20 de diciembre de 2014

La dieta del 'IG bajo' quizá no sea beneficiosa para el azúcar en la sangre

Las dietas de "índice glucémico" (IG) bajo se promueven como una forma de ayudar a prevenir la diabetes y la enfermedad cardiaca. Pero un estudio reciente sugiere que siempre y cuando la gente coma de forma saludable, no tiene que obsesionarse con el índice glucémico.

De hecho, los investigadores encontraron que los adultos con sobrepeso asignados a una dieta de IG bajo en realidad mostraron menos sensibilidad a la insulina que los que siguieron una dieta con un IG alto. La insulina es la hormona del cuerpo que es clave para la regulación del azúcar en la sangre, y un declive en la sensibilidad a la insulina al final puede conducir a la diabetes tipo 2.

Los hallazgos, que aparecen en la edición en línea del 16 de diciembre de la revista Journal of the American Medical Association, fueron inesperados, apuntaron los expertos. Pero también afirmaron que los resultados eran una "buena noticia".

"Las dietas de IG bajo son difíciles de seguir", señaló el Dr. Frank Sacks, investigador líder del estudio y profesor de prevención de enfermedades cardiovasculares de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard.

"Si no hay que preocuparse del índice glucémico de los alimentos, seguir una dieta saludable resulta más fácil", comentó Sacks.

El índice glucémico es una medida de la forma en que un alimento individual afecta a los niveles de azúcar en sangre. Dicho de forma sencilla, un alimento con un IG alto (como el pan blanco o las papas) provoca un aumento repentino en el azúcar en la sangre, mientras que un alimento con un IG bajo (como por ejemplo muchas verduras) produce un cambio más gradual en el azúcar en la sangre.

En teoría, una dieta con un IG más bajo podría ayudar a controlar el peso corporal o a reducir el riesgo de diabetes tipo 2, una afección que provoca unos niveles altos de azúcar en la sangre.

Pero Sacks apuntó que calcular el IG no es fácil. El IG de un alimento individual varía según varios factores, como su procesamiento y la forma de cocción. Por ejemplo, Sacks anotó que la pasta al dente tiene un IG más bajo que la pasta cocida hasta que quede blanda.

Además, la idea general de que comer alimentos con un IG alto provoca diabetes "es demasiado simplista", afirmó el Dr. Robert Eckel, profesor de medicina de la Universidad de Colorado, en Aurora.

Y según los nuevos hallazgos "preocuparse del IG no vale la pena", dijo Eckel, autor de un editorial que se publicó con los hallazgos.

Para el estudio, Sacks y sus colaboradores asignaron al azar a 163 adultos con sobrepeso a una de cuatro dietas. Todos los regímenes se basaban en la dieta DASH (por la sigla en inglés de Métodos dietarios para detener la hipertensión), un plan saludable para el corazón que enfatiza las frutas y las verduras, los granos ricos en fibras, las grasas "buenas" como el aceite de oliva, el pescado y los lácteos con poca grasa.

Pero cada una de las dietas difería respecto al contenido de carbohidratos. Eran relativamente más ricas o más pobres en la cantidad de carbohidratos (el 58 por ciento de las calorías diarias a partir de carbohidratos, o el 40 por ciento), y con un IG alto o bajo.

Tras cinco semanas en una dieta, los voluntarios del estudio cambiaban a una distinta. Todos los participantes comían su comida principal del día en el centro de investigación. Se les suministraban las otras comidas y refrigerios para llevar a casa, según el estudio.

Para el final del estudio, el equipo de Sacks se encontró con algunas sorpresas.

En promedio las cuatro dietas redujeron de 4 a 9 puntos de la presión arterial de los participantes, hallaron los investigadores. Pero cuando se trataba de la mejora de la sensibilidad a la insulina, la dieta rica en carbohidratos y con un IG alto obtuvo los mejores resultados, según el estudio.

En contraste, la sensibilidad a la insulina de las personas apenas cambió cuando siguieron la dieta rica en carbohidratos y de IG bajo, reportó el estudio.

De forma similar, las personas experimentaron un mayor aumento en el colesterol LDL "malo" con la dieta de IG alto, sin importar el contenido de carbohidratos, en comparación con la dieta rica en carbohidratos y de IG bajo, halló el estudio.

Según Eckel, los hallazgos muestran que "lo que de verdad importa es la calidad general del patrón alimentario".

"De verdad me desagrada la dieta de alimentos 'buenos' y alimentos 'malos'", dijo Eckel. "Si come un poco de pastel y helado en un cumpleaños, no tiene que sentirse culpable".

Pero añadió que los resultados no necesariamente apliquen a las personas que ya tienen diabetes tipo 2. "Con la diabetes, el IG es más importante", dijo Eckel.

Sacks y su equipo se mostraron de acuerdo, dado que algunas investigaciones han encontrado que una dieta con un IG más bajo podría ayudar a las personas con diabetes a controlar mejor el azúcar en la sangre.

Pero para la mayoría de personas, enfocarse en la dieta en general es la clave, afirmó Sacks. "Consuma una dieta con cantidades moderadas de carbohidratos y grasas, como la dieta DASH o la mediterránea", aconsejó.

De forma similar a la DASH, la dieta mediterránea es rica en frutas, verduras, granos integrales, aceite de oliva y pescado, pero pobre en alimentos procesados, carne roja y mantequilla.

¿Adónde va el peso que perdemos?

Puede parecer una pregunta estúpida, pero, ¿alguna vez se han parado a pensar qué pasa con los kilos que nos quitamos de encima? ¿Simplemente se esfuman? Mucha gente cree que la grasa perdida pasa a convertirse en músculo o incluso en energía, pero lo cierto es que este mito altamente extendido viola la ley de conservación de la materia, según los autores de un estudio publicado hoy en el British Medical Journal.

Aunque pueda parecer obvia, esta es una cuestión sobre la que hay bastante desconocimiento, incluso entre los propios profesionales. En general, los autores vieron que había importantes lagunas sobre el proceso metabólico de pérdida de peso entre los dietistas, entrenadores personales y médicos. "Creemos que es porque hay muchos pasos distintos involucrados en el proceso, y cada uno se estudia en asignaturas completamente distintas", explica a este periódico Ruben Meerman, de la escuela de Biotecnología y Ciencias Biomoleculares de Australia y coator del presente estudio que pretende clarificar un poco el tema.

Para despejar las dudas, Meerman y Andrew J. Brown han publicado este análisis en el que explican cómo los seres humanos pierden grasa. La conclusión a la que han llegado es que los pulmones son el órgano clave en todo el proceso, ya que la mayoría de nuestra masa es expulsada al exterior en forma de dióxodo de carbono.

Según cuentan, para perder 10 kilos de grasa es necesario inhalar 29 kilos de oxígeno, lo que pone en marcha un proceso metabólico mediante el que se producen 28 kilos de dióxido de carbono -que se expulsan por los pulmones- y 11 kilogramos de agua, que se desechan a través de la orina, las heces, el sudor, las lágrimas y otros fluidos corporales.

Por poner un ejemplo concreto: en posición de descanso, una persona que pese 70 kilos y siga una dieta variada expulsa unos 0.74 kilos de CO2 en ocho horas, lo que supone que el cuerpo pierde 203 gramos de carbono durante este tiempo. De alguna forma, esto significaría que perdemos unos 200 gramos "sin hacer nada", aunque esto no es del todo cierto, ya que, tal y como Meerman recuerda, nuestro cuerpo nunca descansa. Incluso cuando estamos dormidos sigue trabajando: genera nuevas células, nos crece el pelo, o simplemente genera calor para mantener la temperatura corporal.

¿Significaría esto que el truco para adelgazar está sencillamente en respirar, algo que, de hecho, hacemos inconscientemente? Desgraciadamente, no. Los autores previenen a la población de intentar perder peso simplemente intentando respirar más, porque esto llevaría a la hiperventilación, lo que puede desembocar en mareos, palpitaciones y pérdidas de consciencia.

El secreto para bajar de talla no es ningún misterio: la clave, como muchos ya saben, está en hacer deporte. Cuando hacemos ejercicio, nuestra tasa metabólica se incrementa, lo que significa que nuestro organismo necesita más oxígeno y, por tanto, produce más dióxido de carbono. Meerman da algunas cifras que pueden ayudar a hacerse una idea de qué ejercicios funcionan mejor para adelgazar: "Caminar eleva tres veces nuestra tasa metabólica en reposo, y si subimos una colina en bicicleta serían 12 veces", explica. "Incluso el sexo puede elevar nuestra tasa metabólica unas 3,5 veces", añade.

Los investigadores concluyen que el 84% de la grasa es exhalada en forma de dióxido de carbono, lo que convierte a los pulmones en el órgano excretor principal en la pérdida de peso. El importante papel que tiene el CO2 en todo el proceso no debe llevar a nadie a pensar que la fiebre por mantener la línea podría ser la causante del calentamiento global, porque este que consiste en que los átomos de carbono atrapados en organismos fosilizados se desbloquean, mientras que el dióxido de carbono exhalado por el ser humano regresa a la atmósfera sólo unos meses después de estar en los alimentos que han fabricado las plantas.

"Nada de lo que estamos contando es nuevo, pero por alguna razón que desconocemos, parece que nadie se ha puesto a hacer estos cálculos antes", comentan los autores, quienes desearían que a partir de ahora se cambiase la forma en la que se explica el proceso de pérdida de peso en las facultades de Medicina, unificándose en una misma materia.

Tomado de: www.elmundo.es

La leche y los productos lácteos dificultan la acumulación de grasas de reserva, evitando la obesidad

El calcio que contienen la leche y los productos lácteos dificulta la acumulación de grasas de reserva en el organismo, algo que ayuda a conseguir un peso corporal saludable a individuos de todas las edades y puede ser un importante aliado contra los problemas de sobrepeso y obesidad, según la profesora de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid,  Manuela Juárez.

En este sentido, concreta la experta, la disminución de calcio dentro de las células puede estimular la lipólisis (proceso de quema grasas) e inhibir la lipogénesis (generación de reservas de grasa), "dificultando así la acumulación de grasas".

Además, está comprobado que una elevada ingesta de calcio "disminuye las concentraciones de la hormona paratiroidea en el organismo". Esta hormona es responsable, junto con la vitamina D activa, de la tarea de reducir la entrada de calcio al interior de las células, explica la especialista.

Por otro lado, indica que un alto consumo de proteínas lácteas "reduce la ingesta de alimentos por generar, en el organismo, un aumento de la saciedad". Las dietas con alto contenido en calcio "han evidenciado una mayor excreción de grasa", señala esta experta.

Finalmente, la doctora ha resaltado que los niños que consumen un mayor cantidad de calcio presentan un menor índice de masa corporal (IMC), lo que "podría disminuir su riesgo de obesidad en la adolescencia y en la etapa adulta". "Tres porciones de productos lácteos al día, como parte de una dieta equilibrada, pueden ayudar a conseguir un peso corporal saludable en la infancia y en la adolescencia", recalca.

Controlar el colesterol en Navidad

Por MONTSE ARBOIX / Tomado de: www.consumer.es

Estrés, empachos, digestiones pesadas, poco descanso... son algunos de los efectos colaterales de pasar unas fiestas navideñas sin control. Sin embargo, una de las consecuencias que puede pasar factura a la salud del corazón es el colesterol. Este artículo aporta algunas soluciones para mantener a raya el colesterol, indica cuáles son las claves en su prevención y tratamiento y da algunos consejos para cuidar la salud en Navidad.

El descontrol en el comer y el beber durante las fiestas pasan factura a la salud. Y no solo con el aumento de peso, que se cifra entre dos y tres kilos de media, sino en uno de sus acompañantes habituales: el colesterol malo. Este es el colesterol que se une a una lipoproteína de baja densidad (LDL), encargada de transportar el colesterol desde el hígado a todas las células del organismo y, de la misma manera, el que se deposita en la pared de las arterias, donde forma las temidas placas de ateroma.

Por este motivo, los excesos cometidos durante estos días de Navidad, con banquetes ricos en grasas y calorías, sin olvidar que es una época propicia para los descuidos de la medicación crónica, pueden incrementar el riesgo cardiovascular. Según la Fundación Española del Corazón, FEC, en estas fechas pueden aumentar hasta un 10% los niveles de colesterol. Además, consumir más grasas saturadas durante unos días está asociado a un relajamiento que puede provocar la pérdida de los buenos hábitos dietéticos establecidos durante el resto del año y hacer que, una vez finalizadas las fiestas, se perpetúe una pauta inadecuada de alimentación.

Aunque los especialistas animan a disfrutar de las comidas de estas celebraciones, hay que ser cuidadosos para no llevarse un buen susto después de las fiestas. Lo mejor es ser consciente de lo que se ingiere: no hay que comérselo ni bebérselo todo. Pero, ¿cómo controlar el colesterol?

Cómo mantener el colesterol a raya

Mantener a raya el colesterol es fácil. Basta con seguir unas sencillas pautas dietéticas para restringir la ingesta de grasa, sobre todo la saturada, que es uno de los nutrientes que más lo incrementa.
  • Antes de cocinar la carne de ave, es mejor quitar la piel. Si no es posible, retirarla antes de comer. Es uno de los lugares donde más se almacena este tipo de grasa.
  • Evitar cocinar con mantequilla o nata y preferir el aceite de oliva, que es una grasa cardiosaludable.
  • Optar por los lácteos y derivados desnatados y por los quesos con bajo contenido en grasa. Los lácteos enteros y los quesos curados son muy ricos en grasas saturadas.
  • Limitar al máximo los embutidos, aperitivos salados, salsas, bollería industrial y alimentos precocinados.
Los especialistas de la FEC estiman que escoger de manera adecuada los alimentos ayuda a reducir hasta un 50% la ingesta de colesterol y un 74% las grasas saturadas a lo largo del día. Añaden que la vitamina C de algunas frutas (melón, fresas, kiwi y cítricos en general) y verduras (tomate, pimiento, col y coliflor) tiene un papel protector en las enfermedades cardiovasculares y que los lácteos con esteroles vegetales ayudan a reducir los niveles de colesterol.

Dos básicos en la prevención y tratamiento del colesterol: dieta y ejercicio

Para prevenir y tratar el colesterol, hay dos puntos clave reconocidos por la comunidad científica. Por un lado, está la adopción de una alimentación equilibrada sin grasas saturadas, como la Dieta Mediterránea, donde el aporte de grasa proviene, básicamente, de los ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados del pescado -sobre todo, azul- y el aceite de oliva. Es importante no olvidar el papel que juegan las verduras, hortalizas y frutas, las legumbres, los cereales -mejor integrales- y los frutos secos (ricos en fibras, vitaminas, minerales y antioxidantes).

Por otro lado, la práctica de ejercicio físico aeróbico (caminar, nadar, correr...) de tres a cinco veces por semana, que además de ayudar a mantener un peso adecuado y a prevenir la obesidad, ha demostrado aumentar el colesterol bueno (HDL) y disminuir la porción perjudicial, LDL. Realizar actividad física de intensidad moderada, como caminar a buen ritmo, es beneficioso cuando se practica durante al menos 30 minutos la mayor parte de los días. Sin embargo, tal y como advierten desde la American Heart Association (AHA), la inactividad física contribuye al desarrollo de obesidad, hipertensión arterial, bajos niveles de colesterol bueno y diabetes, todos factores de riesgo cardiovasculares.

Ante un diagnóstico médico de colesterol y solo si la dieta y el régimen de actividad física no aportan los resultados esperados, el médico establecerá tratamiento farmacológico, que es distinto según el tipo de dislipemia que sufra la persona (hipercolesterolemia, hipertrigliceridemia o ambos).

Seis consejos para una Navidad saludable

1. Comer de todo, en poca cantidad y despacio y masticar bien todos los alimentos. La sensación de saciedad surge a los 20 minutos de haber comenzado a comer. Por tanto, hay que ingerir poco a poco para no comer más de lo necesario. No excederse con los dulces tradicionales.

2. Intentar no comer por impulso: ser consciente y disfrutar de cada bocado. De vez en cuando, dejar el cubierto en la mesa para frenar la acción de pinchar y comer sin freno.

3. Dejar los grandes banquetes para las principales celebraciones y el resto de los días, compensarlo con un régimen de comidas más livianas y sanas. No olvidar la verdura y la fruta fresca ni tampoco las infusiones que ayudan a la digestión.

4. Comer algún tentempié saludable a media mañana o a media tarde (como un yogur o una manzana) para no llegar hambrientos a la comida principal.

5. No abandonar la práctica del ejercicio físico. Ayuda a quemar las calorías de más y aporta sensación de bienestar. Para quienes sufren estrés durante estas fiestas, es el remedio idóneo.

6. Intentar seguir hábitos de sueño reparadores. La American Academy of Sleep Medicine de EE.UU. recomienda evitar comidas copiosas, bebidas alcohólicas o con cafeína y medicamentos estimulantes, olvidarse de las preocupaciones por unas horas y relajarse antes de meterse en la cama, tratar de levantarse cada día a la misma hora y, por último, intentar dormir en un cuarto tranquilo, oscuro y un poco fresco.

13 de diciembre de 2014

¡Antes de procrear, pierdan peso!

Ni tener pagada la entrada del piso, ni seguridad laboral, ni planes de conciliación con su pareja. Si quiere asegurar el máximo bienestar a su futura descendencia, encárguense primero de perder peso y mantenerse lejos de la obesidad. Este consejo dista de ser solo para las futuras madres, los padres también han de ocuparse, como lo demuestran sendos estudios publicados esta semana en las revistas British Medical Journal y Cell.

El primero de los estudios deja muy claro que la obesidad está lejos de ser una amenaza velada para los futuros hijos porque, de hecho, puede aumentar la mortalidad de los bebés, como lo ha demostrado el estudio basado en cohortes en el que se han analizado los casi dos millones de nacimientos producidos en Suecia entre 1992 y 2010 y se ha comparado su supervivencia con el índice de masa corporal de las madres.

Las tasas de mortalidad infantil en mujeres con un peso normal eran de 2,4 de cada 1.000 nacimientos y el porcentaje aumentaba a 5,8 en las mujeres con obesidad grado 3, aquellas con un índice de masa corporal superior a 40. El sobrepeso y la obesidad grado 1 (IMC de 30 a 34) se asociaban con un incremento modesto del riesgo de mortalidad infantil y la obesidad grado dos casi duplicaba el riesgo.

"El sobrepeso y la obesidad materna se asocian con mayores riesgo de mortalidad infantil debido a un aumento del riesgo en nacimientos a término y una mayor prevalencia de nacimientos prematuros", concluyen los autores, del Karolinska University Hospital (Suecia) y la University of Michigan School of Public Health (EEUU).

En un editorial que acompaña a la publicación del estudio, la investigadora del Oslo University Hospital (Noruega) Katrine Mari Owe advierte del riesgo de este hallazgo, teniendo en cuenta que tanto la obesidad como el sobrepeso están aumentando en mujeres en edad de procrear.

La editorialista apunta un dato crucial y es que este hallazgo no ha de desanimar a las mujeres que ya están embarazadas. La ciencia, según aporta en su texto la autora, ha demostrado que son más eficaces las estrategias para reducir peso en las primeras etapas del embarazo que las que se inician justo antes del embarazo.

En cualquier caso, ni la relación del IMC con el riesgo de mortalidad infantil ni el efecto de las intervenciones para reducir el problema son asuntos cerrados ni con éste ni con el resto de artículos publicados hasta el momento. Por el contrario, Mari Owe apunta a que la ciencia ha de enfocarse aún más en esta materia, cuya resolución no hay duda de que implicaría beneficios para la sociedad.

Aunque en moscas de la fruta, el segundo de los trabajos -el publicado en Cell- deja claro que las dietas altas en azúcar de los padres (varones) afectan a la futura obesidad de la descendencia. Es una evidencia similar a la ya observada en ratones y en humanos y, según los autores, el estudio de cómo ciertos trazos metabólicos se heredan puede ayudar a los investigadores a determinar si esta herencia se puede alterar.

Los científicos del Max Planck Institute of Inmunobiology and Epigenetics (Alemania) buscaron con sus experimentos analizar si las fluctuaciones en la dieta paterna podían impactar en la siguiente generación, con resultado positivo. Una presencia elevada de azúcar incrementaba la expresión génica a través de cambios epigenéticos, que afectan a la actividad génica pero sin cambiar la secuencia original de ADN.

"Para explicarlo en términos informáticos, si nuestros genes son el hardware, nuestra epigenética es el software que decide cómo se utiliza este hardware", exlica Anita Öst, una de las autoras de la investigación, que añade: "Lo que sucede es que la dieta del padre reprograma ese software epigenético de forma que los genes necesarios para producir grasa se despiertan en sus hijos".

A partir de este hallazgo, la ciencia ha de centrar en saber si esas modificaciones epigenéticas generadas por la dieta paterna pueden, de alguna forma, reconducirse en la infancia. Mientras tanto, solo queda un consejo: procurar no tener hijos si no se está en un peso razonable.

Tomado de: www.elmundo.es

Hipertensión: los diez mitos que atentan contra la salud del corazón

Que basta tomar agua para bajar la presión. Que el cuerpo nos pide "comer con sal". Que la presión alta aparece por los nervios. Que un cafecito está totalmente prohibido para los hipertensos. Que la actividad física puede provocar un ataque al corazón...

Nada de esto es así y forma parte de un arraigado decálogo de mitos de nuestra sociedad.

Este año, sin proponérselo, entidades médicas y otras organizaciones que se ocupan del cuidado del corazón relevaron estas creencias populares que se transmiten como consejos de entre casa, pero carecen de una explicación comprobada científicamente.

Cada uno en su especialidad, como la cardiología, la nefrología o la nutrición, estos grupos detectaron lo que consideran barreras que todavía perduran para prevenir o tratar efectivamente una enfermedad tan peligrosa como la hipertensión.

En la Argentina, las cifras hablan por sí solas. Uno de cada tres mayores de 18 años es hipertenso, y un estudio del Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria (IECS) reveló el año pasado que uno de cada cinco no tiene la presión controlada, es decir, por debajo de los 140-90 mmHg que registra el tensiómetro.

Todo eso, combinado con un consumo de sal aún muy por encima de lo que los riñones están preparados para eliminar, potencia el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular.

Por todo esto, la Sociedad Argentina de Hipertensión (SAHA), la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC), el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni), la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) y la Asociación Argentina de Nutricionistas y Dietistas (Aadynd) se lanzaron a reunir y actualizar esos falsos conceptos que la medicina ya no duda en erradicar.

Éstos son, de acuerdo con estos grupos, los 10 mitos que lastiman el corazón y los especialistas los aclaran uno por uno.

1. Sé que tengo la presión alta cuando me duele la cabeza. La Sociedad Argentina de Hipertensión (SAHA) explicó que la cefalea, o dolor de cabeza, es un síntoma "inespecífico", es decir que puede aparecer por muchas causas. En la mayoría de los casos, la presión alta no da síntomas. Por eso, desde la entidad insisten en que la única manera de saber si la presión no está dentro del rango normal es tomarse la presión. "No espere a tener síntomas para tomarse la presión. Esperar lo que difícilmente se presente puede ser tarde", dijo el doctor Pablo Rodríguez, miembro de la entidad.

2. Mi presión (alta) es nerviosa.
"Esto lo dice el 100% de los pacientes que llegan a la consulta. En realidad, subestiman un problema evitable, que es la principal causa de muerte", aseguró el doctor Guillermo Fábregues, presidente electo de la SAC, que se ocupó de este mito en la charla abierta para la comunidad en el último Congreso Argentino de Cardiología. En un experimento simple con dos pacientes en la sala de espera de un consultorio, explicó que después de un tiempo tendrá la presión más alta aquel con las paredes arteriales más rígidas (un efecto de la hipertensión). "No es el nerviosismo por la espera o enfrentar el guardapolvo blanco lo que le hizo subir la presión, sino el estado de su sistema circulatorio", precisó.

3. No puedo tomar café porque soy hipertenso. En dos cuestiones están de acuerdo los especialistas, ya sean cardiólogos o nefrólogos, que se dedican el manejo de la hipertensión: el consumo de café eleva de manera pasajera la presión, pero no está demostrado que su consumo moderado (menos de tres pocillos por día) provoque hipertensión. En el caso de los hipertensos, la SAHA aconseja que los que deseen seguir disfrutando de un cafecito o un cortado ingieran entre una y tres tazas diarias.

4. Si hago ejercicio me puede dar un ataque al corazón.
La SAC detectó que los casos de muerte súbita en una maratón, en un gimnasio o una clase de educación física potencian la creencia de que el ejercicio es peligroso. El doctor Roberto Peidro, director del Consejo de Ergometría y Rehabilitación Cardiovascular de la entidad, insistió en los beneficios preventivos de la actividad física con una intensidad adecuada y sin olvidar el chequeo médico básico (examen y electrocardiograma). Indicó que el ejercicio reduce un 35-40% el riesgo de infarto en una década. "Los programas pueden iniciarse a cualquier edad, con las adaptaciones necesarias al estado físico actual de la persona. Tanto en hombres como en mujeres que caminan con regularidad cinco o seis días por semana, el riesgo de infarto y ACV disminuye un 35% luego de ocho o 10 años." Recordó que una vez que el ejercicio se vuelve un hábito su efecto en la salud cardiovascular puede ser "similar o superior a muchos medicamentos. El problema es que requiere tiempo y voluntad".

5. Hay que tomar mucha agua para bajar la presión. La hidratación excesiva puede aumentar la presión sanguínea, pero "una buena hidratación favorece el desarrollo de varios procesos orgánicos. Tomar mucha agua hace bien, pero no influye en los valores de presión", comentó Rodríguez sobre este mito que identificaron los especialistas en hipertensión.

6. Cada vez que me tomo la presión es diferente.
Es normal que varíe durante el día; influyen la actividad física, las emociones y hasta la temperatura. Suele ser más alta a la mañana y más baja al dormir. El hecho de tomarse la presión provoca un estado de alerta, al que el cuerpo reacciona con el aumento de la presión. Por eso, la SAHA aconseja repetir esa toma y descartar la primera. Si la presión es normal, se estabilizará en el segundo control. "La presión cambia cada vez que nuestro corazón late. Hay que consultar al médico si la mayoría de los valores (en los controles) superan 140/90 mmHg", precisaron a través de un comunicado desde la institución.

7. Para cuidar el corazón, hay que tomar agua baja en sodio.
Más de mil mayores de 18 años la ubicaron entre los cinco mitos sobre el consumo de agua en una encuesta del Cesni, la SAN y la Aadynd. "La sal del agua no sube la presión", afirmó el doctor Ricardo Iglesias, ex presidente de la SAC, durante una conferencia de prensa conjunta. Paralelamente, 30 especialistas de la SAHA revisaron un centenar de investigaciones publicadas y fijaron posición sobre las aguas envasadas: "En su consumo habitual, el aporte de sodio no parece ser suficiente para provocar enfermedad cardiovascular ni hipertensión", resumió el doctor Felipe Inserra, coordinador general del documento presentado en el último Congreso Argentino de Hipertensión Arterial. Precisó que ese consumo aporta, en promedio, un 10% de los 5,5 g de sodio que la OMS recomienda ingerir por día. Aquí, un adulto consume unos 11,2 g diarios de sal; el 75-80% proviene de los alimentos procesados. Para el Código Alimentario Argentino, son aguas bajas en sodio las que en su etiqueta no indican más de 20 mg/l y son de alto contenido, si superan los 200 mg/l. Las que tienen entre 20 y 200 mg/l son de contenido intermedio.

8. Lo importante es tener la mínima controlada. Esta idea surgió hace tiempo, cuando la medicina aún desconocía la importancia de la presión sistólica o "máxima" y la presión diastólica o "mínima". La SAHA aclaró que el aumento de cualquiera de esos dos valores incrementa el riesgo cardiovascular. "Sin embargo, después de los 50 años, la presión máxima se relaciona más estrechamente con el riesgo cardiovascular", aclaró el doctor Rodríguez.

9. Mejor saltear/bajar la dosis del remedio para el colesterol porque tiene efectos secundarios. El doctor Carlos Tajer, presidente de la SAC, explicó que está muy instalado en la comunidad que el uso de esos fármacos, o estatinas, daña el hígado y los músculos. "Está demostrado que bajar el colesterol en los pacientes cardiovasculares o de alto riesgo prolonga la vida. Y hay que bajarlo mucho. Hay que llevar el colesterol malo, que en la población promedio es de 150, a 70 -indicó-. Se impuso la idea de que esos fármacos son tóxicos para introducir otro tipo de fármaco, y se hizo con mucha presión sobre los médicos con un mensaje que generó uno de los mitos en cardiología más fuertes, que mata." Ante un dolor muscular, por ejemplo, los pacientes suspenden o saltean la toma. "En la dosis correcta, esas drogas bajan un 40% la mortalidad", precisó. En el último Congreso Argentino de Cardiología, se mostró que los mejores estudios publicados revelan que estos medicamentos, indicados en los pacientes adecuados, dañan el hígado y los músculos tanto como un placebo. "El 90% de los pacientes abandona el tratamiento mucho antes del año, cuando se siente bien", dijo Fábregues.

10. Necesito ponerle más sal a la comida porque el cuerpo me lo pide.
Además de mito, como la del ejercicio suele ser una excusa muy frecuente a la hora de agarrar el salero en la mesa y volcarlo sobre el plato sin siquiera haber probado un bocado. Por eso, siempre los especialistas recomiendan probar la comida antes de salarla. "La sal que el cuerpo necesita es la que está presente en forma natural en los alimentos que consumimos. Ni más ni menos", aclaró Rodríguez.

Tomado de: www.nacion.com

Muchas mujeres no pierden el peso que ganan durante el embarazo, según un estudio

Los temores de las mujeres de que el peso que se gana en el embarazo se mantendrá luego son validados por una nueva investigación que sugiere que tres cuartas partes de las que acaban de ser madres tienen más peso un año después de haber dado a luz que antes de quedar embarazadas.

Al analizar los datos de casi 800 mujeres de bajos ingresos, los investigadores también hallaron que una tercera parte de las que tenían un peso normal antes del embarazo tenían sobrepeso u obesidad un año después del parto. Casi una cuarta parte de todas las que acababan de ser madres seguían teniendo más de 20 libras (9 kg) adicionales.

"Desafortunadamente esto mostró que el embarazo por sí mismo lleva a la obesidad o a [tener] sobrepeso a una gran cantidad de mujeres", dijo la autora del estudio, la Dra. Loraine Endres, profesora clínica asistente de obstetricia y ginecología en la Universidad de Chicago.

"Es una cuestión muy importante", añadió. "Todos vemos el aumento de la cantidad de personas obesas en nuestro país y las consecuencias para la salud que derivan de ello, como la diabetes y la hipertensión. Realmente quería ver dónde empieza esto para las mujeres y ver si hay alguna manera de cambiarlo".

Aproximadamente el 35 por ciento de las mujeres mayores de 20 años son obesas y el 34 por ciento tienen sobrepeso, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU. Un índice de masa corporal (IMC) de 30 o más se considera como obesidad, y un IMC de 25 a 30 se califica como sobrepeso. El IMC es una proporción entre la estatura y el peso que calcula la grasa corporal.

Endres y sus colaboradores recogieron los datos de 774 mujeres de 5 lugares de Estados Unidos. Se entrevistó a las participantes tres veces en los 12 meses después del parto, y se midió la estatura y el peso a los 6 y los 12 meses después del parto.

Las mujeres aumentaron un promedio de 32 libras (14.5 kg) mientras estaban embarazadas y pesaban un promedio de casi 173 libras (78.4 kg) un año después del parto. Aproximadamente el 75 por ciento tenían un peso superior al que tenían antes del embarazo, lo que incluía a un 47 por ciento que mantenían más de 10 libras (4.5 kg).

Los factores que parecieron ayudar a la pérdida del peso ganado en el embarazo incluyeron el amamantamiento y realizar un ejercicio moderado, según el estudio.

"El mayor problema es que una gran cantidad de mujeres ganan demasiado peso durante el embarazo", dijo Endres. "Cuanto más se aumente, más difícil será perder ese peso. Desde el momento en que las mujeres conciben, como proveedores de atención sanitaria debemos empezar a hablar con ellas sobre un aumento apropiado de peso y sobre el hecho de seguir activas".

Las mujeres que quedan embarazadas también deberían comprender que lo de que "comen para dos" es un mito, señaló, y solamente deberían consumir entre 300 y 400 calorías adicionales al día cuando estén embarazadas si esperan un solo hijo.

El hecho de que las mujeres del estudio tuvieran unos ingresos bajos podría haber influido en los resultados, dijo Endres. Perder peso podría haber sido más difícil para estas madres por la falta de dinero para apuntarse a un gimnasio, por ejemplo, o quizá no "tengan siquiera un lugar seguro en su barrio por donde dar un paseo", señaló.

El Dr. Timothy Hickman, director de endocrinología reproductiva e infertilidad en el Hospital Metodista de Houston, en Texas, dijo que los hallazgos son "exactamente lo que anticipaba". Pero señaló que hacer ejercicio y dar el pecho después del parto pueden ayudar a las mujeres a evitar seguir teniendo el exceso de peso del embarazo.

"Usted no está predestinada a que ocurra esto", dijo. "Cualquiera está en riesgo de aumentar [en exceso] de peso durante el embarazo si no se dispone de un plan específico. Esta [investigación] habla de estar en el mejor estado de forma posible antes de concebir y tener un plan para perder peso después".

Los esfuerzos por perder peso de las madres recientes podrían beneficiarse de realizar más visitas al médico después del embarazo que simplemente la visita rutinaria al médico que se realiza 6 meses después de dar a luz, dijo Endres. "Quizá necesitemos ver a las mujeres con más frecuencia", para ayudarles a pasar por este momento fundamental, dijo.

El estudio fue publicado en línea el 8 de diciembre en la revista Obstetrics & Gynecology, como adelanto de su publicación impresa en enero de 2015.

Tomado de: www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/news/fullstory_149905.html

Por qué estar a régimen no ayuda a adelgazar


Por MAITE ZUDAIRE / Tomado de: www.consumer.es

En este artículo enumeramos los cinco errores más comunes que nos alejan de la experiencia de comer bien y recuperamos los cinco aciertos más seguros que nos ayudan a alimentarnos mejor.

¿Por qué no puedo adelgazar?

Existen varias razones que pueden explicar el fracaso al intentar bajar de peso, aun cuando se sigue una dieta saludable y se mantienen las 'tentaciones' a raya. Con esto damos la razón a aquellas personas que lo intentan y no lo consiguen, a pesar de su esfuerzo y de sus supuestas buenas prácticas. Los intentos fallidos frustran y conducen a malas maneras, a buscar atajos o, incluso, pueden dañar la autoestima y fomentar trastornos nocivos en las conductas alimentarias.

Hay que revisar algunas creencias que ayudan a entender por qué no siempre se pierde el peso deseado en el plazo previsto, a pesar de seguir una dieta saludable. Puede existir un problema metabólico, errores de hábito muy asentados (y no detectados como tales) o intolerancias desconocidas, por lo que, en ocasiones, hay que buscar causas individuales que precisan soluciones particulares. No obstante, previo a esto, merece la pena confirmar si se come bien o no, es decir, descartar razones generales que pueden salvarse con correcciones comunes.

Bajar de peso: los cincos errores más comunes

1. Comer rápido. La alimentación debe ser consciente en todo su proceso: en la elección de los alimentos, en la elección del modo en que se preparan y, por supuesto, en la ingesta de la comida. La rapidez está reñida con la conciencia. No es casual que la comida más insana se llame comida rápida. Podría llamarse también comida inconsciente.

2. Saltarse una comida. Esperar a tener hambre o prescindir del desayuno, del almuerzo, de la cena y de los tentempiés de media mañana o media tarde no hace que se coma menos, pero sí hace que se coma peor.

3. Beber calorías. Cuando uno bebe, no come, y sin embargo ingiere kilocalorías. Salvo el agua, que hidrata y no añade calorías, el resto de bebidas satisfacen poco la sed y no afectan el hambre. Algunos estudios señalan que, a lo largo del día, el 21% de las calorías que se ingieren son líquidas: café, leches, tés con azúcar, sodas, zumos de frutas y jugos endulzados, bebidas alcohólicas...

4. Porciones demasiado grandes. Si bien el propósito de comer ya no es quedarse ahíto, persiste la tendencia a conformar raciones demasiado grandes. No es un concepto baladí: en los últimos 20 años, la porción se ha agrandado de manera preocupante. Hay que retornar a las cantidades necesarias y justas.

5. Comer sin sentido es el quinto error más común.
Se trata de ese acto de llevarse a la boca un puñado de alimentos muy calóricos o bien darse el gusto de un pequeño atracón sin hambre o terminar los platos de los demás. Esa ingesta extra de calorías echan por la borda todo un buen hacer durante el día. Si hay ganas de picar algo, mejor beber agua o tomar una infusión y, si no se puede resistir, optar por escoger la cantidad y sacarla de su envoltorio.
Si releemos los errores, nos daremos cuenta de que ninguno de ellos hace hincapié en la elección de alimentos, lo que confirma que no hay alimento malo o prohibido. Se destierra la tendencia de echar la culpa al plátano o al pan, que engorda, y otras sentencias menos absurdas, pero también muy introducidas en el imaginario colectivo. Los errores son más comunes y más reales.

Los cinco aciertos más seguros para adelgazar

1. El primer acierto es no cometer los errores. Se deben erradicar ciertos hábitos y darse la oportunidad de emprender una nueva forma de comer sin necesidad de prohibiciones o restricciones. Hay que estar convencido para hacerlo y hacerlo por uno mismo, por la salud o por la elección personal.

2. Sencillez. Aprovisionarse de alimentos frescos, de temporada y de producción cercana, pero también aplicar la sencillez en las recetas y en las maneras de prepararse la comida. La sencillez hay que aplicarla, asimismo, a los retos y los objetivos. Se han de introducir cambios poco a poco, con intención de conseguir comer bien a lo largo del tiempo y para siempre.

3. Moderación. En las cantidades, pero también en los propósitos y en las pautas. Cuando se come bien, se comen las porciones necesarias y la persona debe quedarse saciada. Puede que haya que regular las cantidades, puesto que la costumbre ha podido alterar la sensación de satisfacción. También este proceso debe ser moderado. Poco a poco.

4. Conciencia. Hay que pensar en la comida como alimento y no como aquello que quita el hambre. Por eso se come mejor en compañía, porque se le da un momento al acto de alimentarse, y si se elige antes qué se va a comer, para evitar ingerir cualquier cosa. Se termina de comer bien cuando se deja de hacerlo de manera consciente, un poco antes de estar con la sensación de lleno. Esto permite que el cerebro mande a tiempo la orden de que ya se ha ingerido lo suficiente, antes de que se haya comido demasiado.

5. Diversidad de colores y sabores. Llenar los platos de rojos, verdes, amarillos, naranjas... Es una fórmula para diseñar menús coloridos y llenos de verduras, frutas y hortalizas. Puede parecer una obviedad, pero si se presta atención a esta señal, se logra comer mucho mejor.
En definitiva, acumulamos errores y aciertos en nuestra acción de comer. La cuestión es que, para comer bien, debemos lograr potenciar los aciertos y eliminar de manera progresiva los errores. Se puede lograr comer bien. Como decíamos al principio, no consiste en estar a régimen o en hacer dieta.

Movimiento y control del estrés

Hay un factor que no podemos dejar sin tocar: hacer ejercicio. Es fundamental. Es la batuta que dirige la orquesta. Hasta tal punto es necesario oxigenar las células y el cerebro a base de actividad física, que cada vez es más evidente que se puede estar delgado y no estar sano. La clave la da el ejercicio. Por ello, hay que proponerse realizar 50 minutos de actividad física consciente al día. Si no se puede realizar ejercicio de manera pautada todos los días, es importante introducir ciertos hábitos, como aparcar el coche un poco más lejos, utilizar las escaleras, sacar la basura y dar un rodeo hasta el contenedor y al regreso...

El otro factor al que no se le presta mucha atención, en tanto que no se asocia con el aspecto físico, es el estrés. El estrés domina las emociones y la ansiedad, los nervios y la irritabilidad pueden convertirse en un elemento clave en el mal comer, en comer más, comer más dulce, comer más grasas, más desordenado, en definitiva, malcomer.

5 de diciembre de 2014

La obesidad puede reducir en 8 años la expectativa de vida

La obesidad puede reducir en hasta 8 años la expectativa de vida de las personas y en 19 los años de vida sin enfermedades, según concluye un estudio publicado hoy en la revista médica «The Lancet».

Un equipo del Instituto de investigación del centro de salud de la Universidad McGill de Montreal (Canadá), dirigido por el doctor Steven Glover, elaboró un modelo informático de la incidencia de enfermedades según el peso, con datos extraídos del Estudio de nutrición y salud nacional de Estados Unidos.

Los expertos calcularon el riesgo de contraer diabetes y enfermedades cardiovasculares para adultos de diferente peso y después analizaron el efecto del sobrepeso y la obesidad en los años de vida que perdían -y en los años de vida sana perdidos- de adultos estadounidenses de entre 20 y 79 años, comparado con personas de peso normal.

Comprobaron que las personas con sobrepeso (un índice de masa corporal, o IMC, de 25) perdían de 0 a 3 años de expectativa de vida, dependiendo de su edad y género.

Las personas obesas (IMC de 30) perdían entre 1 y 6 años, mientras que las muy obesas (IMC de 35) veían recortada su vida entre 1 y 8 años, comparado con personas con un IMC ajustado a su altura y dimensiones.

Se considera que un IMC por debajo de 18,5 indica desnutrición o algún problema de salud, mientras que uno superior a 25 indica sobrepeso.

Por encima de 30 hay obesidad leve, y por encima de 40 hay obesidad elevada.

«Nuestro modelo informático prueba que la obesidad está asociada con un riesgo más alto de desarrollar enfermedades cardiovasculares y diabetes que, de promedio, reducirán drásticamente la expectativa de vida de la persona y sus años de vida sana, sin estas enfermedades crónicas», explica Grover.

Según su estudio, el efecto del peso excesivo en la pérdida de años de vida es mayor entre los jóvenes de entre 20 y 29 años, ascendiendo a 19 años de vida menos en los casos de obesidad extrema, y disminuye con la edad.

El exceso de peso no solo reduce la expectativa de vida sino también los años de vida sana, definidos en este estudio como los años sin enfermedades asociadas al peso, como la diabetes de tipo 2 y enfermedades cardiovasculares, apuntan los expertos.

«La pauta está clara», afirma Glover.

«Cuanto más pesa una persona y cuanto más joven es, mayor es el efecto en su salud, pues tiene más años por delante en los que los mayores riesgos de salud asociados con la obesidad pueden tener un impacto negativo en su vida», declara.

Según este especialista, estos datos son útiles para que las personas obesas y los profesionales de la salud «puedan apreciar mejor la escala del problema y los beneficios de un estilo de vida más sano».

Tomado de: www.larazon.es

El zumo de naranja es diez más saludable de lo que pensábamos

Estudios muy recientes han desarrollado una nueva técnica para analizar la capacidad antioxidante de los alimentos y han descubierto que ésta es diez veces superior de lo que se piensa actualmente.

Los últimos estudios han arrojado resultados muy positivos sobre el poder antioxidante de los cítricos como las mandarinas, las naranjas, los limones o los pomelos. Hasta ahora, en los estudios que se llevaban a cabo para medir las propiedades antioxidantes de los alimentos, se analizaba sólo la capacidad antioxidante de las sustancias que eran absorvidas en el intestino delgado, que supone sólo la fracción líquida de los alimentos que ingerimos. El nuevo método de análisis desarollado por un equipo de investigadores de la Universidad de Granada (España) simula in vitro todo el proceso de digestión gastroinstestinal. Esta novedosa técnica conocida como ‘respuesta antioxidante global’ o GAR, mide tambien las fracciones sólidas de lo que comemos, lo que ha permitido llevar a cabo una nueva medición de las propiedades anitoxidantes de los alimentos.

José Ángel Rufián Henares, coautor del estudio explica que “el problema es que no se mide la actividad antioxidante de la fracción sólida –la fibra–, porque se supone que no se aprovecha; pero esta parte insoluble llega al intestino grueso y la microbiota intestinal también puede fermentarla y extraer aún más sustancias antioxidantes, que podemos valorar con un nuevo método”.

Así, mediante esta nueva técnica de estudio, se han logrado medir valores diez veces superiores a los que indicaban los métodos de análisis usados hasta la fecha. Los resultados señalan que las propiedades antioxidantes de los zumos de cítricos son, en realidad, diez veces más saludables que lo que recogen las tablas usadas por dietistas y autoridades sanitarias sobre la capacidad antioxidante de los productos alimenticios.

“La actividad antioxidante es, en promedio, unas diez veces mayor de lo que todo el mundo decía hasta ahora” y no sólo en jugos, “sino en cualquier otro alimento que se analice con esta metodología”, destaca Henares.

Pero, ¿qué son exactmente los antioxidantes y para qué sirven? El término antioxidante hace referencia a la actividad que ejercen numerosas vitaminas, minerales y otras sustancias fitoquímicas sobre los radicales libres. Estos antioxidantes presentes en los alimentos son capaces, por lo tanto, de impedir o retardar la oxidación de otras moléculas, ayudado a prevenir el desarrollo de enfermedades como el cáncer, el alzhéimer o problemas cardiovasculares.

Tomado de: www.elciudadano.cl

Actividad física diaria puede reducir riesgo de párkinson

Realizar actividad física moderada a diario ayuda a bajar el riesgo de desarrollar párkinson. Así concluye un estudio del Instituto Karolinska en Suecia publicado en la revista Brain: A Journal of Neurology.

El objetivo inicial de la investigación no era analizar la relación entre ejercicio y párkinson, por lo que fue un resultado inesperado. Sin embargo, los autores recomiendan estudiar más el tema.

"Descubrimos que un nivel medio de actividad física total diaria se asocia con riesgo menor de desarrollar párkinson", manifestó en un comunicado de prensa Karin Winderfelt, una de las investigadoras.

El reporte tomó en cuenta a más de 43.000 personas a las que se les dio seguimiento durante 12 años. Al inicio del estudio, ninguno de ellos tenía párkinson. Para el final de la investigación, casi 300 habían desarrollado este mal.

Los científicos vieron que quienes realizaban más de seis horas semanales de actividad física tenían un riesgo de sufrir párkinson 43% menor que quienes realizaban menos de dos horas de actividad física por semana.

Además, los hombres que realizan actividad física más vigorosa, tienen un riego un 45% menor de tener la enfermedad que quienes hacen un nivel bajo de actividad física.

Tomado de: www.nacion.com

¿Quiere que los niños coman mejor? Haga que cocinen

Hacer que los niños participen en la cocina, ya sea en clases de cocina o en casa, hace que sean más propensos a comer alimentos saludables, según una revisión reciente.

Los programas y las clases de cocina para los niños parecen influir de manera positiva en las preferencias y conductas alimentarias de los niños, según una nueva investigación. Y aunque la revisión no observó los efectos a largo plazo de esos programas, los hallazgos sugieren que dichos programas podrían ser de ayuda para que los niños creen hábitos saludables duraderos.

"Es importante que los niños se expongan a los alimentos sanos de una manera positiva", dijo Derek Hersch, autor principal del estudio que también trabaja en un programa educativo de cocina llamado Food Explorers (Exploradores de la Comida) de la Minnesota Heart Institute Foundation. "Crear hábitos y conductas a esta edad es lo más importante de esto".

Esta investigación llega en un momento en que las tasas de obesidad infantil han aumentado con rapidez. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU., más de un tercio de los adolescentes del país eran obesos en 2012. Esta tendencia ha sido provocada, al menos en parte, por una reducción significativa en la cantidad de comidas que las personas consumen en casa desde 1980, según la información de respaldo del estudio. Las personas son más propensas a comer en restaurantes, donde las comidas tienen una mayor densidad calórica y son menos nutritivas, indicó el estudio.

Sara Haas, vocera de la Academia de Nutrición y Dietética (Academy of Nutrition and Dietetics), indicó que el tiempo es un factor. "Tiene mucho que ver con comer alimentos más convenientes, porque los padres no tienen tiempo y quizá no hayan aprendido a cocinar comida saludable", señaló.

Los programas educativos de cocina, como Food Explorers, enseñan a los niños nuevos alimentos saludables y cómo prepararlos. También enfatizan la importancia de comer cinco frutas y verduras al día. Un padre voluntario explica un nuevo alimento al grupo, y los niños hacen algo basado en la lección, como pinchos de frutas o ensalada de espinacas. En función del programa, los niños quizá lleven a casa información sobre alimentos saludables para que se la den a los padres, explicó la revisión.

"Si se consigue que participen en la cocina, están un 100 por ciento interesados y quieren hacer más cosas. Es sorprendente", dijo Haas, que también es chef.

Hersch y su equipo de estudio revisaron 8 estudios más y realizaron pruebas con diferentes tipos de programas educativos de cocina. Los niños que fueron a estas clases tenían entre 5 y 12 años de edad, según la revisión. El objetivo de Hersch era aprender más acerca de la creación de un programa eficiente que anime a comer alimentos saludables durante toda la vida.

"Descubrimos que es particularmente importante exponer a los niños a los alimentos saludables en varias ocasiones", dijo Hersch. "Esto les hace sentirse cómodos con los nuevos alimentos, lo que les ayuda a crear hábitos saludables".

Dado que cada estudio incluido en la revisión fue diseñado de forma algo distinta, resultó difícil que los investigadores extrajeran conclusiones potentes. Sin embargo, algunas de las tendencias que los investigadores vieron fueron: un aumento del consumo de fruta, verdura y fibra dietética; un mayor deseo de probar alimentos nuevos, y una mayor confianza en la habilidad de preparar alimentos.

Hersch y los autores del estudio publicaron recientemente sus hallazgos en la revista de los CDC, Preventing Chronic Disease: Public Health Research, Practice and Policy.

Tanto Hersch como Haas enfatizaron la importancia de que los padres se impliquen en los hábitos alimentarios de sus hijos. Los padres que no pueden inscribir a sus hijos en una clase de cocina pueden conseguir unos beneficios parecidos si hacen que sus hijos les ayuden a preparar la comida en casa, comentó Hersch. Los niños están más cómodos en casa, lo que les hace más receptivos a los alimentos nuevos porque los relacionarán con una experiencia positiva, según Hersch.

Al revisar esta cuestión, Hersch halló que en esta área falta investigación. No se ha realizado ningún estudio a largo plazo para ver si los niños que realizan estos cursos son más propensos a comer fruta y verdura cuando son adultos. Tampoco se han realizado estudios para ver si los niños que participan en los programas de cocina son menos propensos a volverse obesos.

Ninguno de los estudios actuales observó si las clases tenían o no un impacto en las actitudes de los niños con respecto a los alimentos no saludables, como los que contienen mucha grasa y azúcar, según Hersch. Explicó que estas limitaciones probablemente resulten del hecho de que los programas de cocina quieren centrar sus recursos limitados en los niños, más que en publicar sus investigaciones.

"Por mi experiencia personal, simplemente sé que los niños realmente lo disfrutan", dijo Haas. "Se puede ver cómo el niño más introvertido se anima cuando participa en la cocina".