30 de agosto de 2014

La leche materna, oro biológico

Aunque lleva acompañando al ser humano desde el principio de los tiempos, la leche materna no se ha estudiado demasiado hasta la fecha. Así se explica en un artículo publicado recientemente en la revista Science que, bajo el título, La primera comida funcional de la naturaleza, despliega todas las virtudes de este alimento, que van mucho más allá de la nutrición del bebé.

Según Ardythe Morrow, epidemiólogo del Cincinnati Children's Hospital de Ohio, durante el último medio siglo se ha ignorado el estudio de la leche materna por considerarse algo "no moderno". Ahora, sin embargo, las tornas han cambiado y este "producto" se ha convertido en un área de interés para la ciencia.

Según este experto, este resurgimiento tiene una explicación: durante mucho tiempo se ha sabido que la leche materna es abundante es oligosacáridos, carbohidratos complejos que, teóricamente, los humanos no pueden digerir pero en los que las bacterias 'buenas' sobreviven y prosperan.

Hace 50 años, cuando estos oligosacáridos se descubrieron, no existía la tecnología necesaria para conocer su estructura y determinar su efecto en lo que hoy se conoce como el microbioma del intestino del bebé. Incapaces de progresar en el conocimiento de este asunto, los científicos -siempre según el artículo- perdieron interés en la posible conexión entre leche y microbios.

Las cosas han cambiado recientemente, tanto por los avances en química analítica como por el creciente interés en la fauna microbiana presente en el organismo humano, así como por el movimiento que ha popularizado la lactancia materna, cuyos beneficios son resaltados hasta por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Así, en el artículo se explica que estas conexiones se están investigando con entusiasmo otra vez. Algunos investigadores se han centrado en hacer un mejor uso del microbioma impulsado por la leche, mientras que otros han documentado como la leche materna va más allá de alimentar al recién nacido y su flora bacteriana "buena". La leche materna, sostienen, contiene también toda otra serie de componentes que reducen los patógenos, impulsan un sistema inmunológico robusto y llevan a cabo otras funciones.

De hecho, en los últimos tiempos se han descubierto que las madres traspasan a sus hijos enzimas inactivas que, una vez en el intestino del bebé, fomentan la presencia de moléculas bioactivas de otras proteínas presentes en la leche. "La leche es un fluido genial que ha sido escandalosamente infraestudiado", afirma David Mills, de la University of California en Davis. "Si podemos identificar los componentes de la leche materna humana que son importantes, podremos entender la "inteligencia" de este producto y descifrar todas sus ventajas".

A primera vista, la leche materna es toda una mezcla de grasas, proteínas y azúcares. Pero también tiene células del sistema inmune, como macrófagos, células madre aptas para la regeneración y entre cientos y miles de moléculas bioactivas. La leche "no consiste sobre todo en nutrición, más bien en protección inmunológica", subraya Morrow en el texto.

En realidad, es algo de lo que se empezó a sospechar hace nada menos que 130 años, cuando se vio que los niños amamantados naturalmente sobrevivían más que los que tomaban leche en biberón. En esa tesis se avanzó hasta que, en la década de 1950, dos premios Nobel -Richard Kuhn y Paul György, demostraron que esto se debía a los oligosacáridos que promovían el crecimiento de unos microbios llamados bifidocacterias. Y es ahí cuando las investigaciones dejaron de avanzar. Hasta casi cinco décadas después.

Fue en 2006 cuando el químico de los alimentos Bruce German, también de la UC Davis, volvió a mostrar interés por las conexiones entre la leche materna y el microbioma. Y fue también entonces cuando la tecnología acompañó al avance de la ciencia, ya que fue la espectometría de masas y alguna otra técnica sofisticada la que ayudó a identificar estos oligosacáridos exclusivos de la leche materna.

Sin embargo, en ese primer intento solo una bacteria se logró aislar, la Bifidobacterium longum biovar infantis. Un año después, tras su secuenciación, el equipo de Mills demostró que la bacteria llevaba los genes necesarios para que los oligosacáridos de la leche pudieran digerirse.

El conocimiento en torno a esta bacteria sigue avanzando. Y los científicos quieren que se use no solo para conocer mejor a la leche materna, sino también para prevenir una enfermedad que afecta a los prematuros, la enterocolitis necrotizante. Se especula con la posibilidad de que el microbioma de los bebés nacidos antes de tiempo no sea tan "amable" con los oligosacáridos y genere una sobrerreacción inflamatoria que haga que el cuerpo no los pueda tolerar. Quizás la introducción de la bacteria de forma suplementaria podría ayudar a que esto no ocurriera.

Los científicos no son los únicos que han vuelto con fuerza a poner sus ojos en el estudio de la leche materna. También lo han hecho las empresas que fabrican leche de fórmula. "La primera compañía que consiga introducir un oligosacárido en su producto, marcará la diferencia", explica el nutricionista Lars Bode, de la UC San Diego.

Este auge de la investigación, concluye el artículo, pone de manifiesto lo que ya es indudable: la complejidad y los poderes de la leche que cada madre fabrica de forma natural para sus recién nacidos. "La evolución ha creado el alimento funcional más poderoso. Ahora solo nos falta entenderlo", concluye Mills.

Tomado de: www.elmundo.es

Ocho consejos para cuidarte si no comes en casa

Por LAURA CAORSI / Tomado de: www.consumer.es

Comer fuera de casa se asocia muchas veces a los excesos, aunque hay trucos muy sencillos para mantener la dieta bajo control

Comer fuera de casa, probar distintos platos y disfrutar de la comida y de la charla en la sobremesa forman parte de la cultura de nuestro país, donde la mayor parte de las cosas ocurre en torno a una mesa. Menú del día en el trabajo, chiringuito en la playa, tapeo con amigos o comida en plan familiar: de un modo o de otro, las salidas constituyen una importante manera de relacionarse. La oferta gastronómica, abundante y variada, así como la gran cantidad de bares y restaurantes que llenan las calles, son una prueba de ello. El problema se plantea cuando no se es capaz de resistir a las tentaciones y se pierde el control de la dieta. Se come de más o se eligen los platos más calóricos. Para evitar que esto suceda, a continuación se ofrecen ocho consejos prácticos.

Cómo cuidar la dieta en los bares y restaurantes

En vacaciones nos relajamos, y esto incluye muchas veces a la dieta. Distintos estudios constatan nuestra tendencia a subir de peso en estos periodos, tal como recoge el reciente artículo de EROSKI CONSUMER '¿Engordamos más en vacaciones?'. En los días de descanso, apetece disfrutar de lo que durante la mayor parte del año no existe (como las fiestas del pueblo) o que es ocasional: salir, quedar con amigos, probar unos aperitivos distintos, tomar una copa o comer fuera de casa. Es decir, conectar con la parte más social y hedónica de la alimentación. Comer no solo es cuestión de apetito, también es cuestión de placer. Todo es apetecible, novedoso, llamativo. Picoteamos aquí y allá. Nos dejamos sorprender por los cocineros, los ingredientes, la presentación... El resultado es evidente: las comidas y las cenas acaban siendo más copiosas de lo que deberían. Comemos más que en nuestro hogar. Y comemos diferente.

Consciente de esta realidad, la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO) ha publicado una guía práctica para cuidar el peso cuando se come fuera de casa. Sus autores, los doctores Mar Garrido, Fernando Goñi y Purificación Martínez de Icaya, recogen en el documento varios consejos saludables de nutrición, así como ejemplos concretos de cuántas calorías tienen algunas de las tapas más habituales. Las siguientes son algunas recomendaciones para cuidar la dieta fuera de casa, basadas en las que hace esta institución:

1. ¿Tienes sed? Bebe agua. Más allá de que salir a comer incluye, muchas veces, el consumo de bebidas alcohólicas o azucaradas, es fundamental no calmar la sed con ellas. Existe una notable diferencia entre tomar solo una copa y aplacar el calor a base de refrescos, vinos, cubatas o cervezas.

2. Disfruta del momento con calma. Tomarse un tiempo para comer con tranquilidad es fundamental. Es mejor degustar los alimentos que tan solo tragar comida en un fast food. El mecanismo de la saciedad funciona mejor con las pausas: si comes despacio, comerás menos y te sentirás mejor. Por eso, es aconsejable escoger un entorno agradable y, si es posible, comer en compañía. Cuando comemos solos, comemos peor.

3. Prioriza la variedad a la cantidad.
Controlar el tamaño de las raciones es muy importante, sobre todo si se come en un establecimiento donde no hay límites, como un buffet libre. Es preferible probar distintos sabores y texturas en raciones moderadas o pequeñas, a llenar el plato con una montaña de comida.

4. ¿Aperitivos? Sí, pero bien elegidos.
No es lo mismo una ración de croquetas, que una tapa de encurtidos. Existen aperitivos más y menos calóricos (los mariscos, las banderillas o las vinagretas son más ligeros que las patatas bravas, por ejemplo). Y, entre los que tienen calorías similares, hay opciones con mejor perfil nutricional.

5. Equilibrio en el menú. Tanto si se come a la carta como si se escoge un menú del día, hay que procurar que haya un equilibrio entre los primeros platos y los segundos. Así, si se pide un primer plato muy graso o calórico, lo idóneo es que el segundo sea más ligero (con verduras o carnes magras elaboradas a la plancha, al horno o al vapor). No obstante, conviene dar siempre prioridad a las verduras frescas, los arroces y las legumbres.

6. Cuidado con las grasas saturadas.
Es muy importante tomar conciencia de que muchos alimentos, además de calóricos, contienen grasas saturadas. Los fritos, los rebozados e, incluso, ciertas salsas y guarniciones pueden tener demasiadas grasas "malas". La recomendación, en este caso, no es desterrarlos para siempre de la dieta, sino limitar su consumo e impedir que formen parte de la alimentación habitual. Una cosa es darse un gusto, y otra es basar la dieta en alimentos grasos y calóricos.

7. No llegues al restaurante con un hambre voraz. Repartir las ingestas a lo largo del día y evitar los ayunos muy prolongados impedirá que nos sentemos a la mesa con ganas de comernos hasta la vajilla. Cuando se tiene mucho apetito o se han pasado varias horas sin comer, se tiende a elegir los alimentos más calóricos y grasos; es decir, los que aportan con rapidez una gran dosis de energía. En este sentido, los tentempiés de media mañana o media tarde (una tostada o, mejor, una pieza de fruta) son excelentes paliativos. Es mejor llegar a la comida o la cena con un apetito moderado, que permita disfrutar de los platos sin ansia ni prisas.

8. Ojo con el postre. Aunque se haya comido bien, mucho y hasta se esté por completo saciado, cuando llega la carta de postres... casi siempre se les hace un hueco. Otra vez todo suena maravilloso y tiene un aspecto estupendo. Con una nueva paleta de sabores y texturas (dulces, esponjosos, suaves), la tentación se instala en la mesa. La primera elección debería ser, sin duda, fruta del tiempo. Sin embargo, no siempre es fácil resistirse a una tarta de chocolate, un helado de crema o un mousse de fresa. Por tanto, si se pide un postre de estas características, lo mejor es compartir: media ración será el doble de buena.

La dieta verde como seguro de vida

Una dieta basada en verduras, frutas, cereales y legumbres reduce la presión arterial y las posibilidades de una muerte prematura por enfermedades cardiovasculares y previene la diabetes. Además, las verduras son protectoras frente algunos tipos de cáncer como los de pulmón, estómago y boca.

Hay diferentes dietas basadas en el consumo de verduras y cereales, desde el vegano, persona que basa su dieta en productos obtenidos la tierra, hasta aquellos que incorporan leche y huevos en su dieta diaria; hay incluso vegetarianos que admiten el consumo de pescado y otros denominados flexivegetarianos, que consumen ocasionalmente carnes blancas.

"Es muy flexible, cada uno lo entiende a su manera", asegura el delegado en Sevilla de la Asociación Vegetariana Española (AVE) y doctor en Psicología Social, el gaditano Francisco Ruiz Domínguez.

Los motivos para adoptar una dieta vegetariana son diversos, desde la sensibilidad con los animales a los beneficios para la salud o la conciencia ecológica, ya que relacionan la ganadería extensiva con la destrucción del medio ambiente y el aumento del CO2 y el metano.

En 2012 la revista científica Archives of Internal Medicine publicó un estudio realizado a 120.000 personas durante 28 años que asoció el consumo de carne con el incremento de la mortalidad prematura por cáncer y enfermedades cardiovasculares.

Según la Universidad de Harvard, aunque ya existían estudios previos que habían identificado la relación entre el consumo de carne y la diabetes, la enfermedad coronaria y ciertos cánceres, lo sorprendente es la magnitud, porque incluso "una pequeña cantidad de carne está asociada con un aumento significativo del riesgo a morir".

Para Francisco Ruiz, que sigue una dieta vegetariana ovoláctea, "es importante que se abandone el discurso del déficit alimenticio, ya que hay muchas instituciones internacionales que indican que trae muchos beneficios para la salud".

No obstante, reconoce que no es la "panacea", porque en algunas ocasiones se puede necesitar vitamina B12, obtenida de las proteínas de la carne, yodo o potasio, un déficit que el psicólogo compara con el que muchas personas omnívoras tiene de hierro o ácido fólico.

Si bien es cierto que una dieta que incluya huevos y leche debe satisfacer todas las vitaminas, la planificación de los alimentos durante la transición de una dieta tradicional a una vegetariana es esencial para cumplir con la pirámide alimenticia.

El consumo de legumbres y productos integrales como el arroz y el trigo son primordiales. Según la Comisión Europea, las legumbres se consideran un tesoro por las proteínas que aportan y son comparables con las de la carne.

Ruiz añade que la planificación de un patrón alimenticio es ideal para la creación de una rutina alimenticia sana y completa y que un cambio progresivo hacia la dieta vegetariana evita posibles cambios bruscos en el metabolismo.

Según un estudio de la Universidad de Oxford de 2002, la población que sigue una dieta vegetariana tiene un riesgo inferior a la morbimortalidad (muerte causada por enfermedades).

Además, alimentos cotidianos en la dieta vegetariana como la fibra soluble, los frutos secos, los esteroles vegetales (legumbres, las semillas, los cereales integrales), la soja, los flavonoides y otros fitoquímicos reducen la posibilidades de enfermedades cardiovasculares.

El consumo de fruta y verdura, de 5 a 10 pieza diarias, reduce la presión arterial, y un estudio realizado en 2010 revela que existen beneficios preventivos para las personas con riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 con la ingesta de verduras, cereales integrales, legumbres y frutos secos.

Según el World Cancer Research Fund, las frutas y verduras son protectoras frente al cáncer de pulmón, boca, esófago y estómago ya que contienen una compleja mezcla de fitoquímicos con una potente actividad de antioxidante, antiproliferativa.

Tomado de: www.larazon.es

Cómo aprovechar las propiedades de la piña

Por ISABEL MEGÍAS / Tomado de: www.consumer.es

Baja en calorías, rica en agua y fuente de fibra, la piña es una fruta muy interesante para incorporar a la dieta habitual

Las frutas, en general, son alimentos ricos en fibra, hidratos de carbono, vitaminas y minerales, mientras que su contenido en grasa y proteínas es bajo. La piña, en particular, es una fruta poco calórica, ya que aporta unas 100 Kcal por ración (es decir, cada 200 g) y, además, es muy rica en agua: 200 gramos de piña contienen unos 160 gramos de agua. Entre sus propiedades más notables destaca que es fuente de fibra dietética. Según las tablas de composición de alimentos del CESNID, una ración de piña posee hasta 3 gramos de fibra, algo muy interesante desde el punto de vista nutricional. A continuación se detalla por qué es importante el consumo de piña y cómo incorporar esta fruta a la dieta.

¿Por qué es interesante el consumo de piña?

La piña, al igual que la mayoría de las frutas, posee un contenido calórico moderado, de modo que puede ayudar a controlar el aporte de calorías en la dieta. Consumir fruta como último plato es una buena manera de rebajar las calorías de un menú, puesto que otros postres pueden incrementar de forma notable la ingesta calórica de la comida. Así, por ejemplo, un yogur cremoso tipo griego aporta 170 Kcal por ración, una porción de pastel de chocolate puede contribuir con 350 Kcal y un flan con nata puede añadir 250 Kcal. El aporte de calorías de las frutas es significativamente menor.

Otro motivo por el que resulta interesante la ingesta de piña, y de otras frutas, es la fibra dietética. La fibra dietética posee múltiples efectos beneficiosos sobre el organismo; entre ellos, el de regular el tránsito intestinal y evitar por tanto el estreñimiento. La piña posee un mayor contenido en fibra que la sandía, el melón, la uva o la mandarina, aunque menor que la ciruela, frambuesa, granada, higos o kiwis. Una ración de piña puede aportar alrededor de 3 g de fibra. Las necesidades de fibra pueden variar a lo largo de la vida, pero, según entidades como el Food and Nutrition Board (FNB) del Institute of Medicine de EE.UU., la Academy of Nutrition and Dietetics o el National Cancer Institute, los individuos adultos sanos requieren de 25 a 38 gramos diarios de fibra dietética, lo que hace imprescindible el consumo de dos a tres raciones de fruta al día, dos raciones de hortalizas o verduras diarias y cereales integrales de manera habitual para cubrir estos requerimientos. Además, la fibra dietética contribuye a un buen control del apetito promoviendo la saciedad tras la ingesta dietética, hecho interesante en personas que siguen un régimen hipocalórico para perder peso.

También a la piña se le han atribuido ciertas propiedades diuréticas, pero no existen datos científicos que las corroboren. Se dice que una sustancia es diurética cuando es capaz de aumentar la secreción y eliminación de orina. Hasta el momento, no existe ningún estudio que haya demostrado que la piña sea un buen agente diurético, de modo que las personas que por algún motivo médico concreto necesiten aumentar su eliminación de orina deben emplear otros agentes (aconsejados por su médico) a tal efecto. Además, muchas veces se recomiendan, o más bien se "malrecomiendan", agentes diuréticos para perder peso, cuando no es necesario tomarlos por razones médicas. Un agente diurético favorecería la expulsión de líquidos del organismo, pero no la eliminación de grasa, que es lo que en realidad se quiere cuando se modifica una dieta para bajar peso.

Por último, cabe destacar que la piña y las frutas en general son una excelente fuente de vitaminas y minerales, lo que les confiere, entre otras cosas, capacidad antioxidante.

¿Cómo puedo incorporar la piña en mi dieta?

Existen múltiples preparaciones culinarias o recetas que pueden ayudar a aumentar el consumo de piña, aunque lo más recomendable es la ingesta de fruta natural para aprovechar mejor sus propiedades nutricionales.

Los siguientes son algunos ejemplos de recetas sencillas y deliciosas:
  • Brochetas de fruta: postre elaborado a base de daditos de fruta variada y piña. Se preparan brochetas con todos los tipos de fruta.
  • Carpaccio de piña: puede utilizarse como postre o como entrante. Se corta la piña muy finita y se sirve al natural. En caso de servirse como postre, puede calentarse la piña a la plancha o incluso endulzarla con algún edulcorante acalórico.
  • Piña con jamón: se sirve como entrante, y se presenta la piña a taquitos acompañada de tacos de jamón o a lonchas.
  • Brochetas de pollo y piña: puede prepararse un segundo plato en el que se acompañe el pollo con alguna fruta ácida, como la piña, para resaltar su sabor. Se forman las brochetas en crudo intercalando el pollo con la piña a tacos y se elaboran a la plancha.

23 de agosto de 2014

Obesidad en adulto joven triplica riesgo de demencia

Si una persona es obesa antes de cumplir los 40 años, su riesgo de desarrollar demencia, cuando sea adulto mayor, es 3,5 veces mayor si no es obeso.

Estas son las conclusiones de un estudio realizado por la Universidad de Oxford, en Gran Bretaña, que utilizó récords hospitalarios de centros médicos en toda Inglaterra, entre 1999 y 2011.

Los investigadores buscaron todas las causas de muerte donde la demencia aparecía en los síntomas del paciente.

Al revisar esos datos, se vio que durante el periodo de estudio, 451.232 personas que tenían demencia también eran obesas, el 43% de ellas eran hombres.

El reporte, publicado en la revista Postgrad Med , vio que el riesgo de desarrollar demencia era mayor cuanto menor era la edad de la persona en el momento de tener problemas de peso.

En los menores de 40 el riesgo era 350% mayor (3,5 veces), pero quienes comenzaban su obesidad entre los 40 y 49 años tenían un riesgo un 70% mayor. Aquellos entre los 50 y 59 años presentaban un 50% más de posibilidades de demencia que quienes no tenían sobrepeso.

Ya para las personas entre 60 y 69 años el riesgo era de un 40% y en los mayores de 70 no representaba un problema mayor.

Las razones. ¿A qué se debe este fenómeno? Los investigadores presumen que cuanto menor es la persona cuando desarrolla la obesidad, mayor es su riesgo de tener enfermedades crónicas, como diabetes, hipertensión e infartos.

Estudios anteriores han asociado ya las enfermedades crónicas con problemas de demencia, especialmente de demencia vascular.

La demencia vascular es un trastorno causado por bloqueos en el paso de sangre hacia el cerebro, que hace perder la memoria paulatinamente.

Esta insuficiencia sanguínea hace que no llegue oxígeno a las células cerebrales, por lo que la persona muere y se deteriora la capacidad mental y las habilidades para realizar actividades cotidianas.

Según los especialistas, una persona obesa, diabética, hipertensa o que ya ha vivido más infartos, tiene sus vasos sanguíneos más debilitados y con mayor cantidad de placa, lo que los hace más propensos a esta enfermedad.

“Las personas sedentarias, obesas, hipertensas, con diabetes tipo 2 y que no cuidan su salud, tienen altos riesgos de sufrir este tipo de padecimientos. La gente no sabe que, al tener malos hábitos y no hacer ejercicio, no solo afectan su corazón, sino también su cerebro. Ellos pueden sufrir enfermedades cerebrovasculares que los lleven a la demencia”, dijo Erick Miranda, geriatra de la Clínica de la Memoria del Hospital Nacional de Geriatría de nuestro país.

Tomado de: www.nacion.com

Cereales, ¿cuáles son los más sanos y recomendables?

Los cereales son alimentos indispensables que forman parte de la base de la pirámide alimentaria y que deberían proporcionar una variedad de nutrientes saludables y por naturaleza bajos en grasas. Sin embargo, su procesamiento ha llevado a la modificación de sus cualidades ya sea por demorar su caducidad, agradar el paladar o satisfacer nuevas tendencias de consumo.

Según plantean desde el sitio web de la estadounidense Clínica Mayo, una de las fuentes de información sobre salud más importantes de Estados Unidos, probablemente la dieta media del individuo incluye muchos cereales, pero ¿son estos los más saludables?

La mayoría de personas no toman suficientes cereales integrales en la dieta y el objetivo inicial debería ser tomar al menos la mitad de los cereales que se consuman en su forma integral.

Los especialistas en salud de la institución estadounidense aportan información en su web sobre los diferentes tipos de cereales y apuntan los motivos por los que deberíamos dejar los refinados y los enriquecidos.

Cereales integrales

Estos cereales no refinados no se han visto despojados del salvado y el germen en la molienda, por ello, todos los nutrientes permanecen intactos. Los cereales integrales son las mejores fuentes de fibra y otros nutrientes importantes como el selenio, el potasio y el magnesio. Los cereales integrales son alimentos completos como el arroz integral y el maíz o ingredientes en productos, como el trigo sarraceno en los crepes o la harina integral en el pan.

Cereales refinados

En contraste con los cereales integrales, los refinados son molidos, un proceso que les despoja del salvado y el germen para proporcionarles una textura más fina y una vida más larga en el mercado. El proceso de refinado también elimina muchos nutrientes, incluyendo la fibra. Los cereales refinados incluyen la harina blanca, el arroz blanco, el pan blanco y la harina de maíz a la que se ha eliminado el germen.

Muchos panes, cereales, galletas, postres y pasteles se hacen con cereales refinados también. Estos alimentos procesados no mantienen los niveles de azúcar en sangre estables, lo que explica la sensación de hambre poco después de haberlos consumido.

Cereales enriquecidos


Enriquecido significa que algunos o muchos de los nutrientes que se perdieron durante su procesamiento se añaden de nuevo más tarde. La mayoría de cereales refinados están enriquecidos y muchos cereales enriquecidos también están fortalecidos, lo que significa que los nutrientes que no se producen de forma natural en los alimentos se añaden, como vitaminas y minerales como el ácido fólico y el hierro.

Los cereales enriquecidos carecen de fibra y no son una elección óptima debido a que aunque tienen restos nutritivos, muchos nutrientes y vitaminas importantes se pierden durante el procesamiento.

Elegir cereales integrales

La recomendación desde la institución estadounidense es comer cereales integrales en vez de refinados tan a menudo como sea posible. Los ejemplos de cereales integrales incluyen: avena, arroz integral, trigo sarraceno, bulgur, mijo, cebada, maíz, pan, pasta o galletas de harina integral y arroz salvaje.

"No siempre es fácil decir qué cereales se encuentran en un producto en particular, en especial en el caso del pan. Por ejemplo, un pan oscuro no necesariamente tiene que tener harina integral, el color podría proceder de un colorante", señalan los estadounidenses.

Si no estamos seguro de que algo tenga cereales integrales lo mejor es comprobar la etiqueta del producto o el panel de información nutricional. También puede ayudar buscar la palabra 'integral' en el paquete y asegurarnos de que los cereales integrales aparecen entre los primeros ingredientes en la lista.

Desde el sitio web de la institución estadounidense se apuntan estos consejos para añadir más cereales integrales a comidas y tentempiés:

1. Disfruta de desayunos que incluyan cereales integrales, como los copos de salvado, la avena o los cereales de trigo integral.

2. Toma tostadas o bagels de harina integral en vez de los normales. Sustituye con magdalenas integrales bajas en grasa los dulces.

3. Haz sándwiches utilizando panes integrales. Cambia la harina blanca para las tortitas o las filloas por harina integral.

4. Sustituye el arroz blanco por arroz integral, arroz salvaje, trigo sarraceno tostado o bulgur.

5. Incluye arroz salvaje o cebada en sopas, estofados, guisos y ensaladas.

6. Añade cereales integrales, como el arroz integral cocinado o picatostes de pan integral para acompañar la carne o las aves y darles más cuerpo.

7. Utiliza tostadas de pan integral troceadas en las recetas en vez de los picatostes de pan seco.

Si quiere ser delgado, deje el coche en casa

Dejar el coche en casa e ir al trabajo andando, en bicicleta o en transporte público es bueno para la salud, indica un estudio reciente.

Los investigadores observaron a miles de personas de Reino Unido, y hallaron que el 76 por ciento de los hombres y el 72 por ciento de las mujeres conducían para ir al trabajo, el 10 por ciento de los hombres y el 11 por ciento de las mujeres usaban el transporte público, y el 14 por ciento de los hombres y el 17 por ciento de las mujeres iban al trabajo en bicicleta o caminando.

Los que iban al trabajo en coche pesaban más y tenían unos niveles más altos de grasa corporal que los que andaban, iban en bicicleta o usaban el transporte público, según un estudio que aparece en la edición en línea del 19 de agosto de la revista BMJ.

El índice de masa corporal (un cálculo de la grasa corporal que se basa en la estatura y el peso) de los hombres que conducían al trabajo era más o menos un punto más alto que el de los que caminaban, iban en bicicleta o usaban el transporte público. Eso equivale a una diferencia de peso de unas 6.6 libras (3 kilos).

El índice de masa corporal de las mujeres que conducían al trabajo era unos 0.7 puntos más altos que el de las que caminaban, iban en bicicleta o usaban el transporte público, anotaron los investigadores en un comunicado de prensa de la revista. Eso equivale a una diferencia de peso de unas 5.5 libras (2 kilos).

Las diferencias son mayores que las vistas en muchos programas de dieta y ejercicio que buscan prevenir el sobrepeso y la obesidad, según la autora del estudio, Ellen Flint, y sus colaboradores de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres y del Colegio Universitario de Londres.

Andar, montar en bicicleta y usar el transporte público para ir al trabajo "se debe considerar como parte de las estrategias para reducir la carga de la obesidad y las afecciones de salud relacionadas", concluyeron los autores del estudio.

Pero aunque el estudio halló una asociación entre el peso y el método de transporte para ir al trabajo, no probó causalidad.

La obesidad incrementa el riesgo de sufrir cáncer

Las personas con sobrepeso u obesas tienen un mayor riesgo de desarrollar alguno de los diez tipos de cáncer más comunes, concluye un estudio divulgado en la revista médica The Lancet .

Tras reunir información de 5,2 millones de personas en el Reino Unido, de las que casi 170.000 desarrollaron cáncer, investigadores de la London School Of Hygiene And Tropical Medicine determinaron que un alto índice de masa corporal (IMC) estuvo vinculado a 17 de 22 tipos de cáncer.

El concepto de índice de masa corporal (IMC) se obtiene dividiendo el peso de la persona en kilos entre su estatura elevada al cuadrado. Es decir, si una persona pesa 53 kilos y mide 170 centímetros, se divide 53 entre 170 y se multiplica por 170.

Los resultados ideales del IMC son entre 20 y 25. El acuerdo científico dice que si el paciente tiene más de 25, tendrá sobrepeso y, si tiene más de 30, es una persona obesa.

Ya se sabía que la obesidad constituye un factor de riesgo importante para padecer enfermedades crónicas como diabetes e hipertensión, condiciones que, en unos años, pueden llevar a sufrir infartos o derrames cerebrales.

Sin embargo, los hallazgos de esta investigación sugieren que tener un IMC alto está asociado al menos con diez de los cánceres más comunes, como el de cuello de útero, tiroides, riñón, hígado y colon, entre otros.

El cáncer de mama después de la menopausia y la leucemia también fueron mencionados por los expertos como males en alza.

El citado estudio asimismo afirma que si continúan aumentando los niveles de obesidad, podrían diagnosticarse anualmente 3.700 casos más de cáncer.

“Hubo muchísima variación en el efecto del IMC sobre los diferentes cánceres”, dijo a los medios británicos uno de los científicos encargados del estudio, Krishnan Bhaskaran.

Este experto puso como ejemplo el hecho de que “el riesgo de cáncer de útero aumentó de forma sustancial conforme mayor fuera el índice de masa corporal, mientras que en otros cánceres se detectó un incremento más modesto en el riesgo o ningún efecto en absoluto” .

“Esta variación nos indica que el IMC afecta el riesgo de desarrollar cáncer a través de varios procesos diferentes, dependiendo del tipo de cáncer” , agregó.

Por su parte, en declaraciones al canal británico BBC, Tom Stansfeld, de la organización benéfica Cancer Research UK (dedicada a la lucha contra esa enfermedad), indicó que aunque la relación entre el cáncer y la obesidad es compleja, está claro que el exceso de peso incrementa el riesgo de tener cáncer.

“Mantener un peso saludable reduce el riesgo de desarrollar cáncer y el mejor modo de hacerlo es con una dieta sana y equilibrada, y haciendo ejercicio”, concluyó.

Tomado de: www.nacion.com

16 de agosto de 2014

La dieta después de los 60 años

Por ISABEL MEGÍAS / Tomado de: www.consumer.es

El tiempo no pasa en balde y los años no solo se adivinan en las arrugas sino en la salud en general. Con la edad, el organismo experimenta diversas modificaciones físicas, fisiológicas y psicosociales que hacen que nuestras necesidades nutricionales varíen. El siguiente artículo explica cuáles son los principales cambios que se producen al envejecer, cómo organizar la dieta para esta etapa de la vida y cuál la importancia de esos pequeños caprichos a la hora de comer.

¿Qué cambios se producen al envejecer?

El grupo de personas mayores es muy dispar, pues comprende tanto a personas de 60 años, que pueden estar todavía activas desde el punto de vista físico y laboral, como a personas de más de 80 años, que pueden tener su capacidad física o mental mucho más deteriorada. Las pautas alimentarias para cada tramo de edad tendrán que ser adaptadas según las capacidades de cada individuo. No obstante, los siguientes son los cambios más habituales a partir de los 60 años:
  • Problemas de masticación y salivación. Con la edad se originan en la mayoría de individuos pérdidas de piezas dentarias y se impone la necesidad de prótesis o dentaduras artificiales. Algunos pueden presentar disminución de la secreción de saliva. Todo ello hace que muchas de las personas de edad avanzada requieran dietas blandas o túrmix (triturada).
  • Falta de apetito. Se produce en parte, debido a la disminución de las necesidades energéticas a causa de la baja actividad física, y por otros factores psicosociales.
  • Cambios en la composición del organismo. Con los años, el cuerpo pierde masa muscular y masa ósea y aumenta su contenido en grasa.
  • Estreñimiento. Es habitual en personas ancianas. Para evitarlo hay que promover cierto grado de actividad física que incremente el tono muscular y una alimentación rica en cereales integrales, fruta y verdura.
  • Menor actividad física. Se va produciendo de manera progresiva, lo que condiciona un menor gasto energético. Si el consumo en calorías sigue siendo el mismo, se puede tener tendencia a ganar peso.
  • Factores psicosociales. La persona de edad avanzada puede encontrarse sola, lo que limita su capacidad de autogestión del hogar y las comidas, y también favorece la tendencia hacia la depresión. En ocasiones, los problemas económicos limitan su adquisición de víveres.
Además, los cambios fisiológicos del organismo hacen que las personas mayores puedan sufrir en muchas ocasiones problemas de obesidad, diabetes, hipercolesterolemia o hipertrigliceridemia e hipertensión.

Organización básica de la dieta en personas mayores

Si se tienen en cuenta las circunstancias citadas, la dieta de las personas de edad avanzada debería ser suficientemente energética como para asegurar las necesidades de cada persona, pero no muy calórica ni rica en grasas, para evitar el aumento de peso y el exceso de colesterol y grasas saturadas. Debería aportar también suficientes proteínas, y ser una dieta variada para garantizar el placer con la alimentación.

En el caso de que el individuo padezca diabetes, se deberían controlar todos los alimentos con azúcares de la dieta, tales como el azúcar, mermeladas, bebidas azucaradas, dulces y bollería. En individuos con exceso de peso, debería vigilarse el aporte calórico de la dieta, y en individuos con hipercolesterolemia o aumento de los triglicéridos en sangre, debería asegurarse un buen control de las grasas saturadas, evitando alimentos como los lácteos enteros, embutidos grasos como el chorizo, mortadela o morcilla, carnes grasas, bollería y pastelería, mantequilla y margarinas, precocinados y alimentos con aceite de coco o palma.

Así pues, la dieta debería contener tres o más raciones de fruta al día; al menos dos raciones de verdura diaria (unos 150 - 200 g); de tres a cuatro raciones semanales de carnes poco grasas (una ración de carne de 100 - 125 g de peso neto); de tres a cuatro raciones semanales de pescado o marisco; de tres a cuatro huevos por semana; y de cuatro a seis raciones de cereales y derivados al día, sobre todo integrales, repartiéndolos de la siguiente manera: dos a cuatro raciones por semana de legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, etc.), pasta de dos a tres veces a la semana y arroz también de dos a tres veces a la semana.

La osteoporosis se asocia a un déficit de calcio mantenido durante largos periodos de tiempo, de manera que en los ancianos las necesidades de calcio no están aumentadas, pero sí se debería asegurar una ingesta mínima de 800 mg/día. Son fuentes de calcio la leche y sus derivados como el yogur o los quesos. Se requieren de dos a tres raciones de lácteos diarias para garantizar estas necesidades. Otras fuentes de calcio son las almendras y la leche de almendras, bebidas de soja enriquecidas en calcio, el tofu fermentado con sales cálcicas o el alga wakame.

Por todo ello, habría que promover la variedad y la variación en la dieta, con independencia de la textura de la dieta que requiera el individuo (normal, blanda o túrmix) para fomentar una buena ingesta nutricional. Se deberá fomentar, por tanto, el consumo de alimentos frescos y de temporada.

Aspectos emocionales de la alimentación

Para las personas mayores, la alimentación constituye una de las pocas alegrías de su rutina diaria. Es por ello que evitar el aburrimiento en la dieta es fundamental. Así, por ejemplo, muchos de los individuos que requieren dieta túrmix acaban con la sensación de que comen cada día lo mismo. Si embargo, la palatabilidad y los cambios de textura no están reñidos. Se puede ofrecer a la persona mayor un cruasán con mantequilla en textura triturada, una tostada de pan con tomate y jamón serrano triturados o un puré de albóndigas en su salsa.

Además, ciertos alimentos que no deberían conformar parte de nuestra dieta diaria, como un cruasán, helados, dulces o incluso fritos y rebozados, pueden ofrecerse con moderación y de manera ocasional para asegurar un disfrute de la alimentación.

El ejercicio reduce el riesgo de cáncer de mama de las mujeres mayores, según un estudio

Las mujeres mayores que intentan evitar el cáncer de mama quizá deberían empezar y mantener un régimen de ejercicio regular, según un estudio reciente.

Los investigadores descubrieron que la actividad física regular reduce las probabilidades de cáncer de mama de las mujeres postmenopáusicas, pero la protección desaparece si las mujeres dejan de hacer ejercicio.

Los hallazgos no sorprendieron a una experta.

"Como cirujana de los senos, una de mis responsabilidades es hablar con las mujeres sobre las estrategias de prevención", dijo la Dra. Alison Estabrook, jefa de división de cirugía de los senos de los hospitales Mount Sinai St. Luke's y Mount Sinai Roosevelt, en la ciudad de Nueva York.

"El ejercicio es ciertamente una estrategia de prevención de las que hablo por muchas razones, y este estudio enfatiza la importancia de la actividad física y de su continuidad en los años posmenopáusicos", indicó.

En el estudio, un equipo dirigido por Agnes Fournier del Institut Gustave Roussy en Villejuif, Francia, dio seguimiento a 59,000 mujeres en edad posmenopáusica en Francia durante un promedio de 8.5 años.

Durante ese periodo, se diagnosticó a más de 2,100 de las mujeres un cáncer de mama primario invasivo.

Las mujeres que habían realizado de manera regular durante los 4 años anteriores el ejercicio equivalente a caminar o ir en bicicleta al menos 4 horas a la semana tenían un 10 por ciento menos de probabilidades de que les diagnosticaran un cáncer de mama que las que hicieron menos ejercicio.

El impacto del ejercicio regular en la reducción de los casos de cáncer de mama fue independiente del peso, la grasa corporal, la circunferencia de la cintura y los niveles de ejercicio que se hicieron entre 5 y 9 años antes, según el estudio publicado el 11 de agosto en la revista Cancer Epidemiology, Biomarkers & Prevention.

"Se piensa que la actividad física reduce el riesgo de una mujer de contraer un cáncer de mama después de la menopausia. Sin embargo, no estaba claro a partir de cuándo se observa esta asociación después de empezar a hacer ejercicio de forma regular o durante cuánto tiempo dura después de que se deje de hacer ejercicio regularmente", dijo Fournier en un comunicado de prensa de la revista.

"Nuestro estudio responde a estas preguntas. Hallamos que la actividad física recreativa, incluso con una intensidad modesta, parecía tener un impacto rápido en el riesgo de cáncer de mama", dijo.

No obstante, dado que el efecto se redujo rápidamente cuando dejaron de hacer ejercicio, "se debería animar a las mujeres posmenopáusicas que hacen ejercicio a que sigan haciéndolo", añadió Fournier.

El estudio también "muestra que no es necesario realizar actividades intensas o con mucha frecuencia; incluso andar 30 minutos al día es beneficio", indicó Fournier.

La Dra. Stephanie Bernik es jefa de oncología quirúrgica del Hospital Lenox Hill de la ciudad de Nueva York. Bernik comentó que el estudio francés "nos aporta más evidencias de que, efectivamente, hacer ejercicio es una manera mediante la cual las mujeres posmenopáusicas pueden reducir su riesgo de cáncer de mama invasivo".

El estudio no pudo demostrar una relación de causa y efecto, y "no se sabe la razón exacta de la reducción del riesgo; quizá estas mujeres vivían con un estilo de vida más saludable en general", dijo Bernik.

"A pesar de eso, parece que añadir el ejercicio a la rutina mejora la salud y reduce el riesgo de cáncer", concluyó.

Las bebidas ácidas pueden dañar los dientes de los niños de forma permanente, advierte un experto dental

Un niveles altos de ácido en los refrescos, el jugo de fruta y las bebidas deportivas plantean una amenaza para los dientes de los niños, informa un estudio reciente.

"Nuestra investigación mostró que el daño permanente al esmalte dental ocurre en los primeros 30 segundos de que un nivel alto de ácido entre en contacto con los dientes. Se trata de un hallazgo importante, y sugiere que lo mejor es evitar esas bebidas", señaló en un comunicado de prensa de la Universidad de Adelaida, en Australia, el autor para correspondencia del estudio, el Dr. Sarbin Ranjitkar, del Grupo de Investigación en Biología Craneofacial de la universidad.

"Si se consumen bebidas con mucho ácido, no se trata solo de que el niño aprenda a cepillarse los dientes una hora o 30 minutos después y tener la esperanza de que no pasará nada... el daño ya está hecho", añadió.

Los hallazgos aparecen en una edición reciente de la revista Journal of Dentistry.

Ranjitkar dijo que normalmente hay un equilibrio entre los ácidos y los mecanismos protectores en una boca sana. Pero "una vez el equilibrio está a favor de los ácidos, independientemente del tipo de ácido, los dientes sufren daños", explicó.

Las bebidas muy ácidas también se pueden combinar con otros factores para provocar un daño importante e irreversible a los dientes de los niños, según Ranjitkar.

"Con frecuencia, los niños y los adolescentes rechinan los dientes de noche, y pueden tener una regurgitación o reflujo sin diagnosticar, lo que conlleva que haya ácido del estómago. En combinación con las bebidas con mucho ácido, esto crea una amenaza triple para los dientes de los jóvenes, que puede provocar daños a largo plazo", advirtió.

La erosión dental provocada por las bebidas ácidas está aumentando en niños y adultos, según Ranjitkar.

"La erosión dental es un problema cada vez más preocupante en los países desarrollados, y con frecuencia solo se detecta en la clínica después de que haya ocurrido un desgaste dental significativo", lamentó. "Esa erosión puede conducir a toda una vida de salud dental afectada, que quizá amerite una rehabilitación compleja y extensiva, pero que también se puede prevenir mediante una intervención mínima".

Comer fuera equivale a comer más

Un nuevo estudio descubre que las personas que comen fuera consumen aproximadamente 200 calorías más al día que cuando cocinan en casa.

También consumen más grasas saturadas, azúcar y sal.

El estudio tiene algunas limitaciones. No dice nada de si las personas que van a restaurantes con frecuencia tienen un peor estado de salud que las que comen en casa, y no tiene en cuenta los posibles beneficios de comer fuera, como el hecho de socializar y reducir el estrés de cocinar.

Aun así, los hallazgos muestran que "comer en restaurantes debería ser la excepción, no la norma", dijo la coautora del estudio, Lisa Powell, profesora de políticas de salud y administración en la Universidad de Illinois, en Chicago.

Powell dijo que los investigadores deseaban comprender mejor el papel de la comida de los restaurantes en la dieta de las personas. "Sabemos que junto con el aumento de las tasas de obesidad, los estadounidenses han estado comiendo cada vez más fuera de casa, y ahora consumen de promedio aproximadamente 600 calorías al día en los restaurantes", dijo.

Eso no sería un problema para la salud de las personas si sus dietas fuera de casa fueran parecidas a las de casa. Pero este estudio descubrió otra cosa.

Los investigadores basaron sus hallazgos en las respuestas de más de 12,000 personas de 20 a 64 años de edad que participaron en encuestas federales de 2003 a 2010. Los participantes respondieron a preguntas sobre qué comían en dos días distintos.

Las personas que comían en puestos de comida rápida o en restaurantes de servicio completo consumieron un promedio de 194 y 205 calorías adicionales al día, respectivamente. También consumieron más grasa saturada (3 y 2.5 gramos extra, respectivamente) y sal (296 y 451 miligramos, respectivamente).

¿De dónde vienen todas esas calorías adicionales? "De alimentos con una densidad energética mayor, de porciones más grandes y de más calorías vacías como las bebidas endulzadas con azúcar", dijo Powell.

Las investigaciones previas sugieren que el 36 por ciento de las personas adultas consumen alimentos, bebidas o ambos en restaurantes de comida rápida al día, y el 27 por ciento comen en restaurantes de servicio completo. Tomando esas cantidades en cuenta, Powell estimó que la persona típica en los Estados Unidos consume unas 24,000 calorías adicionales cada año al comer fuera, el equivalente a entre 6 y 7 libras (2.7 y 3.1 kg) al año.

Susan Roberts, directora del Laboratorio del Metabolismo de la Energía del Centro de Investigación sobre la Nutrición Humana y el Envejecimiento Jean Mayer del USDA en la Facultad de Medicina de la Universidad de Tufts, en Boston, dijo que es posible que las personas que comían fuera en restaurantes en los que se sentaban en realidad consumían más de lo que recordaban porque es difícil estimar los tamaños de las porciones en esos restaurantes.

"Siempre subestimamos las porciones grandes, de modo que las personas no se dan cuenta de que las porciones de los restaurantes son tan excesivas como lo son", señaló. "Esta es la razón por la que necesitamos que haya etiquetas en las cartas de todos los restaurantes, y no solamente de las cadenas de comida rápida y más grandes".

¿Cómo pueden las personas evitar consumir calorías adicionales cuando comen fuera?

"Averigüe si puede pedir media porción", dijo Powell. "Cuando se puedan elegir los acompañamientos, pida verduras y ensalada en lugar de alimentos fritos. Averigüe si es posible conseguir una salsa o un aderezo aparte, y beba agua en lugar de refrescos".

Roberts sugiere que se dé por hecho que toda la comida de los restaurantes incluye el doble o el triple de calorías de las que usted necesita. "Eso significa como mínimo que debería comer la mitad o menos de una porción para no ganar peso", dijo. "Siempre puede pedir a quien le atienda que le guarde para llevar la mitad antes de servirlo en la mesa. También puede pedir ensaladas con aderezo, queso y crutones al lado, y entonces solo usar lo que desee. Controlar al detalle su orden normalmente es una gran forma de hacer las cosas".

El estudio aparece en la edición en línea del 7 de agosto de la revista Public Health Nutrition.

9 de agosto de 2014

Comer una porción diaria de guisantes, garbanzos, lentejas o frijoles ayuda a controlar el peso

Comer una porción diaria de guisantes, garbanzos, lentejas o frijoles ayuda a controlar el peso, según ha mostrado una revisión sistemática y un meta-análisis liderado por el doctor del departamento de Nutrición Clínica y Factores de Riesgo del Hospital St. Michael (Canadá), John Sievenpiper.

En concreto, el equipo del investigador, cuyo trabajo ha sido publicado en 'Obesity', ha analizado nueve ensayos clínicos que incluyeron 126 participantes de más de 2.000 documentos seleccionados.

De esta forma, han comprobado que las personas se sienten un 31 por ciento más saciadas cuando comen 160 gramos de legumbres al día que con una dieta control.

Y es que, las legumbres son alimentos que se descomponen lentamente y que, por tanto, se pueden utilizar para reducir o eliminar el consumo de proteínas animales en la comida.

En este sentido, el experto ha recordado que el 90 por ciento de las dietas para perder peso fallan debido al hambre o a los antojos para comer algunos alimentos. Por ello, ha asegurado que conocer qué es lo que sacia el apetito puede ayudar a perder peso y, además, a no recuperarlo.

Tomado de: www.telecinco.es

¿Tener hipertensión en la mediana edad significa tener una mente más debilitada más adelante?

Si deja que su presión arterial suba demasiado en la mediana edad, el precio podría ser un deterioro mental en un momento posterior, según un nuevo estudio.

El estudio de casi 14,000 personas descubrió que la hipertensión en las personas de 48 a 67 años de edad estuvo vinculada con una pérdida de las capacidades mentales al final de la vida. A lo largo de 20 años, las personas con hipertensión en la mediana edad experimentaron una reducción modesta, pero significativa, del 6.5 por ciento en las puntuaciones de las pruebas del funcionamiento mental, en comparación con las personas con una presión arterial normal.

"La hipertensión podría ser un factor de riesgo importante para la demencia, ya que el deterioro mental es un factor de riesgo conocido", dijo la investigadora principal, la Dra. Rebecca Gottesman, profesora asociada de neurología y epidemiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Johns Hopkins de Baltimore.

No obstante, enfatizó que dado que "ahora sabemos cómo tratar la hipertensión", tenerla bajo control podría también reducir el riesgo de demencia de una persona.

Para realizar el estudio, el equipo de Gottesman recogió los datos de las personas que participaron en un estudio importante sobre las enfermedades cardiacas en los EE. UU. Se dio seguimiento a los participantes durante hasta 23 años y se realizaron pruebas a sus capacidades mentales en tres ocasiones distintas.

El grupo de Gottesman descubrió que las personas cuya presión arterial estaba controlada con medicamentos sufrieron un menor deterioro mental que las que no tenían la hipertensión controlada. El efecto fue mayor para los blancos que para los negros, indicaron los investigadores.

Los niveles de presión arterial en la mediana edad podrían ser especialmente importantes para la agudeza mental más adelante en la vida, dijo Gottesman.

"Esta podría ser la razón por la que algunos ensayos clínicos que han estudiado el papel de los medicamentos para la presión arterial [en personas mayores] no han conseguido encontrar un beneficio en la reducción del deterioro mental y la demencia", conjeturó. "Los ensayos quizá simplemente no duren lo suficiente. Quizá sería de la mayor importancia que se empezara el tratamiento para la hipertensión cuando las personas están en la mediana edad".

Sin embargo, falta por saber si dar medicamentos para la presión arterial en la mediana edad puede ayudar a fomentar el pensamiento y la memoria al final de la vida.

"En nuestro estudio, las personas que tomaban medicamentos para la hipertensión sufrieron un deterioro mental menor que las personas que no tomaron los medicamentos", dijo Gottesman. "Pero es posible que esas personas hayan tomado medicamentos durante años".

Aun así, "nuestros datos sugieren que, en general, tomar medicamentos para la hipertensión podría tener un efecto protector", dijo Gottesman.

El informe aparece en la edición en línea del 4 de agosto de la revista JAMA Neurology.

El Dr. Philip Gorelick es el director médico del Centro de Neurociencia Hauenstein del Colegio de Medicina Humana de la Universidad Estatal de Michigan, en Grand Rapids.

Cree que el nuevo estudio "aporta algunas evidencias de que a las personas que estuvieron en observación y tratamiento por hipertensión les fue mejor a largo plazo desde el punto de vista mental que a las que no siguieron ningún tratamiento para la hipertensión".

Gorelick, autor de un editorial acompañante de la revista, dijo que hace mucho que los médicos saben que tratar la hipertensión es clave para reducir las probabilidades de las personas de sufrir un accidente cerebrovascular y un ataque cardiaco.

Ahora "otro beneficio, aunque no tan bien documentado, de reducir la presión arterial podría ser la conservación del funcionamiento mental a medida que envejecemos", dijo. "Con un estudio adicional, podríamos estar mejor posicionados para decir a nuestros pacientes si el control de la presión arterial no solamente previene los accidentes cerebrovasculares y los ataques cardiacos, sino que además contribuye a conservar la mente".

Comer pescado una vez a la semana es bueno para el cerebro

Comer pescado al horno o a la plancha una vez a la semana es bueno para el cerebro, independientemente de la cantidad de ácidos grasos Omega-3 que contenga, según ha mostrado un equipo de investigadores de la Universidad de Pittsburgh (Estados Unidos).

Estos resultados, que han sido publicados en la revista 'American Journal of Preventive Medicine', corroboran la idea de que los factores de estilo de vida contribuyen a la salud del cerebro en el futuro. De hecho, algunos estudios han pronosticado que la inactividad física, el tabaquismo y la obesidad pueden aumentar los casos de Alzheimer o de deterioro cognitivo en los ancianos.

En este sentido, el efecto antioxidante de los ácidos grasos Omega-3, que se encuentran en el pescado, las semillas y los frutos secos, se ha asociado también a un mejor estado de salud, especialmente la relativa al cerebro.

«Nuestro estudio ha mostrado que las personas que comen pescado al horno o a la plancha, pero no frito, tienen volúmenes cerebrales más grandes en las regiones asociadas a la memoria (4,3%) y la cognición (14%). Sin embargo, no hemos encontrado que esto tenga una relación con los niveles de ácidos grasos Omega-3 consumidos», ha explicado el investigador principal James T. Becker.

Además, los expertos han comprobado que aquellos que comían regularmente pescado, en comparación con los que no lo hacían, tenían más probabilidades de tener una educación sanitaria. Por ello, los investigadores han señalado que los cambios estructurales del cerebro están más condicionados por los factores de estilo de vida que los biológicos.

2 de agosto de 2014

Los pequeños chefs comen mejor

Cuchillos, tarros de cristal, aceite hirviendo, cosas que manchan... De entrada, meter a los niños en la cocina suena arriesgado. Sin embargo, familiarizar a los pequeños con los pucheros desde bien temprano puede tener grandes beneficios para el resto de su vida, y no sólo porque puedan llegar a ser un ferrán adriá.

Un pequeño estudio que se ha dado a conocer esta semana en la reunión anual de la Sociedad para el Estudio de la Ingesta (SSIB) -una de las más importantes sobre los hábitos y comportamientos a la mesa-, acaba de demostrarlo una vez más. Según un grupo de científicos del departamento de Ciencias Nutricionales de la Universidad Estatal de Pensilvania (EEUU), los niños que ven a sus padres cocinar durante más tiempo en casa toman decisiones más saludables a la hora de escoger sus propios alimentos -incluso aunque se encuentren solos, sin la supervisión de sus progenitores-.

En total, los especialistas encabezados por Catherine Shehan, analizaron el comportamiento de 61 niños de entre cuatro y seis años, que visitaron una especie de laboratorio de los alimentos. Allí, los niños podían elegir para comer entre una amplia variedad de productos, desde nuggets de pollo o galletas de chocolate a brécol y otras frutas o verduras, sin la interferencia de ningún adulto, y comiendo tanto (o tan poco) de cada cosa como desearan.

Mientras tanto, en la habitación de al lado, sus padres rellenaban un cuestionario sobre diversas cuestiones nutricionales, incluido el tiempo que dedicaban a cocinar en casa o el estatus socioecónomico de la familia.

Cuando analizaron la elección del menú de cada uno de los 61 pequeños, los investigadores observaron que aquéllos cuyas familias dedicaban más tiempo a la cocina en casa (hasta 16 horas a la semana, frente a los que apenas dedicaban 60 minutos), eran precisamente los que habían escogido comidas menos calóricas, independientemente del nivel socioeconómico de la familia.

Como explica Shehan a EL MUNDO, nuestras preferencias por la comida se desarrollan en los primeros años de la vida, "por lo que ofrecer a nuestros hijos alternativas saludables desde la infancia puede ayudarles a tener una vida más sana en su edad adulta". Además, recuerda, hay numerosos estudios que demuestran que hacer las comidas en familia se asocia con una mejor alimentación en niños y adolescentes, "además, por ejemplo, el modo en el que se cocinan las verduras puede influir en cuánto les gustan a los niños".

Sin miedo a la cocina

Meterles en la cocina desde que son pequeños es una buena opción para que se familiaricen con todo tipo de alimentos, como coincide el cocinero Pepe Rodríguez, jurado en el televisivo Master Chef, incluida su versión junior. "Es importante quitarse el miedo [a que los niños entren en la cocina]. Claro que se pueden quemar, igual que se pueden caer de la bicicleta, pero lo importante es enseñarles".

Rodríguez, una de las caras más populares de Master chef -que precisamente ahora inicia el cásting para su segunda edición del concurso de cocina con niños-, tiene además tres hijos pequeños y reconoce que "si les metes en la cocina, les dejas picar, trocear, tocar, que se familiaricen con los olores... es mucho más probable que prueben alimentos que antes no hubiesen comido. Y si encima lo han cocinado ellos, entonces seguro que acaban comiéndoselo".

Una idea que comparte el doctor Valentín Fuster, director del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) y personalmente implicado en este tema desde hace años. "La promoción de la salud cardiovascular debe empezar a una edad temprana y debe ser integrada en todos los aspectos de la vida de un niño-familiar, escolar y de salud-", explica a EL MUNDO por correo electrónico.

El televisivo chef reconoce que la cocina ha perdido el protagonismo que tenía en el hogar "hace 50-60 años, cuando era el centro, el lugar de encuentro de la familia". Ahora, "apenas se pasa tiempo ahí, apenas representa el 5% del espacio en las casas modernas. Allí se calienta la comida y se lleva a comer al salón". Por eso apuesta por quitarse ese miedo a que la cocina puede ser un lugar peligroso para los niños.

Obesidad infantil

De hecho, los expertos llevan tiempo alertando de que esa huida de la cocina tradicional en nuestro país está detrás del preocupante aumento de las tasas de obesidad infantil en España, el país europeo con mayor índice de menores con sobrepeso. Según los últimos datos difundidos por la Fundación Thao en el año 2013, uno de cada cinco niños españoles entre tres y 12 años (el 21,2%, concretamente) tiene problemas con la báscula y un 7,1% tiene obesidad.

Otra etapa de la vida en la que la relación con la comida es clave es la adolescencia, como saben bien en la Fundación Alicia. Esta institución privada dedicada a promover hábitos saludables, ha realizado durante dos años un programa piloto con unos 2.500 chicos de 14 y 15 años de 100 clases de 3º de ESO de toda España. Como explica a este periódico su responsable del departamento de Salud y Hábitos Alimentarios, la doctora Elena Roura, es a esa edad cuando "los chicos empiezan a ser más independientes, a tomar sus propias decisiones en torno a la comida, salen a comer fuera con los amigos... y por eso, aunque existían otros programas destinados a Primaria, decidimos darles a ellos la pelota".

En este tiempo -y con financiación de la Fundación Mondelez- han trabajado con intervenciones en el aula (e incluso en la cocina de la escuela cuando era posible), y con un fuerte componente en las redes sociales (por ejemplo, para que los chicos publicasen sus fotos de recetas tradicionales y pudiesen darle al me gusta, como si estuviesen en Instagram). Los resultados de este programa TAS (Tú y Alicia por la Salud http://www.programatas.com/), que están ahora preparándose para ser publicados en una revista científica, demuestran que la intervención con los adolescentes permitió mejorar el consumo de frutas, verduras, legumbres y pescado, al tiempo que los chicos reducían su ingesta de refrescos y snacks y aumentaban sus niveles de actividad física.

También el programa SÍ! del CNIC, llevado a cabo en más de 100 colegios españoles, ha demostrado que es posible mejorar los hábitos saludables de los niños con una intervención muy sencilla. Como destaca el doctor Fuster "la alimentación es uno de los pilares básicos de este programa y por supuesto animamos a las familias a elegir alimentos saludables y a disfrutar juntos de su preparación". "Está demostrado que la gente que cocina come mejor, y los niños y adolescentes que ayudan en la cocina no tienen inconveniente en probar de todo", añade Roura para concluir.

Tomado de: www.elmundo.es

Un estudio sugiere convertir los esfuerzos para que los niños pierdan peso en un asunto de familia

Los padres que deseen ayudar a su hijo en edad preescolar a perder el peso excesivo deberían formar un equipo con su hijo, sugiere una investigación reciente.

Los niños que formaron un equipo con sus padres en un programa supervisado de modificación de la conducta aumentaron menos de peso que sus pares que se inscribieron en un programa tradicional solo para niños, con una diferencia promedio de unas cuatro libras (1.8 kilos) en un periodo de dos años. Sus padres que trabajaron con ellos también se beneficiaron, ya que perdieron casi 15 libras (6.8 kilos) en los dos años, según el estudio.

"En resumen, hallamos que con la supervisión guiada de un experto en un ámbito de atención primaria, es posible ayudar a los niños en edad preescolar a aumentar de peso a un ritmo saludable a medida que crecen, y al mismo tiempo también ayudar a los padres a perder de peso", explicó la autora líder del estudio, la Dra. Teresa Quattrin, profesora de la Universidad de Buffalo y jefa de pediatría del Hospital de Mujeres y Niños de Buffalo en Buffalo, Nueva York.

"Pero cuando uno se enfoca solo en los niños, se observa menos beneficio para ellos", añadió. "Y es obvio que no hay ningún beneficio para los padres. Con este método familiar todos ganan".

Quattrin y sus colaboradores publicaron sus hallazgos en la edición de agosto de la revista Pediatrics.

Con frecuencia, los problemas de peso comienzan a una edad muy temprana. Casi una cuarta parte de los niños en edad preescolar de EE. UU. tienen más peso del que deberían, según la información de respaldo del estudio. Pero el exceso de peso al inicio de la niñez es un problema relativamente nuevo, así que los expertos todavía no saben cuál es la mejor forma de tratar el sobrepeso en este grupo de niños pequeños.

Para explorar una opción potencial de tratamiento, los autores del estudio inscribieron a casi 100 niños del área de Buffalo que tenían entre 2 y 5 años de edad.

Todos tenían sobrepeso o eran obesos, y al menos uno de sus padres también batallaba contra el exceso de peso.

Durante un año, la mitad de los padres acudieron a 13 sesiones de grupo de una hora en un ámbito de atención primaria. En ese periodo, a todos se les ofreció información estándar sobre la pérdida de peso dirigida exclusivamente a ayudar a su hijo a perder peso.

Los demás padres recibieron los mismos consejos en general. Pero además, todos recibieron directrices prácticas (en persona y por teléfono) de "asistentes para la mejora de la práctica" con un entrenamiento en psicología, nutrición y ciencias del ejercicio.

El objetivo: cambiar la conducta de la familia completa respecto al consumo de comida y la actividad física.

Por ejemplo, los asistentes para la mejora de la práctica discutieron la necesidad de unas porciones de comida y un contenido de calorías adecuados, junto con los peligros de consumir alimentos llenos de azúcar, grasa o edulcorantes artificiales en exceso.

También se pidió a los padres en el grupo de equipos de padres y niños que llevaran diarios de comida y gráficas de progreso para ellos y sus hijos, y se les fijaron metas semanales de pérdida de peso para todos.

El resultado: tras controlar a todos los participantes durante un año tras la finalización del tratamiento, los investigadores hallaron que los niños preescolares inscritos en el programa basado en la familia habían aumentado, en promedio, 12 libras (5.45 kilos) en un periodo de dos años. Esto es en comparación con un aumento de unas 16 libras (7.3 kilos) entre los inscritos en el programa tradicional solo para los niños.

Además, los padres que participaron en el programa basado en la familia perdieron en promedio 14 libras (6.4 kilos) en el mismo periodo, en comparación con en esencia ninguna pérdida entre los padres del programa solo para los niños.

Quattrin enfatizó que no hay motivo para pensar que unos programas similares no funcionarían igual de bien para ayudar a las familias con niños más grandes.

¿Y qué pasa con los padres que quizá estén interesados en un esfuerzo familiar que puedan realizar ellos mismos, uno que no dependa de las directrices de los expertos?

"No sé si ya contamos con la investigación que muestre que las familias que prueben esto por sí mismas fuera de un ámbito especializado de gestión de peso pueden o no tener tanto éxito a largo plazo", anotó Quattrin. "Es muy útil contar con este tipo de guía, de forma que la información disponible sobre la dieta y el ejercicio no se malinterprete", añadió.

"Pero al mismo tiempo, es importante que los padres sepan que en realidad no se tiene que tener un éxito del 100 por ciento. No se trata de todo o nada", enfatizó.

"Lo importante es que los padres hagan un compromiso basado en la familia para eliminar los refrescos en la casa, aumentar la cantidad de verduras que comen, aprender más sobre el tamaño de las porciones, etc. Sin duda hay cambios que todas las familias pueden hacer si de verdad lo desean, sobre todo si lo consultan con su médico primario que puede, como mínimo, ofrecer ayuda y consejos. Así que diría que nuestro mensaje debe ser positivo: que un estilo de vida más saludable está al alcance de todos", afirmó Quattrin.

Lona Sandon, dietista registrada y profesora asistente de nutrición clínica del Centro Médico de la Universidad de Texas Southwestern en Dallas, dijo que los hallazgos actuales se hacen eco de los de estudios anteriores.

"Los estudios anteriores han mostrado que los niños en edad preescolar y los niños pequeños consideran a sus padres como modelos de rol, e imitan sus conductas, incluyendo lo que comen", anotó Sandon. "Los padres influyen sobre lo que sus hijos comen y cuánto comen a través del modelado. También tienen un control completo sobre la comida y las oportunidades de actividad disponibles para sus hijos", apuntó.

"Los padres deben formar parte de los programas que aborden la obesidad infantil, porque deben estar sintonizados con lo que los niños aprenden y las conductas que deben cambiar", dijo Sandon.

Con frecuencia, hacer dieta a una edad temprana resulta contraproducente, advierte un estudio

Hacer dieta a una edad temprana podría preparar el terreno para unos hábitos de salud nocivos, incluso trastornos alimentarios, según una investigación reciente.

Unas encuestas de mujeres en edad universitaria, llevada a cabo entre 1982 y 2012, también halló un vínculo entre las dietas tempranas y una obesidad y un abuso del alcohol posteriores.

"Mientras más joven era una mujer cuando comenzó a hacer dieta, más propensa era [más adelante] a utilizar conductas extremas para controlar el peso, como vomitar o el mal uso de laxantes", apuntó la investigadora del estudio, Lauren Holland, candidata doctoral en psicología clínica de la Universidad Estatal de Florida, en Tallahassee.

"También era más propensa a usar mal el alcohol y a tener sobrepeso o ser obesa cuando llegaba a la treintena", comentó Holland.

Los hallazgos serán presentados esta semana en la reunión anual de la Sociedad para el Estudio de la Conducta Ingestiva (Society for the Study of Ingestive Behavior), en Seattle. Los estudios presentados en reuniones médicas por lo general se consideran como preliminares hasta que se publiquen en una revista revisada por profesionales.

En 1982, 1992, 2002 y 2012, los investigadores preguntaron a mujeres jóvenes, con una edad promedio de casi 20 años, sobre sus conductas de dieta. En total, más de 2,100 estudiantes universitarias respondieron a las preguntas iniciales. Y más de 1,300 respondieron a las preguntas de seguimiento una década más tarde.

Se preguntó a las participantes si hacían dieta, con qué frecuencia, cuándo habían comenzado y qué estrategias utilizaban, como un plan bajo en grasa o bajo en calorías.

La buena noticia es que la realización de dietas declinó ligeramente, y la edad promedio del inicio de las dietas aumentó levemente, apuntó Holland. En 1982 era de 14.6 años, y para 2012 era de 15.4 años.

Pero en cada uno de los cuatro grupos "teníamos algunas incluso de cinco años", lamentó Holland. Pero esto fue poco común.

En general, cuando se les cuestionó inicialmente, las mujeres jóvenes no tenían sobrepeso.

Los investigadores hallaron un vínculo, no una relación causal directa, entre las dietas tempranas y unos resultados negativos posteriores.

"No podemos decir de forma definitiva que hacer dieta provoque un trastorno alimentario", aclaró Holland. Y los investigadores no calcularon el alcance de los riesgos específicos. Pero el hallazgo concuerda con los resultados de otros estudios, dijo.

Los investigadores tomaron en cuenta el peso de las mujeres al inicio del estudio, y si usaban estrategias extremas de control de peso en ese momento. También incluyeron el consumo de alcohol al inicio del estudio.

Muchos factores, como la genética, tienen que ver con los trastornos de la alimentación, apuntó Holland. Si la madre hace dieta o los amigos de un niño hace dieta, eso aumenta las probabilidades de dieta, explicó.

Otras investigaciones hallaron que los jóvenes obesos que pierden una cantidad significativa de peso se arriesgan a contraer trastornos alimentarios. Una teoría sugiere que se obsesionan con su alimentación.

Pero no todo el que hace una dieta en la juventud contrae un trastorno alimentario, apuntó el Dr. Metee Comkornruecha, especialista en medicina adolescente del Hospital Pediátrico de Miami, en Florida, que no participó en el estudio.

Sospecha que los que contraen un trastorno alimentario podrían tener otros problemas, como ansiedad o trastorno obsesivo compulsivo.

Holland dijo que no incluyeron la ansiedad ni otros problemas psicológicos al inicio del estudio.

Comkornruecha afirmó que el mensaje del estudio es que no se debe disuadir a los jóvenes con sobrepeso de intentar perderlo, pero hay que animarlos a perderlo de forma sensata, si deben hacerlo. Aconseja a los jóvenes con sobrepeso y a sus padres que "no se enfoquen en intentar perder peso rápidamente".

También, hay que evitar obsesionarse con un peso "ideal", comentó Comkornruecha. "Aunque quizá haya un peso ideal, por lo general se trata de un rango de peso ideal", aseguró.

A Holland le gustaría que los padres y las campañas de salud pública fomenten conductas que aumenten el bienestar. Esto significa aumentar la actividad física, reducir el "tiempo de pantalla" frente a la televisión y las computadoras, y comer una dieta rica en frutas y verduras.

Elegir bien a los amigos también puede ayudar, aseguró.

Dado que los pares influyen sobre las conductas de los niños y los adolescentes, lo mejor es juntarse con amigos que no se enfoquen en las dietas, sobre todo las dietas extremas, planteó.

¿El café está agravando sus sofocos?

Beber cafeína podría empeorar los sofocos y los sudores nocturnos que afectan a unos dos tercios de las mujeres a medida que pasan por la menopausia, según sugiere una nueva encuesta.

"Aunque estos hallazgos son preliminares, nuestro estudio sugiere que limitar el consumo de cafeína podría ser útil para las mujeres posmenopáusicas que sufren las molestias de los sofocos y los sudores nocturnos", afirmó la Dra. Stephanie Faubion, investigadora y directora de la Clínica de Salud de las Mujeres de la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota.

Pero la cafeína (un estimulante que se encuentra en el café y en los refrescos de cola) parece tener un efecto distinto en las mujeres que empiezan la transición a la menopausia (lo que se conoce como perimenopausia). En su caso, la cafeína podría mejorar su estado de ánimo, la memoria y la concentración, sugirió la encuesta.

Los hallazgos, publicados en línea el 23 de julio en la revista Menopause, proceden de una encuesta de la Clínica Mayo realizada a más de 1,800 mujeres menopáusicas entre 2005 y 2011. Se compararon los síntomas entre las que consumían cafeína y las que no.

"Los síntomas de la menopausia pueden ser duros, pero hay muchas estrategias de afrontamiento que se pueden intentar", dijo Faubion. Una manera de ganar cierto control sobre los molestos síntomas es siendo cuidadoso con lo que se come, añadió.

Eso significa generalmente abstenerse de los alimentos picantes y las bebidas calientes, además de la cafeína, el alcohol y el tabaco, señaló en un comunicado de prensa de la Mayo.

Dado que aproximadamente el 85 por ciento de los estadounidenses beben cafeína en alguna forma cada día, Faubion y sus colaboradores intentaron determinar hasta qué punto el estimulante podría afectar a la gravedad de los sofocos y los sudores nocturnos.

Las investigaciones anteriores sobre la cuestión han ofrecido unos resultados mezclados. Pero descubrieron que las respuestas a la actual encuesta sugieren que el consumo de cafeína sí parece agravar y empeorar dichos síntomas.

Evitar la cafeína, mantener un peso saludable, permanecer activa y adoptar técnicas de meditación pueden ayudar, dijo Faubion. También propuso que vistan con capas que puedan quitarse, y duerman con sábanas que controlan la humedad como medios adicionales para limitar el malestar que a veces pueden provocar los síntomas menopáusicos.

Una mujer normalmente alcanza la menopausia (el momento en que se deja de tener la menstruación) después de los 45 años de edad.