5 de marzo de 2016

Cáncer y nutrición: El peso de la evidencia


Tras el consumo de tabaco, la dieta es el factor ambiental más estrechamente relacionado con el cáncer. Comer sano ayuda a prevenir una amplia variedad de tumores; no hacerlo significa aumentar el riesgo. Eso sí, lo que no hay son dietas milagrosas ni alimentos mágicos curativos.

Todo profesional sanitario tiene muy claro que los alimentos que comemos influyen en nuestro riesgo de desarrollar cáncer. Hace unos meses el tema cobró relevancia cuando la Agencia Internacional de Investigación sobre Cáncer (IARC), dependiente de la OMS, anunció que había incluido la carne procesada en el grupo 1 de causas de cáncer –lo que significa que es un carcinógeno confirmado, concretamente de cáncer colorrectal– y la carne roja en el grupo 2A –causa probable–. Se levantó un importante revuelo informativo que muchos medios no supieron trasladar adecuadamente a la población. Formar parte de ese grupo 1 no significa ser tan peligroso como el tabaco, el amianto, el alcohol o el otro centenar de sustancias que están en esa lista.

En opinión de Carlos Alberto González Svatetz, investigador de la Unidad de Nutrición, Ambiente y Cáncer, del Institut Català d’Oncologia (ICO), se ha sobredimensionado el impacto que tiene el consumo de carne procesada. «La OMS ha mostrado que existe un aumento del riesgo relativo del 18% por cada incremento de 50 gramos en el consumo diario de carne procesada –explica–. Si esto lo comparamos con el efecto de otros factores de riesgo, por ejemplo el del tabaco sobre el cáncer de pulmón, veremos que el aumento del riesgo relativo de una persona que fuma 20 cigarrillos diarios es del 1.000%. El tabaco es una sustancia cancerígena del grupo 1 y la carne procesada también, pero el impacto que tienen sobre el riesgo de cáncer es completamente diferente. Incluso la información disponible nos indica que el tabaco incrementa en mayor medida el riesgo de cáncer colorrectal que el propio consumo de carne procesada.»

Hay que tener en cuenta que ese incremento del 18% se refiere al riesgo relativo y no al riesgo absoluto. ¿Qué significa esto? El dato difundido por la OMS proviene de un metaanálisis publicado en 2011 en The Lancet. Lo que se concluía en aquel trabajo es que entre las personas que comen menos cantidad de carne procesada, 56 de cada 1.000 (5,6%), desarrollarán cáncer colorrectal a lo largo de su vida. Y entre las que más cantidad comen, serán 66 de cada 1.000 (6,6%). El incremento del valor absoluto es del 1% –de 5,6 a 6,6%–. El riesgo relativo del 18% es cierto, pero también suena más alarmante.

Alimentos beneficiosos y perjudiciales

González Svatetz ha dirigido la edición del libro Nutrición y Cáncer. Lo que la ciencia nos enseña, del que hablamos en el recuadro adjunto, una publicación cuyo objetivo era recoger y divulgar la información científica existente sobre el tema, basada en la evidencia derivada de estudios metodológicamente válidos, tanto para profundizar en aquellos alimentos y nutrientes que pueden ayudar a prevenir determinados tumores como aquellos otros que pueden favorecer su desarrollo, descartando al mismo tiempo creencias erróneas o todavía no confirmadas.

Uno de los autores es Antonio Agudo, jefe de la citada Unidad de Nutrición, Ambiente y Cáncer, quien comenta que, más que elementos específicos que puedan prevenir el cáncer, lo que hay son grupos de alimentos. «Por ejemplo –dice–, las verduras y las frutas tienen un evidente elemento de prevención, lo mismo que los alimentos ricos en fibras, vitaminas y minerales. Por el contrario, están asociados a un mayor riesgo de cáncer los que contienen altas cantidades de grasas, sobre todo saturadas, o el alcohol.»

En cuanto a los suplementos dietéticos, muchos de los cuales se publicitan como protectores, este investigador sostiene que «la mayoría de ensayos clínicos realizados no han mostrado resultados positivos e incluso en ciertos casos se han asociado a resultados negativos. Esto no significa que todos los suplementos vayan mal, pero todas las sustancias que parecen poseer efectos positivos los tienen cuando se ingieren a través de la dieta y no como suplementos.»

«Si tuviéramos que salvar alguno en función de los estudios en marcha –puntualiza–, serían, por ejemplo, los suplementos basados en selenio y vitamina D, que pueden ser beneficiosos frente al cáncer de próstata, pero solamente en poblaciones con déficit de selenio. En el resto de poblaciones seguramente no tendrían ningún efecto.»

Tal como señalan estos especialistas, lo realmente importante no es evitar un alimento concreto que parezca perjudicial o aumentar el consumo de otro al que se atribuyen propiedades beneficiosas, sino seguir un adecuado patrón de dieta, puesto que los seres humanos no consumimos alimentos aislados, sino combinaciones de alimentos. Y seguir una dieta sana podrá contribuir a prevenir el cáncer si se enmarca en el conjunto de una vida sana basada en estilos de vida saludables que nos alejen del tabaco, del abuso de alcohol, del sedentarismo y del exceso de peso.

Obesidad y cáncer

Aunque es algo que la ciencia ha confirmado desde hace tiempo, no existe una concienciación clara entre la población general acerca de la relación entre la obesidad y el cáncer.

Según González Svatetz, se considera que aproximadamente un 15% de los casos de cáncer son atribuibles a la obesidad: «Se trata de un problema muy importante en España, ya que se ha duplicado la proporción de personas con obesidad y sobrepeso en los últimos 20 años. Existe evidencia sólida de que la obesidad incrementa el riesgo de adenocarcinoma de esófago, de cáncer de mama en mujeres posmenopáusicas, de cáncer colorrectal, de endometrio y de páncreas. Algunos de ellos son tumores muy importantes. Por lo tanto, es recomendable reducir el sobrepeso y la obesidad para disminuir el riesgo».

Sobre los mecanismos que intervienen en esta relación entre obesidad y cáncer, comenta que son múltiples y complejos: «Por un lado, tenemos la resistencia a la insulina, implicada en la asociación existente entre la diabetes y el cáncer de páncreas, mama y colorrectal. Por otro lado, son importantes los factores hormonales. Por ejemplo, la grasa, sobre todo la abdominal, es una fuente fundamental de estrógenos, que son cancerígenos en mujeres posmenopáusicas. Otros mecanismos que intervienen son los inflamatorios. En la obesidad hay un proceso de inflamación crónica, la cual constituye una fase inicial en la carcinogénesis».

En definitiva, perder kilos cuando existe sobrepeso es aconsejable, y una de las formas, junto con la dieta, es la práctica de ejercicio físico que, tal como explica Antonio Agudo, «también puede tener un efecto protector frente a ciertos tipos de cáncer, como el de mama en mujeres posmenopáusicas y el de colon y recto».

Combatir falsas creencias

Uno de los principales mensajes que deben difundirse entre la población es que no hay dietas que curen el cáncer. Una dieta sana puede ayudar a prevenirlo y, en todo caso, cuando un tumor ya ha sido diagnosticado, puede ayudar a prevenir recidivas.

Según Antonio Agudo, en cuanto a la mejora del pronóstico o a la prevención de recidivas existen muchas menos evidencias y hasta ahora se han centrado en los mismos patrones dietéticos que sabemos que protegen frente al cáncer. «Tenemos evidencias de que, para el cáncer de mama y de colon, mantener un peso adecuado y practicar actividad física se encuentran entre los elementos que más ayudan de cara a un buen pronóstico. Por lo demás, es lógico pensar que un patrón de dieta que ayude a prevenir el cáncer podrá ayudar a prevenir un segundo tumor. No obstante, hay que tener en cuenta que esto se refiere a personas que ya no reciben tratamiento por considerarse “curadas”. Cuando un paciente recibe quimioterapia o radioterapia, debe ser el nutricionista quien proporcione las pautas nutricionales adecuadas para cada caso.»

A pesar de lo que la ciencia ha demostrado, existen muchos productos y mensajes dirigidos a la población general sobre alimentos o dietas con efectos que cabe considerar casi «milagrosos». Al respecto, Agudo manifiesta que «somos escépticos respecto a las “dietas milagro”. No hay ninguna dieta que cure el cáncer. El cáncer se cura con los tratamientos necesarios para cada caso, como la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia, etc. Hay dietas con “nombres y apellidos” que son beneficiosas porque incluyen alimentos saludables como frutas, verduras y fibra, pero no existe ninguna dieta que prevenga el cáncer con total seguridad si la seguimos a rajatabla o que lo cure. Si una persona sigue una dieta saludable de forma estricta pero fuma dos paquetes de tabaco cada día durante 40 años, su probabilidad de desarrollar un cáncer de pulmón será muy alta».

Del mismo modo, González Svatetz señala que hay que combatir la creencia de que un solo alimento puede ser muy importante para prevenir el cáncer. «Lo importante es el patrón de dieta, lo que se consume diariamente de forma rutinaria y sistemática a lo largo de muchos años. No hay una dieta o un alimento milagroso. La dieta es muy importante, pero contiene componentes de todo tipo. Por ejemplo, se ha puesto de moda la idea de la influencia de la dieta alcalina o ácida sobre el cáncer, pero no hay ninguna evidencia científica que lo apoye. Es una de tantas modas pasajeras que aparecen y desaparecen.»

En resumen, las evidencias sobre factores relacionados con la alimentación, la obesidad y la actividad física que segura o probablemente aumentan o disminuyen el riesgo de cáncer son amplias y variadas. A partir de tales evidencias, organismos e instituciones nacionales e internacionales han desarrollado guías y recomendaciones sobre hábitos de vida saludable para prevenir el cáncer cuyo cumplimiento no evita completamente la aparición de un tumor, pero reduce la probabilidad de desarrollarlo (ver recuadro adjunto).

Por último, dirigiéndose a los médicos de atención primaria, Antonio Agudo destaca que lo importante es que transmitan el mensaje de que una dieta sana y equilibrada constituye una forma de prevenir el cáncer. «Debe ser una dieta variada –concluye–, abundante en alimentos de origen vegetal, como frutas y verduras, consumidos de forma no muy elaborada, con buen contenido en fibra; y también debe ser limitada en grasa y proteínas de origen animal, sobre todo de carne roja y carne procesada.»

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