26 de abril de 2014

Aumentar el consumo de café diario reduce el riesgo de diabetes tipo 2

Las personas que aumentaron la cantidad de café que bebían todos los días en más de una taza durante un periodo de cuatro años tenían un riesgo un 11 por ciento menor de padecer diabetes tipo 2 que aquellas que no realizaron cambios en su tipo de consumo de café, según revela un nuevo estudio dirigido por investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard (HSPH, por sus siglas en inglés), en Boston, Massachusetts, Estados Unidos.

Además, los autores vieron que quienes disminuyeron su consumo de café en más de una taza al día aumentaron su riesgo de diabetes tipo 2 en un 17 por ciento. "Nuestros resultados confirman los de estudios previos que mostraron que un mayor consumo de café está asociado con un riesgo inferior de desarrollar diabetes tipo 2", destaca Shilpa Bhupathiraju, autor principal e investigador en el Departamento de Nutrición de la HSPH.

Lo más importante, prosiguem es que proporcionan nuevas pruebas de que los cambios en el hábito del consumo de café pueden afectar al riesgo de diabetes tipo 2 en un periodo relativamente corto de tiempo. Las conclusiones han sido publicadas en la revista 'Diabetologia'.

Los científicos analizaron datos sobre el consumo de café con cafeína y descafeinado y té con cafeína de 48.464 mujeres en el 'Brigham and Health Study' (1986-2006), 47.510 mujeres en el 'Nurses' Health Study II' (1991-2007) y 27.759 hombres en el 'Health Professionals Follow-up Study' (1986-2006). Evaluaron las dietas de los participantes cada cuatro años con un cuestionario y los que dijerontener diabetes tipo 2 rellenaron otros cuestionarios adicionales. Se documentaron un total de 7.269 casos de diabetes tipo 2.

Los resultados mostraron que los participantes que aumentaron su consumo de café en más de una taza por día (un aumento medio de 1,69 tazas/día) durante un periodo de cuatro años presentaban un riesgo un 11 por ciento menor de diabetes tipo 2 en los siguientes cuatro años en comparación con los que no cambiaron sus hábitos de consumo.

Una taza de café se definió hasta ocho onzas (22,73 cl) de café negro o con una pequeña cantidad de leche y/o azúcar. Los que redujeron su consumo de café diario más de una taza (una reducción de
2 tazas/día) presentaban un 17 por ciento más de riesgo de padecer diabetes. Los cambios en el consumo de café descafeinado y té con cafeína no se relacionaron con variaciones en el riesgo para la diabetes tipo 2.

"Estos resultados demuestran además que, para la mayoría de la gente, el café puede tener beneficios para la salud", subraya el autor principal, Frank Hu, profesor de Nutrición y Epidemiología en HSPH. "Pero el café es sólo uno de los muchos factores que influyen en el riesgo de diabetes. Es más importante que las personas vigilen su peso y sean físicamente activas", concluye.

Tomado de: www.larazon.es

Costumbres que engordan

Cuando se trata de coger peso, o incluso de no perderlo, no hace falta irse más allá de la cocina para descubrir rituales poco saludables e inconscientes que ponen la zancadilla a una buena alimentación. Quizás de forma aislada no parezcan importantes pero al pensar en ellos como conjunto pueden explicar algún que otro suspiro sobre la báscula.

 Como señala Kristin Kirkpatrick, dietista del 'Wellness Institute' de la Clínica Cleveland en Estados Unidos, nunca es tarde para cambiar de hábitos o establecer unos nuevos. La especialista apunta desde el sitio web de la institución dirigido al público (www.health.clevelandclinic.org) a seis costumbres que, desde la cocina, llevan a coger peso:

1. Utilizar los ingredientes 'a ojo' cuando se cocina o se hornea.

 Añadir un toque de aceite de oliva o una pizca de sal puede que funcione bien en los programas de televisión pero pueden contribuir a un exceso de calorías en nuestro menú. Por ejemplo, ese toque personal de aceite de oliva podría estar cerca de la cucharada sopera que pide la receta pero también nos acerca demasiado a añadir 100 o más calorías. Lo recomendable es utilizar tazas y cucharas de medidas al preparar las comidas. "Tus papilas gustativas no notarán la diferencia", señala Kirkpatrick.

2. Pasarse con la grasa

 Se utilice el método que se utilice al cocinar es clave no emplear demasiada grasa, mantequilla o aceite. Si se emplea el horno se pueden poner sobre las bandejas láminas de papel de aluminio engrasadas muy ligeramente. También es conveniente emplear sartenes y ollas antiadherentes que permiten cocinar con muy poca cantidad de aceite y con ello dejar atrás muchas calorías de más.

3. Comer directamente del paquete

 La costumbre de comer del paquete por ejemplo las patatas fritas o todo tipo de alimentos procesados suele conducir a un consumo excesivo de estos productos, en especial cuando los paquetes son grandes. Este mal hábito en la cocina altera la percepción de la cantidad de comida que se toma de una vez. Hay que intentar ser consciente de las raciones en los aperitivos que se toman determinando la porción a consumir antes de empezar al servirlo en otro recipiente. Los restos de comida es mejor guardarlos en varios envases más pequeños en vez de en uno muy grande.

4. Dejar el resto de comida cocinada en la olla durante la cena

 Es una rutina común: cocinas, te sientas a comer y dejas lo que no está en el plato en la cocina. Esta costumbre hace fácil volver a por una segunda ración que no necesitamos. Intenta establecer un nuevo hábito: antes de sentarte a cenar transfiere los sobrantes de las cacerolas y sartenes a contenedores y guárdalos en la nevera.

5. 'Esconder' las frutas y verduras en la cajonera auxiliar

 Cuando algo está fuera de nuestra vista de alguna forma tampoco lo tenemos en mente. Prueba a mantener las frutas y verduras visibles. Almacénalas en la parte superior del frigorífico o incluso en un frutero sobre la encimera de la cocina. Estudios de investigación muestran que somos más propensos a consumir frutas y verduras cuando están fácilmente accesibles y visibles en la cocina.

6. Llenar el cuenco de 'caprichos' con aperitivos fáciles de picar

 En muchas cocinas existe un recipiente lleno de dulces, frutos secos u otros aperitivos. Este plato suele ofrecer una satisfacción instantánea y un montón de calorías innecesarias. Si quieres perder peso de verdad elimina este cuenco o al menos llénalos con aperitivos que sean más difícil de comer en exceso. Por ejemplo, en un estudio, las personas consumieron un 41 por ciento menos de pistachos cuando se presentaron con su cáscara en vez de pelados.

Tomado de: www.infosalus.com

¿Es normal subir de peso cuando se empieza a hacer ejercicio?

Por: Por MAITE ZUDAIRE / Tomado de: www.consumer.es

Las personas que comienzan a practicar deporte para adelgazar se sorprenden muchas veces con el aumento de peso, si bien perciben que su cuerpo está más ligero

Ganar peso es motivo de preocupación para más de la mnitad de la población, y esta inquietud se torna casi en obsesión en las fechas en las que estamos, próximas al verano. Esto lleva a poner remedio: combinar una dieta ordenada y equilibrada y un buen plan de actividad física diseñado para tal fin. El problema viene cuando, quien lo practica, tras semanas de esfuerzo y rutina, se sube a la báscula y ve ganancia de peso, pese a verse más ligero. Desconcierto y preocupación a partes iguales. Se hace ejercicio para perder peso, y resulta todo lo contrario. ¿Tiene esto algún fundamento? ¿Hay algo en lo alimentario o en el método de ejercicio que explique este fenómeno? A lo largo de estas líneas, y de la mano de un especialista en nutrición deportiva, se responden estas dudas, además de romper con algunos mitos muy arraigados entre quienes practican deporte.

Ganar peso al comenzar a hacer ejercicio

¿Por qué se gana peso cuando se empieza a hacer ejercicio? La respuesta de Julen Aldaya, dietista-nutricionista especializado en nutrición deportiva, es muy clarificadora: "La metabolización de los nutrientes y la optimización de los recursos energéticos no es igual en una persona sedentaria que en otra que hace ejercicio de alta intensidad". Según Aldaya, esto tiene que ver con el concepto de nutrición deportiva relativo a los depósitos de glucógeno. Nuestro cuerpo almacena la glucosa en forma de glucógeno, y los músculos son el mayor depósito del organismo. Una vez llenos estos depósitos, la glucosa restante se convierte en grasa; este proceso es irreversible.

Los músculos de una persona sedentaria captan menos glucógeno (se estima que la mitad). Además, no se vacían, ya que este glucógeno se gasta en ejercicio de alta intensidad. Cuando una persona sedentaria comienza a hacer ejercicio, una de las primeras adaptaciones fisiológicas que se produce es la del aumento de la sensibilidad a la insulina y la capacidad para captar más glucógeno en sus músculos. Según el experto, si se atiende a que "cada gramo de glucógeno retiene 3 gramos de agua, en un principio, se puede aumentar de peso. No obstante -aclara-, este peso no es más que agua en nuestros músculos: aunque la báscula indique más peso, la imagen que vemos es la de un cuerpo más firme y tonificado".

Para que este cambio no sea motivo de preocupación, sino todo lo contrario, es recomendable hacerse al inicio un estudio antropométrico (medir los porcentajes de grasa, masa magra, masa ósea) para comprobar en los meses sucesivos cómo ha habido un balance positivo hacia la pérdida de grasa corporal, justo el objetivo inicial propuesto. Julen Aldaya concluye en este aspecto que "si se gana masa muscular y se pierde grasa, la mejora de la composición corporal, de la imagen corporal y del rendimiento físico será considerable".

Hago ejercicio y tengo más apetito, ¿es normal?

El tipo de ejercicio que se haga es el que determinará que se acentúe más el apetito después del esfuerzo. Según el nutricionista, "el ejercicio de baja intensidad aumenta el apetito y el de alta lo reduce". Y concluye asegurando que esta es una de las razones por las que "el ejercicio aeróbico en exclusiva no es una de las mejores formas de perder grasa".

Los siguientes consejos son muy valiosos para tener en cuenta según el objetivo que se persigue y según el tipo de ejercicio que se prevé llevar a cabo:
  • Ejercicio aeróbico. Si se realiza un ejercicio aeróbico (baloncesto, correr, patinar, bicicleta, danza, etc.), no conviene hacer una comida rica en hidratos de carbono justo antes. Tampoco si se tendrá una actividad sedentaria prolongada.
  • Ejercicio de fuerza: pesas. Si está previsto realizar pesas, convendría comer hidratos de carbono (arroz y otros cereales, como cuscús, bulgur, avena...) y proteínas (carnes magras, pescados, huevo, proteína vegetal de soja o seitán), antes y durante la práctica.
Así, quien tiene un partido de fútbol, ese día y el día anterior, debería comer hidratos de carbono suficientes como para asegurarse de que llega al encuentro deportivo "con el depósito de glucógeno lleno, la reserva". Una vez acabado el ejercicio, es el momento idóneo para compensar las pérdidas, puesto que es cuando más sensibles están esos depósitos musculares. Según el especialista, puede no ser recomendable tomar hidratos de carbono por la noche, antes de dormir, excepto que se haya entrenado a última hora de la tarde.

Dieta, fuerza e intensidad

Existe un amplio sector de población, no entrenado, con poca costumbre de hacer deporte, que quiere iniciarse en la práctica semanal de una actividad física -en mayor medida, en gimnasio-. En estos casos, ¿hay una combinación más efectiva para perder peso? A la hora de elegir las herramientas más eficaces para mejorar la composición corporal, Aldaya es muy claro:
  • Una buena dieta. La dieta es la base. Las decisiones en este aspecto pueden favorecer las adaptaciones al ejercicio o directamente echar por tierra el esfuerzo realizado.
  • Un buen programa de pesas. Es el ejercicio que ha demostrado las mayores mejoras en la composición corporal. El hecho de aumentar o mantener la masa muscular mientras se pierde grasa en una dieta hipocalórica consigue que luego podamos conservar ese peso con mayor facilidad. Producir ese músculo y mantenerlo cuesta energía, y al tener más, es obvio que se puede gastar mucho más durante el ejercicio.
  • El entrenamiento de intervalos de alta intensidad. Hoy en día sigue demasiado extendido el mito de que para adelgazar lo mejor es salir a correr o hacer bici unos 30-40 minutos de forma suave cuatro veces por semana. Y de lo que se trata es, realidad, de intercalar series de alta intensidad con descansos a baja intensidad. En una revisión científica sobre el entrenamiento de intervalos de alta intensidad -publicada en el Journal of Obesity, en 2011-, se corrobora la efectividad de esta modalidad deportiva en la pérdida de peso, al comprobarse la mejora en los resultados en la composición corporal en comparación con el entrenamiento aeróbico convencional. Una de las conclusiones del autor, el doctor Stephen H. Boutcher, de la Universidad de Nueva Gales (Australia), es que la brevedad de estos protocolos de ejercicios puede ser un atractivo para la mayoría de las personas interesadas en la reducción de grasa, dado que la falta de tiempo es el principal motivo de deserción en la práctica regular de ejercicio.

19 de abril de 2014

Alimentos no tan saludables ni ligeros

Algunos de ellos llevan ya unos años entre nosotros y otros han llegado recientemente a supermercados y restaurantes de comida rápida, pero antes de que ocupen más espacio en nuestra dieta repasamos algunos de los alimentos que a primera vista podrían parecer más sanos de lo que en realidad son.

 Entre las informaciones divulgativas que publica desde su web la Clínica Cleveland de Ohio (Estados Unidos) destaca la preparada por Laura Jeffers, nutricionista del Centro de Nutrición Humana de la institución estadounidense por poner el acento sobre alimentos que en un principio parecerían saludables pero que al examinarlos con la lupa de la experta desvelan algunas características poco deseables.

 "Existen algunos alimentos que parecen ser más sanos de lo que en realidad son o quizás podrían ser saludables pero sólo si no se abusa de ellos", señala Jeffers en el sitio web de información al público de la institución americana (www.health.clevelandclinic.org).

 En algunas personas estos alimentos podrían estar contrarrestando el intento de perder peso y comer de forma saludable, apunta y dirige su atención a 7 tipos de alimentos que Infosalus reproduce a continuación:

   1. Batidos de frutas: calorías escondidas

 Si bien es cierto que existen pocas comidas tan nutricionalmente densas como los vegetales y las frutas, los denominados 'smoothies' pueden convertirse en una auténtica bomba calórica. Dependiendo de los ingredientes del batido, incluyendo la cantidad de fruta, zumo y proteínas se podrían alcanzar hasta las 1.500 calorías.

 Jeffers sugiere prepararlos en casa, añadir fruta para dar sabor pero poniendo el acento en los vegetales, añadiendo algunos de hoja verde por sus grandes beneficios para la salud y su bajo aporte calórico. Si se incluye piña en la combinación se puede contrarrestar el sabor más fuerte de espinacas baby o berza.

   2. Muesli o mezcla de frutos secos: raciones pequeñas

 El muesli tiene propiedades saludables pero a menudo se emplean en su preparación muchos aceites o grasas. Si está aglomerado o se adhiere a los dedos con facilidad el producto no es saludable. Existen combinaciones de muesli sanas pero aún así, una porción es una cantidad muy pequeña. El muesli contiene hasta 400 calorías en una taza mediana. Lo mismo sucede con las frutas y los frutos secos. Una única taza de almendras contiene más de 500 calorías. Por ello, las raciones deben ser muy reducidas.

   3. Bagels y panes especiales: una nueva tentación

 Los bagels son roscos de pan salado muy comunes en Europa y Estados Unidos y cada vez más presentes en los comercios españoles. Según señala Jeffers, la mayoría de estos panes contienen tres o cuatro raciones de carbohidratos y suelen rellenarse con aditivos como la crema de queso, lo que les lleva a alcanzar más de las 400 calorías y contener hasta el 25 por ciento de la cantidad diaria recomendada de sodio.

 Un bagel normal y un donut glaseado tienen alrededor de las mismas calorías: 215 y 229 respectivamente. Los donuts no son un alimento saludable y contienen más azúcar que los bagels pero éstos pueden en ocasiones pasar como una opción saludable para el desayuno o el tentempié de media mañana.

   4. Sopa y ensalada: grasas y sal escondidas

 Sopa y ensalada pueden constituir una comida saludable pero existen sopas que en realidad están basadas en cremas, lo que las hace ricas en grasas. En lo que se refiere a la ensalada, una vez que se añaden coscorrones de pan, carnes curadas y aliño con aceite dejan de ser una comida baja en calorías.

 Otro aspecto a tener en cuenta en las sopas envasadas y en restaurantes es el elevado nivel de sodio que presentan. Según indica Jeffers, demasiada sal no sólo aumenta la presión sanguínea sino que también eleva el riesgo de ictus, fallo cardiaco, osteoporosis, cáncer de estómago y enfermedad renal.

   5. Alimentos sin grasas: adiós grasa, hola azúcar

 Algunos alimentos libres de grasas son más saludables, como el queso y otros productos lácteos hechos con leche desnatada en vez de entera. Sin embargo, habitualmente, los fabricantes de alimentos libres de grasa añaden azúcar o sirope de maíz alto en fructosa para ayudar a los alimentos a conservarse, lo que añade calorías vacías.

 "Las personas tienden a tener fobia a la grasa pero las grasas saludables son esenciales para la dieta, siempre y cuando se tomen con moderación. Hay que elegir grasas monoinsaturadas, como las de frutos secos o pescado", explica la nutricionista.

   6. Productos procesados que imitan la carne

 Cuando se toman salchichas o hamburguesas procesadas sin carne hay que tener en cuenta cuál es la proteína que se emplea. Algunas veces estos productos tienen muchos aditivos químicos. Se puede ganar peso aunque se siga una dieta sin carne al tomar tipos erróneos de proteínas. Hay que elegir listas reducidas de ingredientes, cuanto más productos se reconozcan mejor es el alimento.

   7. Paquetes individuales: mejor prepararlos en casa

 Los paquetes de raciones individuales son útiles para quienes tienen problemas al controlar las raciones pero estos refrigerios no suelen ser una buena fuente de calorías. La nutricionista aconseja tomar una fruta o un yogur o preparar pequeñas raciones en casa utilizando bolsitas de plástico. "Evitarás la subida y bajada rápidas de azúcar que se produce al comer un paquete con 100 calorías de minigalletas".

 La clave para comer de forma saludable es hacerlo al menos en el 75% de las ocasiones, señala Jeffers que apunta que no consiste sólo en elegir los alimentos bien sino también en tomarlos con moderación. "Es útil recordar que está bien ser indulgente de vez en cuando en vez de optar por todo o nada", concluye.

Tomado de: www.infosalus.com

Los diez alimentos más saludables

Por MAITE ZUDAIRE  / Tomado de: www.consumer.es

La lista de los alimentos más sanos para la vida actual incluye frutas, verduras, cereales, legumbres, carne, pescado, frutos secos, aceite de oliva e incluso chocolate

Las listas son un recurso interesante para ofrecer información. En el caso de la alimentación, se confeccionan para que el consumidor pueda tomar decisiones más acertadas y rigurosas sobre lo que come. No son decálogos excluyentes, sino datos precisos que ayudan a formar un criterio. Así, la Harvard Medical School elaboró una lista con los diez alimentos más eficaces para bajar el colesterol, el estudio EuroPrevall de alergias alimentarias clasificó los alimentos más alergénicos y los dietistas-nutricionistas se basan en estudios para enumerar, por ejemplo, cuáles son los alimentos más difíciles de digerir. Sobre cuáles son los alimentos más saludables para la vida actual hay infinitud de listas. En este artículo se realiza una propuesta con diez alimentos saludables y dos alternativas en cada caso, para abarcar el mayor número de gustos posible. El objetivo es alcanzar una buena nutrición.

Los mejores alimentos y sus nutrientes más indispensables

En el contexto de una dieta saludable no existen los alimentos malos o prohibidos: todos los nutrientes son fundamentales para la vida. Sin embargo, hay algunos más básicos en tanto que se necesitan en más cantidad o que ejercen funciones más específicas o que son esenciales. Esto último quiere decir que nuestro cuerpo por sí solo no los puede producir, de ahí que deban estar siempre presentes en los alimentos que componen la dieta diaria.

Nuestro organismo necesita 40 nutrientes diferentes para mantenerse sano. Ningún alimento los contiene todos, por lo que cuanto más variada sea la dieta, más fácil será cubrir las necesidades de todos ellos. Una lista saludable debe contener nutrientes y compuestos saludables. Para hacerla, se pueden escoger alimentos con particularidades nutritivas específicas y sobresalientes sobre otros alimentos de su misma naturaleza, pero con sutiles diferencias como para hacerlos merecedores de los primeros puestos. Se incluyen: ácidos grasos omega-3, fitosteroles, antioxidantes (antocianinas, resveratrol, sulforafanos), vitamina C, ácido fólico, hierro, vitamina B12, fibra y proteína vegetal.

Alimentos saludables: una lista de diez (más diez alternativas)

1. Acerola o naranja. Todas las frutas podrían ocupar el primer sitio de la lista, en particular, por su riqueza en vitamina C, pero hay que elegir dos. Muchas de las frutas más ricas en vitamina C no están con facilidad a nuestro alcance, como el kakadu o el camu-camu. Dentro de esta lista de frutas exóticas está la acerola, si bien cada vez es más usual encontrar su jugo, por lo que se invita a probarlo y a incluirlo como alternativa y fuente de vitamina C y otros antioxidantes. Dentro de las frutas de cultivo nacional y consumo cotidiano, la riqueza en vitamina C y ácido fólico ha determinado que las mandarinas o las naranjas contengan todos los argumentos necesarios para convencer a personas de todas las edades que las incorporen en su alimentación habitual. Hay que recordar que la fruta debe ser bien masticada. Las recetas para lograr su presencia diaria en la dieta son innumerables. Un apetitoso plato de naranjas con salsa de nueces y miel, un zumo de mandarinas y limón o una original mermelada de mandarinas nos ayudarán a alternar entre las más comunes de melocotón y fresa.

2. Brócoli o calabaza.
La primera está calificada como la verdura de mayor valor nutritivo por unidad de peso de producto comestible. El brócoli es rica en vitamina C, ácido fólico y niacina y una buena fuente de provitamina A (beta-caroteno), vitamina B1 y E, nutrientes a los que se suman los glucosinolatos de alto poder antioxidante y con experiencia clínica probada en la protección de enfermedades degenerativas como el cáncer. Como pareja se ha elegido a una hortaliza, la calabaza, también con un alto potencial antioxidante. Destaca su aporte de beta-caroteno, sustancia que tras ser absorbida en nuestro cuerpo se transforma en vitamina A o retinol. Esta resulta esencial para la visión, el buen estado de la piel, los tejidos y para el buen funcionamiento de nuestro sistema de defensas. Una "receta 20", que suma los dos alimentos, es la crema de brócoli y calabaza.

3. Arroz integral o cuscús. Los granos integrales son más oscuros que los refinados debido a que se conserva parte del salvado de la cáscara. Por ende, la concentración de nutrientes y fitoquímicos protectores es mayor. El arroz -en general, aunque elegimos el integral- es un alimento energético, exento de colesterol y con un contenido en grasa casi nulo. Tiene poco aporte de sodio (cuidado con la sal que se le añade en el cocinado). Ayuda a controlar la tensión y el azúcar en sangre y, además de tener más fibra (el doble que su versión en blanco), proporciona un sinfín de sustancias protectoras (fitoquímicos antioxidantes). Se puede alternar el arroz con otro cereal, pero hay que procurar que siempre sean integrales, no refinados. El cuscús es un derivado del trigo, nutritivo y polivalente. En la cocina, los cereales potencian sus bondades si se combinan con legumbres, verduras o proteína vegetal (tofu, tempeh...). Si queremos experimentar, podemos probar cereales más exóticos que rompan la monotonía, como son el mijo, la quinua o el bulgur.

4. Anchoas o verdel. Desde el punto de vista nutricional, el pescado es un alimento con una composición parecida a la de la carne, pero con marcadas diferencias, y son estas las que le colocan en la lista antes que la carne. Elegimos con preferencia las especies de pescado azul más pequeñas para un consumo habitual, ya que, además de compartir con los grandes sus cualidades nutricionales, no acumulan en sus tejidos tantos metales pesados, un elemento limitante en el consumo de estos últimos. Todos ellos son ricos en omega-3, que contribuye a disminuir los niveles de colesterol y triglicéridos plasmáticos, y además aumenta la fluidez de la sangre. En cuanto a las vitaminas, destaca la presencia de algunas pertenecientes al grupo B (como la B2, B3, B6 y B9 y B12). Las anchoas pueden degustarse como ración, aunque ofrecen muchas otras posibilidades gastronómicas. Lo mismo ocurre con el verdel, que se puede preparar de muy diversas maneras.

5. Nueces o pipas de calabaza. Las nueces contienen ácidos grasos poliinsaturados del tipo omega-3, una grasa que tiene efectos cardiosaludables, y un agregado de compuestos bioactivos que podrían actuar contra los procesos de inflamación crónica que se dan también en la diabetes. Son frutos secos y como tales destacan por su contenido en grasa, pero esto no debe ser impedimento para comerlas a diario o de manera habitual. Más de las 3/5 partes de su peso corresponden a la grasa y esto hace que su contenido calórico sea muy elevado. Casi 180 calorías son las que aportan 30 gramos de nueces, unas 4-7 nueces, dependiendo de su tamaño. Si se es alérgico a las nueces, se puede optar por otro fruto seco o pensar en probar las semillas o pipas de la calabaza. Crudas o ligeramente tostadas, contienen vitamina E, ácido linoleico, zinc y hierro, y además tienen propiedades alcalinizantes y vermífugas: paralizan los gusanos que parasitan el intestino, como las tenias (solitaria) y los áscaris. A las nueces y las pipas se pueden sumar otros frutos secos como los anacardos, almendras, nueces de macadamia, pistachos, castañas...

6. Aceite de oliva virgen extra o aguacate. Esta pareja no es excluyente, pero es interesante verlos juntos, pues uno es un zumo y el otro, una fruta. Dentro de los aceites vegetales, el de oliva encabeza la lista de beneficios para el organismo. Es un bálsamo para el cuerpo gracias a su composición: cerca del 85% de la grasa que contiene es insaturada, la más saludable. En ella se concentran ácidos monoinsaturados como el oleico, que es el más equilibrado, y el poliinsaturado ácido linoléico, además de fitosteroles y buena dosis de vitamina E antioxidante. Este cóctel nutritivo ayuda a disminuir el colesterol malo (LDL-c) del organismo al mismo tiempo que conserva el bueno (HDL-c) y, en consecuencia, previene las enfermedades cardiovasculares. El aguacate, por su parte, es un fruto que en general se emplea a modo de hortaliza o verdura, de sabor delicado y de fácil consumo, rico en grasas monoinsaturadas (como las del aceite de oliva, aunque menos abundantes), antioxidantes y minerales. No hay duda de que son dos alimentos sabrosos. Una crema de aguacate con pepino o un pan de pueblo con aceite y finas hierbas son irresistibles mordiscos de salud.

7. Ajo o cebolla. Las propiedades saludables del ajo como condimento y medicamento ya eran bien conocidas por los antiguos egipcios, hebreos, griegos y romanos. En la actualidad, su uso terapéutico ha quedado relegado a favor de su empleo como condimento, pero conserva excelentes cualidades diuréticas, depurativas, antisépticas y antibacterianas. Las cebollas eran muy valoradas por los egipcios, al igual que el ajo y el puerro. También en la época de griegos y romanos las cebollas eran muy consumidas. Su bajo valor calórico permite incluirlas como acompañamiento de cualquier plato que forme parte de una dieta de control de peso. Además, gracias a su elevado contenido en fibra, la cebolla aporta sensación de saciedad tras su consumo y mejora el tránsito intestinal. Se ha puesto muy de moda la cebolla caramelizada y la sopa de cebolla, dos ejemplos que le dan personalidad propia, más allá del condimento.

8. Lentejas o garbanzos. La elección de una u otra legumbre, en general, si se está sano, solo está condicionada por el gusto. Ambas presentan una alta concentración de nutrientes. Los hidratos de carbono son los más abundantes y están formados sobre todo por almidón. Sus proteínas vegetales, aunque en buena cantidad, son incompletas, puesto que son deficitarias en metionina (aminoácido esencial). No obstante, si se combinan con cereales como el arroz, alimentos ricos en dicho aminoácido, se convierten en proteínas de alto valor biológico, equiparable a las que aportan los alimentos de origen animal. El contenido en lípidos es muy bajo. El aporte de fibra es importante.

9. Pollo o pavo. Sea cual sea la elección, mejor de corral. En los pollos se pueden apreciar variaciones en la composición de la carne, en función de la edad del animal sacrificado. Los ejemplares más viejos son más grasos. También existen diferencias en la composición de las distintas piezas cárnicas, como en el caso de la pechuga, cuyo contenido en proteínas es mayor que el que presenta el muslo. Respecto a las vitaminas, destaca la presencia de ácido fólico y vitamina B3 o niacina. Entre los minerales, el nivel de hierro y de zinc es menor que en el caso de la carne roja, aunque supone una fuente más importante de fósforo y potasio. Si el pollo no gusta, o se está aburrido de comer siempre lo mismo, se puede optar por el pavo. La creciente incorporación a la dieta en los últimos años tiene sus razones. Es un alimento magro, fácil de digerir y de bajo contenido en grasa y colesterol. La carne de pavo es muy proteica (del 20% a 25% de proteínas según la porción) y se puede equiparar tanto en cantidad como en calidad con la del resto de carnes. Además, su bajo contenido en colágeno facilita la digestibilidad.

10. Chocolate negro o cacao puro (amargo por naturaleza, pura dosis de antioxidantes). Aunque con moderación, puesto que es un alimento graso, no hay que olvidarse de sus bondades. No tiene alimento alternativo, ningún dulce rico en grasa es capaz de combinar la riqueza en flavonoides, zinc y fibra, de sustancias antioxidantes que contrarresten el papel de los radicales libres en su labor preventiva de enfermedades degenerativas (cardiovasculares, numerosos tipos de cáncer, cataratas, Alzheimer y otras alteraciones del sistema nervioso). Pero hay que insistir: solo posee estas propiedades cuando es chocolate negro y amargo, lo más próximo al cacao puro.

En definitiva, la lista de alimentos saludables para la vida actual incluye frutas, verduras, cereales, legumbres, carne, pescado, frutos secos, aceite de oliva e incluso chocolate. Se trata de recoger en una cesta alimentos primarios, cercanos, de temporada y muy conocidos, lo que añade la ventaja de que la sabiduría popular sabe discriminar los buenos ejemplares y el recetario casero salvaguarda multitud de posibilidades a las que se añaden propuestas de nueva cocina que gusta de sabores contundentes y auténticos.

El sobrepeso aumenta el riesgo del cáncer de mama, con independencia de donde se acumule la grasa

Un estudio de la Sociedad Americana del Cáncer ha determinado que tener un índice de masa corporal (IMC) elevado que muestre sobrepeso u obesidad puede aumentar el riesgo de sufrir cáncer de mama después de la menopáusia, con independencia de si la grasa se acumula en el vientre, la cintura o las caderas.

 Así se desprende de los resultados publicados en la revista 'Cancer Causes, and Control', que contradicen la creencia provocada por investigaciones previas que sugerían que este mayor riesgo de cáncer dependía de dónde se acumulara la grasa.

 La obesidad abdominal se ha relacionado con un mayor riesgo de numerosas enfermedades, como la diabetes o determinadas dolencias cardiovasculares, lo que sugería que las mujeres con cuerpo "con forma de manzana", que concentran la grasa en el pecho y en el torso, tienen más riesgo que las que tienen "forma de pera" y acumulan la grasa en caderas, muslos y nalgas.

 Para indagar en esta teoría, un equipo dirigido por la investigadora Mia Gaudet analizó datos de un total de 28.965 mujeres participantes en la segunda parte del 'Cancer Prevention Study', entre quienes se detectaron un total de 1.088 casos de cáncer de mama invasivo durante una mediana de 11,58 años de seguimiento.

 De este modo, vieron una relación "estadísticamente significativa" entre el desarrollo de estos tumores y un IMC más elevado, "con independencia de que fueran peras o manzanas", ha señalado Gaudet.

 "Este estudio trae un poco de claridad a la relación entre la obesidad y el riesgo de cáncer de mama", insiste esta experta, que confía en que estos datos permitan centrarse en lo que erróneamente se han considerado factores de riesgo para el cáncer de mama.

Tomado de: www.infosalus.com

Parkinson: dieta recomendada


Por EROSKI CONSUMER / Tomado de: www.consumer.es

La dieta no cura la enfermedad de Parkinson, pero una buena selección de alimentos puede mejorar la calidad de vida del paciente

La enfermedad de Parkinson no se cura con la dieta. Al igual que ocurre con el cáncer, no hay una vitamina, mineral u otro nutriente capaz de revertir esta dolencia. Sin embargo, la alimentación es muy importante para prevenirla y mitigar algunas de sus molestias. Recientes estudios señalan que el consumo de flavonoides (en concreto, de antocianinas, presentes en los frutos rojos) podría prevenir la enfermedad de Parkinson. Sea como fuere, una vez diagnosticada esta dolencia, es importante seguir el tratamiento médico y prestar atención a la dieta. A continuación se reseñan las principales recomendaciones nutricionales.

Consejos dietéticos para personas con la enfermedad de Parkinson

Quienes sufren la enfermedad de Parkinson se enfrentan, en general, a dificultades para comer, deglutir, incluso manipular la comida. Asimismo, tienden a padecer estreñimiento. Dado que los problemas relacionados con la alimentación contribuyen con frecuencia al malestar de la persona, es muy importante cuidar el aspecto dietético del paciente para mejorar su calidad de vida.

Las proteínas tienden a interferir en el tratamiento con levodopa -el fármaco que se utiliza con esta enfermedad-, reduciendo su absorción. En los casos en los que se observa que la respuesta al fármaco no es la esperada, el paciente debe eliminar durante el día (desayuno, almuerzo y comida) la mayoría de los alimentos ricos en proteínas como carne y aves, pescados, lácteos, huevos, legumbres, frutos secos y suplementos alimentarios proteicos, y consumirlos en la cena para evitar un desequilibrio nutricional. Esto puede ser útil para mejorar la calidad de vida del enfermo durante el día.

El estreñimiento es un problema común en muchos pacientes. Algunos comen poco y beben poca agua. Y, en muchos casos, esta molestia se agrava por la medicación. Para prevenir y tratar este problema, lo más adecuado es asegurar una ingesta abundante de líquidos (más de dos litros al día) y aumentar el consumo de fibra (verduras, frutas frescas y secas, legumbres, cereales integrales...) o bien incluir suplementos de fibra (salvado de avena, semillas de lino, etc.), que aumenten el bolo fecal y favorezcan los movimientos intestinales.

Si existe dificultad para deglutir alimentos sólidos, es preciso recordar que los que tienen consistencia de papilla o de puré son más fáciles de tragar que los alimentos cortados finos o picados. Es aconsejable en este caso iniciar la comida con un buen sorbo de agua bien fría, ya que estimula el reflejo de la deglución.

También es posible que algunas personas tengan dificultad para tragar líquidos, en cuyo caso será necesario incluir productos de nutrición especial que hagan que los líquidos adquieran textura de gel (esto evita que se produzcan situaciones de atragantamiento o de ahogo).

Entre los alimentos desaconsejados, destacan los siguientes por su elevado contenido en colesterol o en grasas saturadas:
  • Carnes. Las más grasas (cerdo y ternera grasos, pato), carnes ahumadas o curadas, charcutería (salchichas, foie gras, patés), vísceras, pescados adobados, salazones, ahumados, escabeches...
  • Frutas. Frutas confitadas y escarchadas.
  • Bebidas. Bebidas alcohólicas, café, bebidas energéticas y otras bebidas estimulantes (con extractos de guaraná, té fuerte, etc.).
  • Grasas. Manteca, tocino y sebos, aceites de coco y palma (sobre todo, en repostería industrial), manteca de cacao y productos que la contengan (chocolate, pralinés).
  • Otros productos. Snacks (ganchitos, gusanitos, patatas chips, etc.) y productos de comida rápida (hamburguesas, perritos calientes, pizzas precocinadas), productos de pastelería y repostería rellenos o bañados en soluciones azucaradas, chocolateados, etc. También están contraindicados los alimentos con doble textura líquido-sólido (sopas con fideos, fruta en conserva con jugo...) por el riesgo de atragantamiento.
Además, es recomendable variar al máximo el tipo de alimentos dentro de cada grupo (distintas verduras, frutas...), respetar los horarios de las comidas y no saltarse ninguna. Una buena opción es distribuir la alimentación en tres comidas principales (desayuno, comida y cena) e incluir alguna colación a media mañana o como merienda. En todos los casos, se aconseja comer poco a poco y masticar bien, en un ambiente agradable, relajado y sin interferencias que distraigan la atención. Es importante consumir un mínimo de tres piezas de fruta al día, así como verduras a diario, e incluir arroz, pasta, patata y legumbre entre dos y cuatro veces por semana.

Comer mejor cuando se padece Parkinson, no solo cuestión de nutrientes

A las dificultades para masticar y tragar pueden añadirse otras, que afectan a los actos manuales necesarios para el acto de la alimentación. En ese caso, existen unos sencillos recursos que se pueden emplear:
  • Sentarse de manera correcta cuando se va a comer.
  • Utilizar copas y platos irrompibles y con un diseño que permita sostenerlos con firmeza.
  • Usar cubiertos que pesen poco, ya que son más fáciles de manejar. Pueden modificarse los mangos de los cubiertos, introduciéndolos en algún almohadillado de espuma tubular. A veces, es mejor emplear la cuchara que el tenedor.
  • Si se tiene dificultad para llevar el vaso a la boca, se puede utilizar una pajita flexible.
  • Una taza especial, parcialmente tapada (beberito), puede impedir que se derramen los líquidos.
  • El empleo de ventosas de goma o tiras de hule pegadas en la base de los platos y de las tazas evitará que se resbalen al comer.
  • Si se come con mucha lentitud, una bandeja térmica será muy útil para mantener caliente la comida.

12 de abril de 2014

La anorexia no es (sólo) cosa de chicas

'No se me ocurrió ni por un momento que fuese anorexia', 'eso es cosa de chicas' o 'no me entraba en la cabeza' son algunas de las frases que reflejan la perplejidad de varios chicos con un trastorno alimenticio. En el imaginario popular ha calado tanto la idea de que problemas como la anorexia y la bulimia son 'cosa de chicas' que a menudo los varones con este diagnóstico no acuden en busca de ayuda hasta que la enfermedad está ya muy avanzada.

Un trabajo publicado esta semana en la revista British Medical Journal admite que los trastornos de la alimentación en el caso de los varones han sido mucho menos estudiados que en el caso de las mujeres, pese a que ellos no son inmunes a padecerlos.

Un buen ejemplo de esa laguna en la investigación son los propios datos de incidencia. Como explica el doctor Adrián Cano, del departamento de Psiquiatría y Psicología Médica de la Clínica Universidad de Navarra, es cierto que no se han hecho estudios serios sobre el número de varones afectados, "aunque es cierto que estamos asistiendo a un aumento". A su juicio, probablemente, la cifra que se daba habitualmente de un chico por cada 10 mujeres se quede corta, "pero tampoco estemos aún en el 25% que indican otras fuentes, sino más bien en algún punto intermedio entre ambas estadísticas".

Para conocer las percepciones de los propios afectados y qué factores retrasan la búsqueda de ayuda, Ulla Räisänen y Kate Hunt, de las universidades de Oxford y Glasgow (Reino Unido), llevaron a cabo una serie de entrevistas cualitativas a 10 varones con edades comprendidas entre los 16 y los 25 años y que formaban parte de una muestra más amplia de 39 pacientes (el resto, mujeres) con trastornos de la alimentación.

En la mayoría de los casos, los jóvenes tardaron meses, incluso años, en darse cuenta de que algunos de sus comportamientos no eran normales. Días sin comer, obsesión con el recuento de calorías, vómitos después de una comida un poco más copiosa de lo habitual, obsesión por el ejercicio físico... A pesar de que algunos de ellos llegaron incluso a autolesionarse, una vez confrontados con su problema de alimentación, la mayoría de ellos seguía sosteniendo que "eso es cosa de chicas".

Como ocurre también en el caso de las mujeres, todos ellos escondían sus obsesiones a su entorno cercano (incluida familia, pareja y amigos) y en algunos casos fue necesario un suceso traumático, con ingreso en Urgencias, para ponerles frente a lo que estaban sufriendo. "Es habitual que cuando se diagnostica a un varón se produzca mucha perplejidad", admite el doctor Cano, porque en el caso de los hombres también se tienden a ocultar las costumbres contra la comida al entorno.

Otro de los problemas que surgió durante las conversaciones con los entrevistadores es su desconfianza del sistema sanitario por "temor a no ser tomados en serio" o "por no saber dónde buscar ayuda". De hecho, una primera mala experiencia con un especialista, por ejemplo su médico de cabecera, podía retrasar que volviesen a pedir ayuda. El doctor Cano no cree que el problema sea el desconocimiento en Atención Primaria, pero sí admite que el prototipo masculino suele quedar exento del reconocimiento prematuro y es habitual que en los chicos el diagnóstico se retrase.

"Los hombres con trastornos alimenticios están infradiagnosticados, infratratados e infrainvestigados", sostienen los autores, que atribuyen en parte este problema a la insistencia en atribuir el problema (mediática y culturalmente) como algo exclusivo de mujeres. Un idea que también, critican, parece haber calado en los clínicos, a quienes recuerdan que el diagnóstico precoz es imperativo para tratar cuanto antes estas enfermedades y minimizar en lo posible sus secuelas.

Algunos autores, como el doctor Pascoal Moleiro, de la Sociedad Portuguesa de Pediatría, explican que entre los varones la bulimia es más frecuente que la anorexia ("porque está más relacionada con la personalidad impulsiva y ése es un rasgo que se da más en varones", añade Cano) y no es extraño que la edad de inicio sea algo más tardía que en las chicas (18-26 años frente a 15-18 en el caso de ellas). Precisamente, Moleiro coincide con sus colegas británicas en que el 'no reconocimiento' de la enfermedad junto a la exclusión de los varones de los estudios por su aparente bajo número de casos tienen que ver con ese retraso en el diagnóstico que a menudo se asocia con una enfermedad más severa.

Tomado de: www.elmundo.es

Delgadez y obesidad, los dos riesgos de la balanza

La obesidad es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Provoca enfermedades cardiovasculares, cáncer, infertilidad o problemas neurológicos , entre otra larga lista de trastornos. Por eso, desde hace décadas los especialistas en salud no dejan de advertir de lo peligroso que es acumular kilos de más.

El mensaje, que es importante, a veces obvia una realidad desconocida para muchos: que los kilos de menos también tienen sus riesgos. En ese sentido, una investigación publicada esta semana en la revista Journal of Epidemiology and Publich Health recuerda que la delgadez excesiva también se relaciona con un mayor riesgo de mortalidad.

Los extremos se tocan, subraya una vez más este trabajo coordinado por científicos del St. Michael's Hospital de Toronto (Canadá), que revisó los datos de 51 estudios que previamente habían analizado las consecuencias de que la báscula marque unas cifras u otras.

Los resultados del análisis demostraron que las personas con un índice de masa corporal (IMC) inferior a 18,5 tenían casi dos veces más riesgo de morir que aquellos cuyo peso se encontraba dentro de los parámetros considerados normales. La probabilidad era similar a la que se asociaba a presentar exceso de peso u obesidad, señalan los investigadores.

El IMC se calcula dividiendo el peso (en kilogramos) por la altura al cuadrado (en metros). Se considera que un valor entre 19 y 25 es un peso normal, de 25 a 30 se relaciona con sobrepeso y por encima de 30 con obesidad.

Los investigadores sólo tuvieron en cuenta investigaciones que se hubieran prolongado durante cinco años o más, para descartar los casos en los que la delgadez se debiera a un problema puntual o a una grave enfermedad.

Según señalan, las causas más comunes de delgadez excesiva son la malnutrición, el consumo de drogas o alcohol, el tabaquismo, tener pocos recursos económicos, o tener problemas de salud mental.

Con todo, los investigadores recuerdan -como lo han hecho recientemente otros trabajos- que el IMC no es la mejor herramienta disponible para catalogar a los pacientes y saber los efectos para la salud que pueden derivarse de su composición corporal.

En algunos casos, un IMC elevado no significa que haya exceso de grasa, sino "una importante cantidad de músculo y huesos", por lo que es necesario hacer discriminaciones más certeras, señalan. Una de las claves, señalan los expertos, está en el cálculo de la grasa abdominal o el perímetro abdominal, un dato que parece tener una relación mucho más clara con el riesgo cardiovascular, entre otros trastornos.

Del mismo modo, hace pocos meses el investigador estadounidense Dariush Mozaffarian apuntaba en una entrevista con este diario que "la gente no debería tener en cuenta únicamente su peso como una manera de evaluar la calidad de su dieta".

"Una mala alimentación influye en los problemas de corazón, en algunos tipos de cáncer, diabetes y muchas otras enfermedades... Y lo hace de manera independiente del peso", remarcaba.

Tomado de: www.elmundo.es

¿Cómo afecta a largo plazo el azúcar de las gaseosas al organismo?

Los científicos afirman que una lata diaria de refresco tiene efectos negativos a largo plazo en prácticamente todas las partes del cuerpo, incluyendo el cerebro, corazón, pulmones y dientes.

El mundo ya conoce los efectos negativos inmediatos que provoca una lata de refresco. Según el portal Medical Daily, la considerable cantidad de azúcar (unas 10 cucharitas, lo que equivale a la cantidad diaria recomendada) en 20 minutos provoca un estallido de insulina al que el hígado responde convirtiendo cualquier azúcar que le llegue en grasa.

Sin embargo, varios estudios revelan los efectos negativos de la gaseosa para el organismo en un tiempo más prolongado que 20 minutos o una hora. El portal advierte de que con el tiempo un par de refrescos al día empezarán a afectar a casi todas las partes del cuerpo, incluyendo los órganos más importantes.

Cerebro

Una dieta alta en azúcar puede obstaculizar una serie de procesos neurológicos, particularmente los involucrados en la creación de memoria. En 2012 un estudio publicado en la revista 'Neuroscience' demostró que cantidades excesivas de azúcar añadido pueden reducir la producción de una sustancia química conocida como factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, por sus siglas en inglés). Sus niveles inadecuados hacen mucho más dificiles las tareas cognitivas diarias, como el aprendizaje y la formación de memoria.

Corazón

En 2012 un estudio de la Universidad de Harvard mostraba que la gente que bebe una lata de refresco al día incrementa dramáticamente el riesgo de enfermedad cardíaca crónica y de ataque al corazón. "El consumo de bebidas azucaradas se asoció con un mayor riesgo de enfermedades de corazón y algunos cambios adversos en los lípidos, los factores inflamatorios y la leptina", concluyeron los investigadores estadounidenses.

Pulmones

En 2012 científicos australianos relacionaron el consumo de gaseosa con un riesgo elevado de complicaciones pulmonares como asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). "Existe una relación dosis-respuesta, lo que significa que cuanto más refresco se consume, mayor es la probabilidad de tener estas enfermedades", afirma el doctor Zumin Shi, autor principal del estudio.

Dientes

El ácido que se forma en la boca gracias a la unión del azúcar del refresco con las bacterias debilita el esmalte dental, lo que con el tiempo puede conducir a la caries. El refresco también reduce el pH de la saliva, aumentando la proliferación de bacterias y la erosión dental, según un estudio estadounidense.

El papel de la dieta en niños con TDAH

Por: JULIO BASULTO / Tomado de: www.consumer.es

Relacionar el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) con el consumo excesivo de azúcar, chocolate o pesticidas presentes en los alimentos no tiene suficiente respaldo científico

En los últimos 25 años, España, como muchos otros países occidentales, ha sufrido un notable incremento de diagnósticos de niños con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Por suerte, nuestra realidad aún está lejos de lo que ocurre en Estados Unidos, donde el 10% de la población infantil está diagnosticado de TDAH. Dos de cada tres de estos menores reciben medicación, una medicación no exenta de efectos adversos, como triplicar las posibilidades de sufrir diabetes. ¿Puede la dieta estar implicada en esta trama? Este artículo presenta las posturas más recientes sobre este aumento de diagnósticos, analiza la relación de la dieta con el TDAH y señala otros factores que pueden incidir en esta enfermedad, más allá de los nutrientes.

Diagnósticos al alza de TDAH, ¿justificados?

Para muchos científicos estamos ante una situación de "sobrediagnóstico por diagnóstico impreciso", tal y como postulaban en agosto de 2012 pediatras del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander en la reputada revista Evidencias en Pediatría. En su artículo, titulado '¿Existe un sobrediagnóstico del trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH)?', los investigadores proponen utilizar un espíritu crítico a la hora de entender las epidémicas cifras de esta dolencia, cada vez más crecientes. Se preguntan, en este sentido, lo siguiente: "¿Existe dicho trastorno o es una 'invención' que origina muchos beneficios económicos al tratar y medicar a personas sanas?".

Tanto la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a través del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), como la Organización Mundial de la Salud (OMS), alertan sobre lo poco justificado que está el alarmante incremento de diagnósticos de TDAH y, sobre todo, de los tratamientos farmacológicos asociados, que solo deberían usarse en diagnósticos de impecable precisión y siempre después de probar con tratamientos psicopedagógicos o conductuales.

Sea como fuere, se ha postulado en diversas ocasiones y en diferentes medios -tanto académicos como de divulgación general- si el aumento de diagnósticos podría guardar relación con factores relacionados con la alimentación, tales como colorantes y aditivos alimentarios, el azúcar, el chocolate o los pesticidas.

Relación del TDAH con la dieta
  • Colorantes. En 2007, un estudio británico muy comentado por los medios de comunicación sugirió cierta asociación entre el consumo de algunos colorantes y la hiperactividad infantil. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) analizó el estudio en profundidad y concluyó, en marzo de 2008, que no tenía validez y que los colorantes que en teoría estaban implicados en las supuestas alteraciones del comportamiento de los niños eran del todo seguros. En todo caso, un exhaustivo análisis publicado por Arnold y colaboradores en Neurotherapeutics señaló en julio de 2012 que, si bien es cierto que las evidencias sobre la relación colorantes-TDAH no son concluyentes, tiene sentido recomendar que los pequeños (con o sin TDAH) disminuyan su exposición a los colorantes (que se ha cuadruplicado en los últimos 50 años), ya que tales aditivos hacen más atractivos a alimentos insanos, algo vinculado con la muy preocupante obesidad infantil.
  • Pesticidas. Existen estudios que han relacionado el TDAH con los pesticidas y ello ha generado un miedo injustificado hacia alimentos que son seguros, ya que la legislación sobre el uso de pesticidas en la Unión Europea es una de las más rigurosas del mundo. En 2010 se publicó un artículo en Pediatrics que sugería que los pesticidas podrían estar contribuyendo a generar TDAH. No obstante, los propios autores indicaban que sus observaciones no probaban "causalidad", es decir, que el diseño de su estudio no permitía dilucidar si sus hipótesis eran válidas. Dos investigadores españoles pertenecientes al Hospital Universitario Dr. Josep Trueta (Girona) y al Institut Català de la Salut (Área Básica de Salud Girona) revisaron a fondo el artículo para concluir en la revista Evidencias en Pediatría que sus limitaciones metodológicas eran diversas, lo que se traduce en que la asociación entre pesticidas y el TDAH es "dudosa".
  • Azúcar y chocolate. El azúcar aparece de forma periódica en los diarios o en boca de terapeutas alternativos como un gran implicado en este trastorno. Algo que en 1996 ya habían desmentido nada menos que doce estudios rigurosos. Incluso el chocolate, que contiene cafeína, no parece estar implicado, dado que la dosis de esta sustancia es muy baja, a diferencia de lo que ocurre con algunas bebidas carbonatadas y, sobre todo, con el café o las "bebidas energéticas". Eso no significa que los niños puedan seguir tomando con total tranquilidad azúcar, ya que su elevado consumo está vinculado, de nuevo, con el riesgo de obesidad.
  • Otros nutrientes. Otros componentes dietéticos estudiados en relación a los síntomas del TDAH son el zinc, el hierro, el magnesio y los ácidos grasos omega-3. En marzo de 2012, Thapar y colaboradores señalaban en la revista Archives of disease in childhood que ninguno de dichos componentes mostraba una asociación convincente con el TDAH e, incluso, cuestionaban el valor de modificar la dieta de los menores diagnosticados de este trastorno (que no suele ser saludable) para una supuesta mejora de los síntomas.
Déficit de naturaleza y de familia, no de nutrientes

El TDAH es, en suma, un trastorno sobrediagnosticado, sobremedicado y cuya relación con la dieta, salvo en el caso de la cafeína, es más que dudosa. Puede que tenga más que ver con quién come el niño que lo que come: aumentar la frecuencia de las comidas familiares y promover una buena atmósfera emocional en la mesa (mediante conversaciones distendidas) se ha asociado a la prevención de numerosos trastornos infantojuveniles.

Parece más clara la relación del TDAH con la ausencia de naturaleza. Richard Louv, en su libro 'Last child in the wood' ('Último niño en el bosque'), se refirió en 2008 a esta dolencia como "Trastorno por Déficit de Naturaleza", ya que, según él, los pequeños no fueron concebidos para pasar su infancia en una asfaltada ciudad, entre cuatro paredes, ante un frío pupitre u obedeciendo órdenes de diferentes profesores durante años. Los niños crecen más felices y tienen menos problemas cuando corren, saltan, juegan y hacen actividades con sus manos en contacto con la naturaleza.

En la misma línea, pero desde el ámbito académico, Wigal y colaboradores han propuesto más recientemente (en mayo de 2013, en la revista Journal of Attention Disorders) que más útil que dar fármacos a los menores con TDAH (suponiendo que de verdad tengan dicho trastorno) es conseguir que hagan ejercicio. Los beneficios del ejercicio físico son superiores a los de los psicofármacos, ya que no tiene efectos secundarios negativos, sino positivos: evitar el sedentarismo no solo mejora el pronóstico de la dolencia, también disminuye la obesidad, el colesterol, la presión arterial y un largo etcétera de problemas.

Un reciente estudio publicado en Nutrición Hospitalaria ha observado, además, que la lactancia materna sostenida durante al menos los primeros seis meses de vida supone un factor de protección frente a esta dolencia. La investigación, coordinada por el doctor Juan Manuel Pérez Ruiz (Universidad de Granada), se suma a las evidencias que apuntan que una mayor duración de la lactancia materna se relaciona con un mejor desarrollo cognitivo en la edad escolar. Incluso hay investigadores que se refieren no tanto a los beneficios de este tipo de alimentación para la inteligencia del niño, sino a los perjuicios de la interrupción temprana de esta práctica sobre el cociente intelectual verbal y no verbal del menor.

El pediatra Carlos González plantea en su último libro, 'Creciendo juntos', una interesante reflexión con la que vale la pena concluir: "Estamos en una sociedad que le puede quitar la medalla a un atleta profesional por haber tomado una pastilla para correr más, pero que es capaz de administrar a un niño de seis años una pastilla para estar más atento en clase".

La forma en que se digieren los carbohidratos podría influir sobre el aumento de peso, según un estudio

La forma en que el organismo digiere los carbohidratos podría influir en el riesgo de obesidad, indica un nuevo estudio genético.

Los investigadores se enfocaron en un gen llamado AMY1, responsable de una enzima de la saliva conocida como amilasa salival. Cuando la comida entra en la boca, la enzima inicia el proceso de absorción del almidón que continúa en el sistema digestivo. Los almidones son un tipo de carbohidrato.

Las personas típicamente tienen dos copias del AMY1, pero el número de copias puede variar mucho. Se cree que los números más altos del gen evolucionaron en respuesta a dietas que contenían unos niveles más altos de almidón, apuntaron los investigadores.

Estudiaron el número de copias del AMY1 en miles de personas de Francia, Singapur, Suecia y Reino Unido, y hallaron que las que tenían un número bajo de copias eran más propensas a ser obesas.

Las personas con menos de cuatro copias del gen tenían unas ocho veces más probabilidades de ser obesas que las que tenían nueve copias. Por cada copia adicional del gen, una persona tenía alrededor de un 20 por ciento menos de probabilidades de ser obesa, según los autores del estudio, publicado en la edición del 30 de marzo de la revista Nature Genetics.

"Creo que es un descubrimiento importante porque sugiere que la forma en que digerimos el almidón y cómo los productos finales de la digestión de los carbohidratos complejos se comportan en el intestino podrían ser factores importantes en el riesgo de obesidad", apuntó en un comunicado de prensa del Colegio Imperial de Londres el autor colíder del estudio, el Dr. Philippe Froguel, catedrático de medicina genómica de la Facultad de Salud Pública del colegio.

"Se necesita más investigación para comprender si alterar la digestión de los alimentos almidonados podría mejorar o no la capacidad de alguien para perder peso, o evitar que una persona se haga obesa", planteó Froguel.

"También nos interesa si hay un vínculo entre esta variación genética y el riesgo de otros trastornos metabólicos de las personas, como la diabetes, ya que las personas con un número bajo de copias del gen de la amilasa salival también podrían ser intolerantes a la glucosa", comentó Froguel.

Estudios anteriores que investigaban la obesidad han identificado variaciones en los genes que actúan en el cerebro, y que con frecuencia resultan en diferencias en el apetito, apuntó en el comunicado de prensa el primer autor del estudio, el Dr. Mario Falchi, también del Colegio Imperial de Londres. "Nuestro hallazgo se relaciona con la forma en que el cuerpo maneja físicamente la digestión de los carbohidratos".

Falchi dijo que los investigadores comienzan a obtener una imagen más clara de una combinación de factores genéticos que contribuyen a las probabilidades de una persona de volverse obesa. "Esto debe en última instancia ayudarnos a hallar mejores formas de afrontar la obesidad", planteó.

Estudio: La dieta basada en la comida basura provoca cansancio y sedentarismo

Un nuevo estudio en ratas demuestra que el exceso de peso provoca cansancio y sedentarismo y no al revés, como se cree en general. Los resultados pueden aplicarse a las personas: la obesidad de la que sufren es una causa y no un efecto de la pereza.

Los científicos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), tras experimentar con 32 ratas ofreciéndoles dos dietas diferentes durante seis meses, revelaron que la fatiga y pereza pueden ser consecuencias de una dieta basada en la comida chatarra, informa 'Psych Central'.

La primera dieta correspondía a un estándar de ratas, con alimentos sin procesar, como el maíz molido y la harina de pescado. La segunda dieta, incluía alimentos altamente procesados y ricos en azúcar: un equivalente de la típica dieta de la comida basura. Después de solo tres meses, los investigadores observaron una diferencia significativa en la cantidad de peso que las ratas habían adquirido: las 16 ratas de la comida chatarra se volvieron notablemente más gordas y, como evidenció la siguiente etapa del estudio, más perezosas.

Así, a todas las ratas se les asignaba una tarea consistida en presionar una palanca para recibir después una recompensa de alimento o agua. Las ratas en la dieta de comida chatarra demostraron un funcionamiento deteriorado y antes de volver a la tarea tomaban descansos sustancialmente más largos que las ratas delgadas. En una sesión de 30 minutos, las ratas con sobrepeso tuvieron descansos que eran casi dos veces más prolongados que los de los animales más delgados, según el profesor Aaron Blaisdell, quien dirigió el estudio. 

Después de seis meses, las dietas de las ratas fueron intercambiadas: a las ratas con sobrepeso se les proporcionó la dieta más nutritiva durante nueve días. Esto, sin embargo, no ayudó a reducir su peso o mejorar sus respuestas de palanca. Al mismo tiempo, la colocación de las ratas delgadas en la dieta de comida basura durante nueve días no aumentó su peso notablemente y no afectó su motivación en la tarea de la palanca.

Estos hallazgos sugieren que un patrón de consumo de comida chatarra es responsable no solo de la obesidad, sino de las alteraciones cognitivas, afirmó Blaisdell.

Al proyectar los resultados de su investigación a los seres humanos, el profesor subrayó que la idea comúnmente retratada de que las personas se convierten en obesas porque son perezosas es errónea. "Nuestros datos sugieren que la obesidad inducida por la dieta es una de las causas, en lugar de un efecto, de la pereza", concluyó científico.

5 de abril de 2014

La ciencia ya sabe cuáles dietas sirven

¿Cuál es la mejor dieta para perder peso y no recuperarlo nunca? Varios estudios han evaluado las más populares y le dan la respuesta.

Más de 1.400 millones de adultos padecen sobrepeso y obesidad hoy en el mundo; la causa de esa epidemia de acumulación excesiva de grasa se debe a que se consumen más alimentos con mucha grasa, sal y azúcar, pero pobres en vitaminas, minerales y micronutrientes, además de que se practica poca actividad física.

Una salida rápida para bajar de peso sería comer menos y moverse más, pero no es tan fácil lograrlo. La ciencia ya descubrió cuáles son los caminos que mejor funcionan y los que deberían ignorarse no solo por su inutilidad, sino porque pueden ser dañinos.

Muchas de las propuestas de dietas que se ofrecen comercialmente conducen a reducir la cantidad de calorías diarias. Imponen consumir entre 400 y 800 calorías diarias y llevan a reducir la ingesta de hidratos de carbono para que el cuerpo humano no retenga líquidos. “Este tipo de dietas sí hacen bajar de peso y masa muscular, pero su principal problema es que la persona no adelgaza, porque la grasa sigue en su lugar”, dijo la especialista en nutrición, Mónica Katz, de la Universidad Favaloro, en Argentina, y autora del libro No dieta : “Las dietas muy bajas en calorías solo se deben recomendar en casos de personas con obesidad mórbida, por periodos breves y supervisión médica. Las dietas con tan pocas calorías pueden causar déficit de vitaminas y minerales y producir cálculos biliares”.

Otras ofertas que prometen mucho, pero adelgazan poco a mediano plazo, son las dietas que alientan el consumo de un alimento o de un grupo de alimentos (del limón, de la fruta, entre otras). “El problema con estas dietas es que comer con frecuencia un determinado alimento hace que la propuesta se vuelva poco atrayente, y se torna hipocalórica”, comentó la especialista. No aportan un equilibrio nutricional, y producen pérdida de peso ‘ficticia’, ya que los kilos se recuperan rápidamente, además de poner en riesgo la salud.

Hay un tercer grupo de dietas en las que las personas que las siguen deben eliminar el consumo de un grupo de nutrientes y aumentar el consumo de otros, como las dietas ricas en proteínas. Este tipo de dietas tienen muy bajo contenido en carbohidratos, fibras y ciertas vitaminas, por lo cual llevan al aumento del colesterol, el ácido úrico, favorecen la constipación y déficit de minerales importantes (calcio, magnesio y potasio).

Recientemente, la Asociación Dietética de Gran Bretaña publicó la lista de las dietas más populares de la actualidad, acompañadas de una evaluación específica sobre los beneficios y contras de cada una.

Una de ellas es la dieta Atkins, impulsada por el cardiólogo estadounidense Robert Atkins en la década de los setenta del siglo pasado. Esta consiste en un programa de baja cantidad de carbohidratos y muchas proteínas en diferentes fases. Permite perder peso rápidamente, y esto puede ser motivador para seguir adelante. No obstante, las desventajas también se notan: puede provocar boca seca, cansancio, mareos, insomnios, náuseas y constipación, debido a la reducción de los carbohidratos y fibras.

También la dieta Atkins invita a consumir más grasas saturadas y menos frutas, verduras y productos lácteos. Esto aumenta el riesgo de enfermedad cardíaca y problemas de riñón a largo plazo. Por esas razones, la dieta Atkins no se considera nutricionalmente balanceada ni sostenible a mediano plazo.

Otra dieta popular, que estuvo entre las más solicitadas en el buscador Google durante el año pasado, es la llamada paleodieta. Esta consiste en alimentos que pueden ser cazados o pescados, como carne roja, mariscos, huevos, nueces, semillas, frutas, vegetales y hierbas.

Se basa en promover la vuelta a los hábitos de los ancestros cazadores y recolectores antes de que se desarrollara la agricultura; sin embargo, se excluye el consumo de azúcar, sal y papas.

Las ventajas de la paleodieta no han sido aún confirmadas científicamente. Los pocos trabajos que se han realizado incluyeron un número limitado de personas, aparte de que fueron investigaciones a largo plazo.

Al limitar el consumo de productos lácteos y de granos enteros, la paleodieta no está balanceada saludablemente. Según afirmó Susan Roberts, directora del Laboratorio Metabolismo y Energía (Universidad de Tufts, en Estados Unidos): “No recomendamos la paleodieta. Tiene una perspectiva extraña y no científica de lo que el hombre del Paleolítico comía, y no aporta una dieta balanceada”.

Lo que sí

¿Qué ha demostrado ser eficaz? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el descenso de peso sensato y saludable en el tratamiento de la obesidad es de aproximadamente 10% del peso inicial de la persona y que se pueda mantener en 5 años.

Se calcula que un promedio de descenso razonable es de 300 a 500 gramos por semana; es decir, como máximo una persona podría bajar hasta dos kilos por mes. La manera de bajarlos es reducir el tamaño de las porciones y seguir una dieta balanceada, que incluya los diferentes grupos de alimentos, como lo son la dieta mediterránea, que sirve para bajar el colesterol malo y los niveles de triglicéridos, presión arterial y glucemia alterados, o la dieta de la Clínica Mayo, de EE. UU.

Hay también varios cambios de hábitos por adoptar: seguir las cuatro comidas diarias, comer despacio, masticar bien y dejar los cubiertos entre bocado y bocado. Se aconseja comer sentado y sin mirar la televisión o la computadora o un libro, aumentar el consumo de agua y evitar las bebidas azucaradas.

Y quizá lo más importante: hacer consciente el consumo de alimentos para que el cuerpo registre que comió y no vuelva a tener hambre muy rápidamente.

Tomado de: www.nacion.com

Cocinar de forma segura

Existen infinidad de métodos para preparar y consumir los alimentos pero en todos los casos cocinar en exceso o defecto suele dar lugar a resultados poco apetecibles y nada recomendables. Cuando se cocina es importante tener en cuenta una serie de consejos sobre la manipulación y cocción de los alimentos para conseguir que lo que tomemos sea un bocado saludable para el organismo y no sólo un manjar para el paladar.

 Cocinar adecuadamente la comida no solo ayuda a matar bacterias y mejorar la seguridad, sino que también añade palatabilidad, ya que el proceso de tostado al cocinar la carne, verduras y cereales añade sabor a estos alimentos. Sin embargo, cocinar demasiado los alimentos puede disminuir su seguridad.

 Lograr el equilibrio adecuado entre una cocción insuficiente y cocinar demasiado los alimentos es parte importante para disfrutar de la comida de forma segura. Por ello, el Consejo Europeo de Información Alimentaria (EUFIC, según sus siglas en inglés) ofrece desde su sitio en Internet (www.eufic.org) algunos consejos sobre cómo cocinar los alimentos para que aporten lo mejor a la mesa sin añadir elementos perjudiciales a nuestro organismo.

 1. Preparar las carnes sin excederse: cocinar las carnes en exceso, ya sean de vacuno, cerdo, aves o pescado, puede conllevar la formación de sustancias potencialmente peligrosas como compuestos N-nitroso y aminas heterocíclicas (AHC). Dichos compuestos han sido asociados con efectos adversos para la salud en experimentos con animales como daños en el ADN y cáncer, así pues lo mejor es ser cauto y reducir la exposición. Algunos consejos ayudan a evitar las AHC y disfrutar de la carne cocinada de forma segura:

   * Reduzca el tiempo en la parrilla: use un termómetro para medir la temperatura de la carne y así sacarla cuando esté lista. De acuerdo con la Agencia de Normas Alimentarias de Reino Unido, al cocinar aves de corral, pescado, carne picada como hamburguesas y salchichas, el centro de la carne debería alcanzar una temperatura de al menos 70° C durante dos minutos antes de retirarla.

   * Adobe la carne: las investigaciones indican que adobar la carne (en cerveza, vino tinto, salsas, aceite de oliva u otros adobos) puede ayudar a protegerla y reducir la formación de compuestos peligrosos.

   * Retire la carne quemada: asegúrese de retirar y desechar las partes carbonizadas de la carne antes de comer y evite usar salsa hecha con jugo de carne.

 2. No quemar las tostadas u otros alimentos con almidón: cuando se cocinan a altas temperaturas alimentos ricos en almidón como panes, cereales, patatas o galletas, se forma un compuesto llamado acrilamida, que ha sido asociado a efectos adversos para la salud en experimentos con animales.

 De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, "la información disponible sobre la acrilamida refuerza las recomendaciones generales sobre alimentación saludable, incluyendo el consumo moderado de fritos y alimentos grasos." La formación de acrilamida se puede reducir con las siguientes medidas:

   * No tostar demasiado los alimentos o quemarlos al freírlos.

   * Hervir las patatas o hacerlas al microondas enteras con la piel.

   * Tomar pan tostado con un color marrón claro en vez de marrón oscuro y no consumir zonas muy oscuras por completo.

   * Cocinar patata ya cortada, como patatas fritas congeladas o rodajas de patatas, de un color amarillo dorado en vez de un color marrón.

 3. Use aceite limpio cuando fría la comida y evite fuego fuerte al cocinar: freír en aceite que ya se ha usado varias veces no sólo afecta al sabor de la comida, sino que también se crean productos químicos llamados hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAPs). La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha identificado a los HAPs como un problema de salud y aconseja evitarlos cocinando con aceite limpio, que no solo mejora el sabor sino que también es mejor para la salud.

   * Cocinar a altas temperaturas y con otras grasas y aceites también puede dar lugar a la formación de HAPs. Así, también aparecen al ahumar la carne o cuando se calientan las grasas que hay de forma natural en pescados, carnes y salsas.

   * Las llamas y humos asociados a las gotas de la grasa y jugos de la carne en las superficies calientes donde se cocinan los alimentos pueden aumentar y permitir que los HAPs se peguen a la superficie de la carne.

   * Asegúrese de que usa aceite limpio y no use aceite que desprenda mal olor, quite la grasa visible de la carne y evite cocinar a fuego fuerte y con mucho humo.

Tomado de: www.infosalus.com

'Le receto dormir más y mejor'

Tiendas abiertas 24 horas, fábricas que no dejan de producir, horarios que se prolongan hasta la madrugada, el ocio de la noche que siempre es joven... Para las sociedades modernas, el sueño es un hábito accesorio, superfluo, que se puede alterar al antojo y la conveniencia de las circunstancias.

"Ya dormiré cuando esté muerto", dijo en una ocasión el cineasta Fassbinder en una frase que muchos otros han hecho suya y que tiene algo de premonitorio, tal y como están demostrando varias investigaciones.

Dormir poco y mal no sólo se traduce en ojeras y mal cuerpo a la mañana siguiente. Tiene consecuencias para la salud que van más allá y que, al menos en parte, ayudan a explicar por qué el mundo de hoy es como es.

Varios trabajos han demostrado que existe una asociación entre los tiempos, la duración y la calidad del sueño y la aparición de trastornos de tipo metabólico. "Hay una relación muy directa, sobre todo con la obesidad", apunta Francisco Tinahones, jefe del servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Virgen de la Victoria de Málaga y líder de un grupo de investigación en el CIBERobn sobre la patología metabólica asociada a la obesidad.

Cuanto menos horas se duermen, mayor es el riesgo de aumento de peso, señala el especialista, quien subraya que está demostrado que "los sujetos que duermen menos hacen también menos actividad física" y, además, presentan una mayor ingesta de alimentos. "Por ejemplo, son más habituales los picoteos entre comidas", indica.

Los mecanismos que están detrás de esta relación siguen estudiándose, aunque hay varias hipótesis que cuentan con muchos apoyos. Una revisión publicada en la revista The Lancet recoge las teorías más en boga.

Una de ellas tiene que ver con cómo nuestro organismo maneja el azúcar. Según esta hipótesis, la falta o los desarreglos en el sueño tendrían un impacto directo sobre el metabolismo de la glucosa, provocando una progresiva falta de sensibilidad a la insulina y, en consecuencia, abriendo la puerta a la diabetes.

Otra de estas líneas de investigación apunta que los lazos que unen al sueño y a enfermedades como la obesidad tiene más que ver con el control de la ingesta de alimentos. Esta teoría sugiere que la falta de sueño incrementa la producción de grelina, una hormona que aumenta las ganas de comer y, además, disminuye la labor de la leptina, que trabaja suprimiendo el apetito. Este doble efecto, señalan los investigadores, favorece sin duda la aparición del sobrepeso.

"Se ha descrito que las personas que duermen poco tienen un perfil de adipoquinas diferente, lo que sugiere que, en su caso, el organismo activa señales que incrementan el apetito", señala Tinahones.

La investigación tiene que continuar, pero está claro que el sueño es un factor de riesgo para padecer obesidad y otros problemas metabólicos que ha de tenerse en cuenta en las consultas, señala Tinahones, coincidiendo con el punto de vista del artículo de The Lancet.

"Los profesionales sanitarios pueden recomendar con total seguridad a sus pacientes que disfruten de un tiempo suficiente de sueño en el momento adecuado del día", subrayan los autores del trabajo.

"Sabemos que dormimos menos que hace 50 años y eso tiene consecuencias", comenta Tinahones, quien hace hincapié en que la relación entre sueño y obesidad es especialmente palpable entre los menores de 40 años.

"Los estilos de vida son diferentes. Tenemos que saber que cualquier factor que genere estrés o determinados estímulos visuales tienen un impacto sobre el descanso nocturno", concluye.

Tomado de: www.elmundo.es

El 'milagro' de las frutas y verduras

Tomar al menos siete raciones al día se asocia con un riesgo de mortalidad un 42% menor

En 1990, la Organización Mundial de la Salud publicó unas recomendaciones generales en las que aconsejaba tomar diariamente unos 400 gramos de frutas y verduras para mantener alejadas las enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer. El mensaje, que se tradujo en la campaña 5 al día, tuvo mucho eco mediático, pero menos penetración entre el ciudadano de a pie.

Casi 25 años después de aquella recomendación, un equipo de investigadores británicos ha querido analizar el consumo de frutas y verduras en Reino Unido y comprobar cuál es su relación con la mortalidad. Sus datos vuelven a ratificar el poder saludable de las frutas y verduras -subrayando el de estas últimas-, pero sugieren que, para obtener los máximos beneficios, no basta con quedarse con cinco raciones al día.

"Hemos visto que los que tomaban siete o más porciones de fruta y verdura al día tenían el menor riesgo de mortalidad por cualquier causa", señalan los autores de la investigación en las páginas de la revista Journal of Epidemiology and Community Health.

Estos científicos del Departamento de Epidemiología y Salud Pública del University College London (Reino Unido), analizaron los datos de una muestra poblacional representativa de 65.000 individuos adultos. Entre otros parámetros, tuvieron en cuenta sus datos socioeconómicos, sus medidas corporales o su nivel de actividad física. Además, también analizaron su consumo de frutas y verduras a través de un cuestionario que medía lo ingerido en el día anterior.

Después de estudiar la mortalidad en la muestra en los siete años posteriores al inicio de la investigación, los investigadores cruzaron los datos disponibles en busca de una asociación.

Y encontraron una relación inversa muy robusta entre el consumo de frutas y verduras y el riesgo de morir por cualquier causa. Cuanto mayor era la ingesta, mayor era también la protección obtenida con estos alimentos.

En concreto, los máximos beneficios se obtenían con al menos siete raciones al día, una pauta que se asociaba con un riesgo un 42% menor de morir por cualquier causa (en el caso de muertes por enfermedad cardiovascular la reducción era del 31% y al tener en cuenta el cáncer, el porcentaje era del 25%).

Según los datos de su estudio, las verduras parecían ser más protectoras que las frutas, si bien los investigadores reconocen en su trabajo que otras investigaciones rigurosas han llegado a la conclusión contraria.

Un dato destacable es que los efectos positivos sólo se encontraron ligados a la fruta fresca o desecada. La que se consumía en lata o congelada -procesada de alguna forma- parecía tener incluso el efecto contrario. Tampoco tenían un efecto protector los batidos o los zumos.

En un editorial que acompaña a este trabajo en la revista del grupo BMJ, se señala que los datos del trabajo permiten sugerir que tal vez sea el momento de cambiar la recomendación de 5 al día, por la de 7 al día, un reto difícil de conseguir, ya que las estadísticas señalan que sólo uno de cuatro adultos británicos siguen el primer consejo.

Para Miguel Ángel Martínez, catedrático de Epidemiología y Salud Pública de la Universidad de Navarra, dadas las cifras de consumo, "es más realista plantearse el 5 al día". Eso sí, "hacerlo como un mínimo, no pensando que con cinco raciones ya podemos quedarnos tranquilos", subraya.

El especialista coincide con los autores británicos en la importancia de sacar de esta recomendación a los zumos o las frutas procesadas, ya que su efecto puede ser precisamente el contrario al que se persigue.

Por otro lado, este especialista advierte que, aunque el trabajo británico "es interesante" y se une a la gran cantidad de evidencia científica que liga el consumo de frutas y verduras a una reducción de la mortalidad, hay que tener en cuenta sus limitaciones metodológicas.

Por un lado, el estudio no ha tenido en cuenta la ocurrencia de la enfermedad -solo la mortalidad-, lo que supone un sesgo importante ya que interviene la calidad de la atención sanitaria y el tiempo que se tarda en acudir al médico, entre otras circunstancias. Además, tampoco se ha tenido en cuenta el patrón de la dieta -solo midieron un día de consumo-, con lo cual la evaluación es altamente imprecisa.

Tomado de: www.elmundo.es