un 20% de su peso, siempre calculado por el médico. Es decir que no será el mismo aumento en una paciente con bajo peso que en una mujer con sobrepeso. Siguiendo con esta idea , otro preconcepto muy popular son los famosos 12 kilos, como un promedio de lo que debería aumentar una mujer durante todo el embarazo.
Sin embargo, en este punto también es fundamental tener en cuenta cuál es el peso previo de la mujer antes del embarazo. En definitiva, lo más importante es siempre pedir consejo y hacer seguimiento con el obstetra, quien evaluará tanto la situación de la futura mamá como la salud del bebé. Generando así un plan personalizado y que podrá ir ajustando a las necesidades nutricionales de ambos.

Otra de las claves es la actividad física durante el embarazo. Siempre y cuando se tenga el aval del médico, complementar la dieta con ejercicios de bajo impacto, tales como natación, pilates o determinados tipos de yoga, el aumento de peso será progresivo y controlado.

3 datos sobre la lactancia materna

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, se recomienda la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses de edad y desde 6 meses hasta los 2 años complementarlo con alimentos semisólidos. Para la madre, hay 3 grandes beneficios:
  • Ayuda a las mujeres a recuperar más rápidamente su peso anterior al embarazo y reduce las tasas de obesidad.
  • Constituye un método natural (aunque no totalmente seguro) de control de la natalidad (protección del 98% durante los primeros 6 meses siguientes al parto).
  • Reduce el riesgo de cáncer de mama y ovario en fases posteriores de la vida.
Precauciones generales para la preparación y el consumo de alimentos

  • Las frutas y verduras deben estar perfectamente lavadas
  • Los lácteos deben ser pasteurizados.
  • Disminuir el consumo de cafeína y de bebidas edulcoradas.
  • Observar con cuidado las fechas de vencimiento de los productos, ya que existe la posibilidad de contraer listeriosis.
  • Se pueden comer sin riesgos quesos duros o semiduros (como cheddar y mozzarella), para untar y cremosos, o yogur.
  • Cocinar muy bien todos los alimentos.
  • Reducir el consumo de sal.
  • Lavarse las manos antes y después de realizar preparaciones, e higienizar bien todos los utensilios.
  • Fuera de la cocina: no hacer tareas de jardinería sin guantes por el riesgo de contraer toxoplasmosis.
  • No automedicarse y consultar siempre al médico.

¿Qué le pasaría al cuerpo si le quitamos todo el azúcar durante un mes?

Tomado de: www.larazon.es

En ocasiones, está a la vista. Pero en la mayoría de los productos alimenticios la presencia del azúcar está oculta entre sus ingredientes. Basta con pasear por un supermercado para darse cuenta de que encontrar un alimento sin este edulcorante es algo más que complicado. Aunque se salte los pasillos de la bollería industrial, los cereales, los chocolates o las chucherías, muchos de los productos que se consumen a diario lo contienen. De hecho, se estima que el 80% de los azúcares que se ingieren están en alimentos procesados sin ser conscientes de que lo incluyen. Es por eso que el reto que protagonizó Sacha Harland se convirtió en una cruzada difícil de ganar.

Este joven holandés se sometió, durante un mes, a una dieta «anti azúcar», eliminado todos aquellos añadidos de su rutina. Tras un mes de prueba, perdió cuatro kilos, redujo su colesterol y mejoró su presión sanguínea. Su estado de ánimo también evolucionó durante el experimento: al principio, estaba de mal humor y se encontraba muy débil; pero, con el paso de los días, sintió un ligero proceso de desintoxicación. De modo que recuperó toda su energía e, incluso, llegó a tener más que cuando realizaba lo que él consideraba una dieta «normal». Sin embargo, su sensación no es única. Todos los que se someten a una dieta con una alta restricción de azúcares añadidos apuntan lo arduo que resulta mantener el propósito, casi como si uno se estuviera desenganchando de una droga. «Consumirlo en exceso hace que se acumule en forma de glucógeno en el músculo y de grasa en el tejido adiposo», subraya Susana Monereo, jefe del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid. «Tomarlo en una cantidad precisa no produce problemas, pero hacerlo en grandes cantidades produce obesidad, diabetes y caries».

Según las últimas recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, una persona debería reducir la ingesta de azúcares libres a menos del 10% del total de calorías. La de Sacha, como la de buena parte de las personas que se suman a esta nueva moda, fue mayor. Pero no por ello, más beneficiosa. En ese sentido, resulta importante identificar los tipos que existen: por un lado, los hidratos de carbono complejos (verduras, hortalizas, pan, pasta, arroz) y, por otro, los azúcares simples (mermelada, dulces, galletas, bollería, fruta). «Aunque el consumo nulo de azúcar es casi imposible, ya que muchos alimentos lo llevan de forma intrínseca en su composición, mantener durante demasiado tiempo este tipo de dietas puede conllevar problemas de salud», explica Ramón Estruch, investigador principal del centro de Investigación Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición. «Los efectos secundarios más comunes de este tipo de prácticas restrictivas son fatiga, somnolencia, inapetencia, mal aliento, estreñimiento, dolores musculares y problemas de concentración». Aunque también puede dar lugar a patologías más graves como cólicos nefríticos, complicaciones cardiovasculares y alteraciones del funcionalismo hepático.

Las restricciones de los azúcares simples implican eliminar alimentos de baja calidad nutricional, lo que conlleva una mejora de la calidad de vida en general: disminuye el consumo de calorías vacías que favorecen el aumento de peso, se regula el correcto funcionamiento del apetito, aumenta la ingesta de vitaminas y minerales, se recupera el umbral de los sabores, evita que se presente la resistencia a la insulina e, incluso, aumenta la esperanza de vida. «Esto aporta calorías más nutritivas y, paralelamente, más saciantes, ya que no producen un aumento y descenso tan rápidos de la glucemia», añade Estruch. Sin embargo, ¿resulta tan sencillo eliminarlos de la dieta? La respuesta es sí. «Debemos recuperar la alimentación basada en productos frescos, de temporada y que requieran elaboración propia para ser consumidos». De ahí que las guías y pautas alimentarias actuales estén enfocadas en recomendar productos integrales no refinados, legumbres, frutas, verduras, frutos secos, aceite de oliva virgen extra, yogures naturales, pescados... «Así, se asegura una ingesta rica en fibra, vitaminas, minerales y compuestos activos naturalmente presente en su composición».

Cerebro e hígado, implicados

El consumo elevado de hidratos de carbono, especialmente de azúcares simples, precisa de la acción del hígado para almacenar este exceso en forma de glucógeno hepático y, posteriormente, en forma de grasa. Según un estudio realizado por la Universidad de Duke (Estados Unidos), esta transformación se produce como consecuencia de un exceso de este nutriente en la sangre y puede dar lugar a diversas patologías. «Esta acumulación en los hepatocitos se denomina esteatosis y puede conllevar una inflamación del hígado y posterior fibrosis, cirrosis y cáncer», mantiene Estuch. Estos se suelen manifestar a través de dolor en la parte superior derecha del abdomen, fatiga crónica, malestar general y pesadez después de las comidas. Aunque hay casos en los que no se detectan síntomas porque el paciente tiene el hígado demasiado grande.

En cuanto al cerebro, éste consume 5,6 miligramos de glucosa por cada 100 gramos de tejido cerebral por minuto. En él, la mayor demanda de energía procede de las neuronas, que dependen de esta sustancia primordialmente. Por ello, a pesar de que el cerebro representa menos del 2% del peso corporal, gasta hasta el 20% de la energía total de la glucosa que fabrica el organismo. «Que esto sea así no quiere decir que tengamos que consumir glucosa, sacarosa o fructosa directamente, pues las fuentes dietéticas de hidratos de carbono acaban siendo fuente final de glucosa para nuestras células en el cerebro», sostiene Ramón de Canga, dietista-nutricionista y doctor en Biología Funcional y Molecular. «Además, el propio organismo puede conseguirla a través del glicerol o de otras rutas bioquímicas. Sin olvidar que los cuerpos cetónicos procedentes del metabolismo de las grasas pueden servir de energía para el cerebro». Para este académico de número de la Academia Española de Nutrición y Dietética, que es el Comité Asesor Científico del Consejo General de Colegios Oficiales de Dietistas-Nutricionistas, prueba de la importancia de la glucosa para nuestro cerebro es el hecho de que diversos estudios muestran cómo la alteración de sus niveles derivados de ciertos problemas metabólicos es fuente de enfermedades. «Enfermedades como la obesidad, diabetes tipo 2, alzhéimer, demencia e incluso diferentes patologías relacionadas son alteraciones neuronales se sugiere que pueden ser debidas a alteraciones en el matabolismo de la glucosa». Sin embargo, concluye, «nadie puede ni siquiera sugerir que, por tomarse un refresco o unas tostadas con mermelada, haya riesgo alguno para la salud. El mensaje de moderación ha sido desplazado por el de prohibición total». Y eso es un error.

14 de junio de 2019

¿Si no como azúcar no me va a dar diabetes?

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

La diabetes es una enfermedad en la que el páncreas no produce suficiente insulina (o no la produce del todo), o el organismo no logra utilizar adecuadamente la insulina que produce. Y en consecuencia empiezan a aumentar los niveles de azúcar en la sangre. Existen 2 tipos de diabetes: la tipo 1 en la que el cuerpo no produce insulina, y la tipo 2 en la que no se puede utilizar de forma eficaz la insulina producida. 

He escuchado ya varias veces a personas decir: "como yo no como azúcar no me va a dar diabetes", o "dejé de comer dulces para evitar la diabetes". Pero antes de pensar esto, debemos tener en cuenta las causas de la diabetes, o los factores de riesgo.

En el caso de la diabetes tipo 1, si bien se puede presentar a cualquier edad, usualmente se diagnostica en edades tempranas y se desconoce la causa exacta por la que el cuerpo no produce insulina. Es por eso que no se puede prevenir. 

La diabetes tipo 2 está más ligada al estilo de vida y por eso se puede prevenir si se toman acciones inmediatas. De hecho está comprobado que cambios en el estilo de vida (no dietas de unos días) así como la actividad física pueden reducir el riesgo de padecer esta enfermedad.

Según la Organización Mundial de la Salud, algunos de los factores de riesgo para padecer diabetes tipo 2 son los siguientes:

  • Tener sobrepeso y obesidad
  • Ser físicamente inactivo
  • Tener antecedentes familiares de diabetes
  • Haber tenido diabetes gestacional (diabetes durante el embarazo)
  • Fumar

Como vemos, no se habla específicamente de que el consumo de azúcar o dulces sea factor de riesgo para padecer diabetes. Aunque si bien su consumo excesivo se va a asociar con el sobrepeso y la obesidad, no podemos decir que solo quitando ese tipo de alimentos ya voy a prevenir la diabetes.

Por ejemplo, se pueden eliminar los dulces, pero si se consume por ejemplo comida rápida en exceso, igualmente vamos a favorecer el exceso de peso. O se pueden comer comidas saludables, hablemos de arroz, frijoles, carne, ensaladas. Pero si se comen en una cantidad mayor a la que su cuerpo necesita, va a ganar peso y va a tener mayor riesgo de diabetes. Lo mismo sucede si se eliminan de la dieta los dulces, pero no se practica ningún tipo de ejercicio. 

No se trata de pensar solo en un factor de riesgo, sino que hay que trabajar en todos. Por eso es necesario un cambio completo en el estilo de vida si queremos prevenir enfermedades.

Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, para el año 2030 habrán 366 millones de personas con diabetes en el mundo. Los casos han aumentado de manera considerable justamente por los malos hábitos de la actualidad: hay restaurantes de comida rápida en cada esquina y siempre los vemos llenos, la gente utiliza el carro inclusive para recorridos cortos, mucha gente deja de lado el comer frutas y vegetales y prefiere productos ultra procesados.

No seamos parte de esa estadística. Podemos empezar hoy mismo a revertir esos números con pequeños cambios: tome menos gaseosas y más agua, coma menos golosinas y prefiera frutas, prepare a diario vegetales, muévase más. Son cosas muy sencillas, que a largo plazo le ayudarán no solo a prevenir la diabetes, sino a prevenir otras enfermedades crónicas, y en general va a mejorar su calidad de vida. ¡Empiece hoy mismo!

Fasting: El último grito en las dietas milagro es el paso previo a la bulimia y a la anorexia

Tomado de: www.larazon.es

Si es usted adulto, lo más probable es que haya intentado realizar unas cuantas dietas a lo largo de su vida. Bien para bajar unos kilos extra, bien para conseguir más músculo, bien para sentirse más sano. Pero la realidad es que la mayoría de ellas le habrá obligado a dejar de lado su comida favorita en favor de otras mucho menos dañinas y más aburridas. Y, aunque los resultados seguro que han sido visibles en casi todas, la sensación constante de hambre y la necesidad de saciar antojos hará que se lo vuelva a pensar dos veces antes de volver a darle una oportunidad a lo “fitness”. Por eso, resultan tan peligrosas alternativas como el “fasting”, el último grito en las conocidas como dietas milagro. El ayuno intermitente era algo a lo que estaban expuestos las primeros habitantes del planeta y, como tal, era de suponer que el organismo estaría adaptado a estos periodos de carencia. Pero no es así: salvo estudios preliminares en ratones, no existen pruebas científicas sobre sus beneficios en los seres humanos.

Frente al mantra que invita a realizar cinco comidas al día y el que asegura las bondades de no saltarse el desayuno, esta paleodieta propone restringir la ingesta calórica utilizando un periodo de ayuno que puede seguir distintos patrones: 16:8 (abstenerse durante 16 horas al día y comer dentro de un periodo de ocho), 5:2 (realizar la rutina habitual durante cinco días a la semana y ayunar los otros dos) o 12:12 (sólo se puede desayunar y cenar con medio día de diferencia). A pesar de que el documental “Eat, fast and live longer”, de Michael Mosley, y el libro “La dieta 5:2”, de Kate Harrison, hayan destacado todas las gracias de esta práctica, la realidad es que la ingesta general de nutrientes que propugna es muy deficitaria. “A lo largo de la historia, se han instaurado situaciones parecidas en forma de precepto religioso. Es el caso de la Cuaresma para los católicos, el Ramadán para los musulmanes o el Yonki Pur para los judíos. Pero sus mismas normas establecen que, en caso de enfermedad, algunos pacientes están exentos de hacerlo porque, evidentemente, es peligroso. Esto ya da una idea de que el ayuno indiscriminado no es bueno”, asegura Albert Goday, presidente de la Fundación Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad y jefe de Endocrinología del Hospital del Mar de Barcelona.

El cuerpo humano tiene capacidad para tolerar el ayuno, pero hasta un cierto límite. Es cierto que se trata de una máquina diseñada para consumir de forma constante energía, pero también que la almacena de forma discontinua. “Por tanto, en situaciones de interrupción de este aporte, ponemos en marcha diversos mecanismos de adaptación: algunos de ellos están centrados en la producción de cuerpos cetónicos como consecuencia de la combustión de nuestras reservas de grasas, a las que algunas investigaciones recientes han otorgado beneficios. Pero sólo para periodos cortos de tiempo. Si esta práctica se prolonga, se ponen en marcha procesos más nocivos para el organismo”, añade Goday. Y no siempre se tiene en cuenta esta posibilidad.

Los peligros que entraña dependen, por tanto, del tiempo que dure el ayuno y de las características globales del mismo. Para Irene Bretón, médico del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, una práctica prolongada puede dar lugar a deficiencias de nutrientes (como el potasio, el magnesio o la tiamina), así como a la pérdida de masa muscular si no se alcanzan los requerimientos mínimos de proteínas. “Si la ingesta total de calorías es inferior a las necesidades energéticas, esta conducta conducirá a una pérdida de peso. Sin embargo, una pauta adecuada para tratar el sobrepeso o la obesidad se debe basar en la educación en la alimentación, eligiendo productos variados como vegetales, frutas, legumbres, frutos secos, lácteos o carnes magras”, asegura Bretón. Pero, además de elegir correctamente los productos, resulta esencial que su distribución a lo largo de la jornada sea adecuada. De este modo, la sobrealimentación y la ingesta desordenada, especialmente por la noche, contribuyen a la ganancia de kilos y a otros problemas metabólicos. “No hay que perder de vista que la respuesta fisiológica al ayuno conduce a una reducción del gasto energético”.

Atracones y ansiedad

El principal objetivo que persiguen las personas que realizan este tipo de dietas es la pérdida de peso. De hecho, algunos estudios sugieren que, en comparación con otras opciones clásicas de restricción calórica continua, resulta igualmente eficaz. Sin embargo, actualmente, no existen investigaciones a largo plazo que aporten información suficiente sobre esta reducción efectiva de peso o de las consecuencias de este régimen. Y, además, se considera especialmente peligrosa para embarazadas, madres en periodo de lactancia, diabéticos o pacientes con hepatopatías y menores de 18 años. “Cuando los jóvenes realizan una dieta sin supervisión pueden desarrollar importantes consecuencias físicas: deficiencias nutricionales, estancamiento del crecimiento, irregularidades en la menstruación... Hay que tener en cuenta que la adolescencia es un periodo clave del desarrollo y que la gran mayoría de estas dietas se inician por baja autoestima y por presión social”, apunta Ricardo Camarneiro, psiquiatra de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital Niño Jesús de Madrid. “Este tipo de prácticas tienen consecuencias en la salud mental, pudiendo causar estrés, ansiedad y problemas de insomnio”. Así como una preocupación constante por la comida que podría derivar en casos de bulimia y anorexia.

“Los periodos de ayuno pueden dar lugar a episodios de atracones que deriven en sentimientos de culpa o de maniobras purgativas, por lo que no son aconsejables para pacientes que tengan o puedan desarrollar estos trastornos”, subraya Francisco Botella, vocal de comunicación de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición. Pues, si el ayuno intermitente se basa en un desplazamiento controlado de alimentos durante un lapso de tiempo más o menos largo, el desorden metabólico que genera puede ser un claro desencadenante. De hecho, muchos de los trastornos del comportamiento alimenticio comienzan por una mala praxis y por una falta de información. Es el caso de las personas que presentan insatisfacción corporal, distorsión de la imagen y miedo intenso a ganar peso, por lo que optan por restringir ciertos productos y por controlar las cantidades. Estas son las características comunes de la anorexia nerviosa. “El ayuno intermitente, por lo tanto, podría desencadenar en una obsesión por los tiempos de ingesta y en una conducta más rígida respecto a la alimentación”, alerta Ángela Quintas, especialista en Química Orgánica y coach nutricional.
A diferencia de este tipo de pacientes, las personas que sufren bulimia nerviosa se caracterizan por esta falta de control, es decir, por su impulsividad respecto al consumo y el uso de técnicas compensatorias inapropiadas para evitar la ganancia de peso. “Por lo que este hábito podría ser utilizado como una de estas compensaciones que, junto a una ansiedad característica aumentada, podría desencadenar otro de los síntomas clave: los atiborramientos”. Los mismos que este régimen quiere evitar a toda costa.


No hay que olvidar que la prioridad del cuerpo es sobrevivir. De modo que, cuando los mecanismos del estrés son activados, todos los demás son secundarios. En este contexto, los niveles de pregnenolona (precursor de hormonas sexuales) disminuyen a favor del cortisol. Y, a partir de ahí, sólo es cuestión de tiempo que se desarrollen problemas de fertilidad, impotencia, pérdida de músculo, fatiga crónica... Todo un cóctel de síntomas que harán de su ayuno una experiencia que jamás querrá repetir, a pesar de que haya bajado un par de kilos. Si acaso.

Fruta deshidratada, alternativa nutricional a la natural

Tomado de: www.larazon.es

El problema de los dulces es que es imposible comer sólo uno. De hecho, está más que demostrado que el azúcar es tan adictivo como cualquier otra droga y que, además, se encuentra siempre al alcance de cualquiera, dispuesto a tentar en los momentos de debilidad.

Esto ha llevado a muchas personas a recelar de todos los alimentos que tienen este particular sabor: desde las barritas de cereales a media mañana hasta los donuts de chocolate a media tarde. Sin embargo, la mayoría de ellas ha dejado la puerta abierta a otros snacks que, a pesar de su dulzor, consideran que son algo más sanos.

Es el caso de las frutas deshidratadas, cuyo consumo no para de aumentar en los últimos años. Según Global Industry Analysts, se espera que éste supere las cuatro millones de toneladas en 2020. ¿La razón de su éxito? Para muchos se ha convertido en la alternativa perfecta a su versión fresca, a pesar de que puedan resultar una fuente encubierta de azúcares.

«La fruta deshidratada ofrece un mayor aporte calórico con una porción mucho más pequeña. Por lo tanto, es probable que para saciar el hambre o la ansiedad se ingiera una mayor cantidad, lo que implica una mayor aporte energético y casi el doble de azúcar», subraya Rocío González, nutricionista de la Clínica Ruber Internacional.

Su ingesta no es un invento reciente, ya que formaba parte de la dieta habitual de las diferentes culturas que habitaron el Mediterráneo y Oriente Medio. Eso sí, con la diferencia de que hoy existen muchas más variedades. Sin embargo, el mango, la piña, el melón, la papaya o la manzana que se encuentran en el mercado ya no se desecan al sol como antes, sino en túneles de secado, en los que el aire caliente penetra para retirar el agua.

«Este proceso destruye alguna cantidad de vitamina C. Además, se les añade dióxido de azufre par darle algún color llamativo, como es el caso de los melocotones y albaricoques».Con esta reducción del contenido de líquido, aumenta también la concentración de nutrientes. Así lo recoge el estudio realizado por la Universidad de Budapest, entre cuyos hallazgos se encuentran, por ejemplo, que este producto contribuye a disminuir los problemas digestivos, favorece el tránsito intestinal, mejora el sistema gástrico y previene los problemas de garganta.

«También es un alimento que posee un elevado contenido en potasio y magnesio, por lo que está especialmente recomendado para personas que sufren hipertensión, que presentan procesos de malabsorción intestinal o que sufren alcoholismo crónico», mantiene María Julia Ocón, doctora del área de Nutrición de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición.

«Asimismo, presenta grandes cantidades de polifenoles con propiedades antioxidantes que pueden ayudar en la prevención de la enfermedad cardiovascular».Quizá esto último sea lo que más sorprenda, dada su cantidad de azúcares, pero hay que considerar que presenta un índice glucémico bajo, pues contiene una cantidad notable de fibra. «En los casos en los que no tienen edulcorantes añadidos, conservantes o colorantes artificiales, sí constituyen una opción saludable», aclara Pedro L. Prieto-Hontoria, experto en Tecnología de los Alimentos.

Lo que convierte a estas frutas en una alternativa sana a otras más extendidas. «Es importante saber combinar el consumo de productos frescos con otros sometidos a procesos de conservación, de tal manera que podamos aprovechar las ventajas de todos ellos», añade María Kindelán, especialista en Nutrición Consciente y Cocina Energética. Más ahora que el azúcar se ha convertido en el enemigo público número uno.

Millones de muertes cardiovasculares por no comer suficiente fruta y verdura

Tomado de: www.elmundo.es

Se estima que aproximadamente 1 de cada 7 muertes cardiovasculares podrían atribuirse a no comer la cantidad de fruta recomendada y 1 de cada 12 se adjudicarían al inadecuado consumo de verduras

No cabe duda de que el mejor escudo contra la muerte prematura es una dieta rica en frutas y verduras. Y para constatarlo, los resultados de un nuevo estudio realizado a partir de los datos de 113 países y que se presentará en el congreso anual de la American Society for Nutrition. Sus conclusiones señalan al insuficiente consumo de estos alimentos como responsable de 2,8 millones de muertes cardiovasculares en 2010 en todo el mundo.

Según el documento, se estima que aproximadamente 1 de cada 7 muertes cardiovasculares podrían atribuirse a no comer la cantidad de fruta recomendada y 1 de cada 12 se adjudicarían al inadecuado consumo de verduras. En general, relatan los investigadores, el coste de la subóptima ingesta de frutas (1,8 millones de muertes) fue casi el doble que el de verduras (1 millón de muertes).

Una llamada de atención para todos los países donde el consumo promedio no llega al idóneo. Los investigadores definieron la ingesta óptima de fruta en 300 gramos al día (equivalente a dos manzanas pequeñas, aproximadamente) y la de verdura (incluidas las legumbres), en 400 gramos diarios (equivalente a unas tres tazas de zanahorias crudas).

En el caso de España, y atendiendo al último informe de la Fundación Española de Nutrición (FEN), de las "cinco raciones al día" que deberíamos tomar al día, nos quedamos en menos de tres. Tal y como señalaba este documento, en la actualidad, ingerimos un 40% menos de verdura que hace 50 años.

En el mapa dibujado por los autores del estudio, en el que está representado alrededor del 82% de la población mundial, se puede observar que Filipinas y Kuwait son los países con mayor porcentaje de muertes cardiovasculares atribuidas al insuficiente consumo de verdura (entre el 15% y el 20%). China y Paraguay están entre las naciones con menor impacto (0%-5%) y las tasas de España oscilan entre el 5% y el 10%.

Tras cruzar información sobre el consumo de frutas y verduras con los datos sobre las causas de muerte de cada país y el riesgo cardiovascular asociado, los investigadores concluyeron que en 2010, el bajo consumo de frutas produjo casi 1,3 millones de muertes por accidente cerebrovascular y más de 520.000 fallecimientos por enfermedad coronaria en todo el mundo. En cuanto a la insuficiente ingesta de verduras, provocó aproximadamente 200.000 muertes por accidente cerebrovascular y más de 800.000 por enfermedad coronaria.

Los resultados de este trabajo, que forma parte del proyecto de Base de Datos Dietética Global -financiado por la Fundación Bill & Melinda Gates-, se presentarán en la reunión anual de la American Society for Nutrition que se celebrará del 8 al 11 de junio en Baltimore. Vienen a constatar que la fruta y la verdura "son un componente modificable de la dieta que puede afectar a las muertes prevenibles en todo el mundo", afirma Victoria Miller, la investigadora principal del estudio, de la Escuela Friedman de Ciencias y Políticas de Nutrición en la Universidad de Tufts. "Nuestros hallazgos indican la necesidad de realizar más esfuerzos dirigidos a la población para aumentar el consumo de fruta y verdura en todo el mundo".


Este tipo de alimentos son ricos en fibra, potasio, magnesio, antioxidantes y fenolíticos, que han demostrado reducir la presión arterial y el colesterol. Además, las frutas y verduras frescas también mejoran la salud y la diversidad de las bacterias en el tracto digestivo. En definitiva, las personas que comen más frutas y verduras tienen menos probabilidades de tener sobrepeso u obesidad, lo que reduce el riesgo de enfermedad cardiovascular.

7 de junio de 2019

5 alimentos que debemos poner bajo la lupa

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

En la actualidad hay muchas personas tratando de alimentarse mejor, y a veces el comercio nos puede confundir con algunos productos ya que se promocionan como saludables. Hoy quiero dedicar la publicación a referirme a algunos ejemplos. Obviamente pueden haber más, pero estos 5 son muy comunes.

1. Granola

Tiene ingredientes naturales, fibra porque usualmente se prepara con avena y otros cereales. Pero también puede estar endulzada con miel. Y no quiero decir con esto que la miel sea mala, pero sigue siendo un azúcar simple que consumido en exceso puede tener consecuencias en nuestra salud. Entonces no debemos confiarnos nada más de que si es granola, es saludable. Hay que revisar si está endulzada, con qué, y qué cantidad de azúcar nos va a aportar.

2. Barritas

Las barritas son una opción práctica, por ejemplo, si ocupamos andar una merienda a mano. Pero en algunos casos pueden estar endulzadas en exceso, e inclusive con jarabe de maíz alto en fructosa. También pueden ser un producto con un alto aporte de sodio, y pueden tener aceite de palma entre sus ingredientes. Así que si vamos a utilizar con frecuencia este tipo de productos, debemos revisar tanto la información nutricional, como la lista de ingredientes.

3. Margarina

Por mucho tiempo se pensó que entre menos grasa se consumía era mejor, y en parte por eso la margarina se puso tan de moda, en especial con sus opciones light o bajas en grasa. Lo cierto es que la margarina es un producto en cuya elaboración se hidrogena aceite, mismo proceso que genera las grasas trans. En buena teoría esas grasas se eliminan, pero no podemos tener plena certeza de que sea así. Ya que la información nutricional permite que aún si el contenido es por ejemplo 0.25 gramos de grasa trans, se declare en cero. Entonces podemos estar consumiendo pequeñas cantidades sin siquiera notarlo. 

Si bien la mantequilla tiene grasas saturadas, estudios recientes han demostrado que no serían tan dañinas como se creía. Por lo que puede ser mejor consumir este tipo de grasa, que correr el riesgo de estar ingiriendo grasa trans.

4. Jugos de fruta

También es otra opción práctica porque podemos encontrar varios lugares que se dedican a la venta de jugos o batidos de fruta que elaboran en el momento. Pero debemos prestar atención a si le ponen azúcar, y también al tamaño y la cantidad de fruta que se utiliza. Podría ser que incluso se consuman 4 o más porciones de fruta de una sola vez. 

5. Embutidos de pavo

Son una opción muy recomendada por nutricionistas, pero al igual que con los productos anteriores, debemos revisar. Recordemos que sigue siendo un producto procesado, y según la calidad del mismo, puede tener mayor cantidad de aditivos y otros ingredientes "de relleno" que le restan calidad nutricional. Así que es importante revisar la información nutricional, ingredientes, y buscar una marca reconocida.

Los productos en el mercado nos pueden llegar a facilitar el logro de nuestras metas, pero no debemos adquirirlos "a ciegas". Debemos investigar y ser consumidores críticos al adquirirlos.

10 errores que cometes cuando congelas (y descongelas) alimentos


Congelar nos resuelve el día a día ajetreado, permitiéndonos tener disponibles muchos alimentos, frescos y cocinados, e incluso guardar las sobras. La dietista Montse Folch  destaca también la importancia del electrodoméstico para el control de peso, “porque te permite cocinar y guardar las porciones exactas que has de comer”.


Pero, cuando congelamos y descongelamos hemos de conseguir alterar las propiedades de los alimentos lo mínimo posible. Y atención a bacterias y parásitos como el famoso anisakis.  ¿Lo hacemos correctamente? ¿Qué secretos esconde una buena congelación? ¿Se debe descongelar a temperatura ambiente, en microondas, al sol? ¿Debo tirar los alimentos si se produce un corte eléctrico? Estos son los 10 errores que no debes cometer cuando congelas y descongelas.

1. Tardar en congelar los alimentos y dejarlos años dentro

Lo ideal es congelar los alimentos el día en que los compras, cuanto más fresco está, mejor para mantener la calidad del producto acabado de comprar. “No debemos esperar a que el bistec esté a punto de caducar para congelarlo”, apunta la nutricionista y profesora de la escuela ESHOB, Maria Casadevall. En el caso del ultracongelado, debemos protegerlo bien de la tienda camino a casa en bolsas aislantes y guardarlo enseguida en el congelador. También es interesante saber que es preferible introducir trozos pequeños de carnes y pescados que enormes, porque requieren menos tiempo de congelación.

Pero… ¿Cuánto tiempo aguantan dentro? Depende de cada alimento y del tipo de congelador. En uno con 3 o 4 estrellas (congela a -18 grados centígrados y a -24 grados) hay tablas, como la de la OCU que indica el tiempo de conservación. “Los bistecs pueden estar entre 6 y 12 meses, el pollo hasta un año y el pescado hasta 3 meses”, apunta la dietista Montse Folch, que hace suyo el consejo general: “Consumir primero lo que entra antes”.  

2. No colocarlos según el frío que necesitan

Algunos alimentos requieren más frío que otros. Por ejemplo, la verdura necesita menos que la carne. “El pescado es el más perecedero, por tanto le hemos de dar más frío y consumirlo pronto”, apunta Casadevall. Para conseguirlo debemos conocer cuáles son las zonas más y menos frías del congelador. “Los más resistentes pueden ir en la puerta, porque abrimos y cerramos mucho”, dice la nutricionista. De todas formas, “cada vez los termostatos son más fiables y hoy en día el frío está bien distribuido por todo el congelador”, comentan en la tienda de electrodomésticos Pont Reyes.  Montse Folch también aconseja distribuir los alimentos de forma organizada en los cajones, “uno para la verdura, el pescado y otro para la carne impedirá que los olores se entremezclen”.

3. Pensar que el congelador mata nutrientes y bacterias (atención al anisakis)

Ni lo uno ni lo otro. El frío respeta los nutrientes y adormece las bacterias pero no las mata. Ahora bien, Maria Casadevall advierte que, como norma general, no resulta conveniente mantener los alimentos más de tres meses en el congelador para evitar su deterioro. “La congelación para o disminuye el crecimiento de microorganismos pero, aunque a menos velocidad, las grasas continúan oxidándose, como en el caso del pescado azul y los mariscos, que no se pudren pero sí que se vuelven rancios”, explica Maria Casadevall, y apunta que a veces el enranciamiento no se percibe en el sabor.

El calor mata bacterias, la congelación solo las paraliza, excepto en el caso del parásito anisakis, que muere pero necesita tiempo y temperatura adecuada. “La actual normativa indica que en los congeladores domésticos debe estar a -18 grados centígrados durante 5 días”, dice la profesora de ESHOB.

4. Descongelar los alimentos a temperatura ambiente

Sacar los alimentos del congelador y esperar que se vayan descongelando en la encimera de la cocina, a temperatura ambiente es un grave error “porque los microorganismos van despertando y se encuentran con una enorme cantidad de agua y nutrientes, el caldo de cultivo idóneo para crecer y hacerse fuertes”, comenta Maria Casadevall. Cualquier alimento que descongelemos es más vulnerable a la acción de los microorganismos que en su estado fresco, antes de congelar.

Tampoco es conveniente hacerlo metiendo los alimentos en agua caliente o al sol. “Hay que descongelar poco a poco y sin romper la cadena del frío”, apunta Montse Folch.

Lo ideal es colocar el congelado en la nevera la noche anterior del cocinado, con un escurridor debajo para que el agua  de la descongelación no entre en contacto con el alimento, ni caiga sobre otros.  También se puede descongelar el alimento usando el agua del grifo que esté fría, siempre que el alimento esté dentro de un envase.  

5. Creer que cualquier recipiente es válido para el congelador.

Para colocar los alimentos cocinados o frescos que van a ir al congelador, no sirve cualquier recipiente o bolsa de plástico. “Los que están homologados están bien identificados con anagramas”, indica la nutricionista María Casadevall. Si lo vamos a descongelar en microondas, también debemos comprobar que el recipiente sea apto para ese horno. Montse Folch descarta el papel de aluminio y aconseja el film transparente, las bolsas homologadas y sobre todo los recipientes de vidrio. El recipiente también debe ajustarse al tamaño del alimento y ser hermético.  “No debemos sobrecargarlo pero tampoco dejar medio recipiente vacío”, apunta Folch.

6. Pensar que descongelar en el microondas no tiene inconvenientes

Descongelar un alimento en el microondas es algo que hacemos habitualmente porque resulta muy práctico. Eso es así, pero también hemos de saber que, por la forma de funcionar de este horno, el proceso de descongelación no es homogéneo. “Puede empezar a descongelarse por una punta y poco a poco ir extendiéndose.  No es un proceso muy óptimo, pero es rápido y funciona en el día a día”, apunta la química de la Fundació Alícia, Laia Badal. Para conseguir una mayor homogeneización, se aconseja utilizar la potencia de descongelación, que es la más baja , introducir el alimento congelado en un recipiente tapado, ir parando el microondas para cambiarlo de posición y también aliñarlo con un poco de aceite. 

7. Creer que si hay un corte eléctrico debo tirar todos los alimentos

Como la tostada siempre cae del lado de la mantequilla, cuando se produce un corte eléctrico en casa, habitualmente tenemos el congelador a rebosar. ¿Debemos tirarlo todo? “Lo primero es comprobar que el corte haya sido de poco  tiempo y si los alimentos continúan duros, y los cubitos sólidos, lo vuelves a encender sin problemas”, cuenta la nutricionista Maria Casadevall. En la página web del servicio Foodsafety.gov   del gobierno de los Estados Unidos se asegura que los alimentos afectados por un corte eléctrico “se pueden volver a congelar de manera segura si todavía contienen cristales de hielo o se encuentran a una temperatura menor a 40 grados F (4,4 grados C)”. Puede afectar a la calidad, pero continúa siendo seguro.

“Un buen congelador puede estar hasta 6 o 8 horas sin luz y no llega a descongelar los alimentos, ahora bien, en ese caso, nunca debemos abrirlo para que no pierda frío”, apunta  el técnico en congelación Antonio  Ortiz.  Si, en cambio, los alimentos después del corte eléctrico están blanditos, no nos queda más remedio que vaciar el congelador. Pero no hemos de tirarlos a la basura, debemos cocinarlos. 

8. Si descongelo alimentos, puedo volverlos a congelar

La Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) asegura que nunca se debe volver a congelar un alimento que se ha descongelado, a no ser que se cocine antes de volver a congelarlo.  Si nos han invitado a una cena por sorpresa en un restaurante y ya teníamos un trozo de carne descongelándose en la nevera que queremos devolver al congelador, ¿podemos hacerlo? Dependerá del tiempo que lleva descongelándose y de su temperatura. Hay que tener en cuenta que los organismos crecen cuando están a temperatura ambiente, de 4 a 65 grados C.
Pero, ante la duda, siempre es mejor no volverlo a congelar, porque las bacterias proliferan con rapidez y no se puede asegurar la salubridad de la carne. “ Se recomienda cocinar la carne y después, volver a congelarla”, explica Maria Casadevall.   

9. Pensar que meter alimentos calientes no es un problema

Cuando acabamos de cocinar un plato que queremos congelar para comerlo en unos días, nos asalta la duda. ¿Debemos congelarlo inmediatamente? Aunque sabemos que dejarlo a la intemperie hasta que se enfríe lo expone a las bacterias, meterlo caliente en el congelador puede estropear el aparato. “El electrodoméstico se enfrenta a un cambio de temperatura enorme que hace que se forme hielo en el evaporador interior”, cuenta Antonio Ortiz, que repara y revisa congeladores en hostelería. Se hace trabajar más al aparato y consume más energía para preservar el nivel de frío interior, pero la entrada de calor también puede ser perjudicial para el resto de alimentos almacenados en el interior.  

10. Puedo congelar todo tipo de alimentos

No es recomendable congelar verduras y frutas porque tienen mucha agua y la formación de cristales de hielo hace que se rompan más sus células. A nadie le apetece comerse una ensalada hecha con lechuga y pepinos descongelados, ¿verdad? “Su textura cambia, se reblandecen”, apunta Casadevall, y añade que en  las judías verdes,  las espinacas y los guisantes no se nota tanto el efecto de la descongelación.

Tampoco podemos congelar los huevos enteros o crudos porque el interior se dilata y se rompe la cáscara. Las patatas se endurecen en el congelador y la pasta se reblandece. El frío también altera el equilibrio de la mayonesa, y al descongelarla se puede cortar. Ni latas ni botellas muy llenas porque cuando el agua se congela, aumenta su volumen y pueden reventar por la presión.