11 de agosto de 2017

Perder peso, sí! Pero pensemos además en perder kilos ¿de qué?

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

Una de las preguntas más comunes que me hacen en la consulta es ¿pero entonces cuánto tengo que pesar? o ¿cuál es mi peso ideal?

A mí no me gusta hablar de un peso ideal sino de un peso saludable. Pero además es importante que empecemos a entender que el peso por sí solo no nos dice mucho. Debemos aprender a darle la importancia que merece a la composición corporal: o sea básicamente a cuánta grasa y cuánto músculo tenemos en nuestro cuerpo.

La grasa es necesaria porque protege y da sostén a ciertos órganos, nos ayuda a regular la temperatura corporal, funciona como una reserva de energía, entre otras funciones. Pero un exceso de grasa corporal tiene implicaciones importantes en nuestra salud, ya que aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y otras enfermedades crónicas como hipertensión y diabetes, etc. 

La masa muscular es importante y trabajarla con ejercicio no es solo una cuestión estética. Tiene funciones importantes ya que el músculo ayuda a dar sostén a las articulaciones, nos ayuda a prevenir lesiones, a mejorar la fuerza y la resistencia al hacer ejercicio, al igual que la grasa brinda sostén y protección a algunos órganos, y además el músculo nos ayuda a controlar el peso ya que aún en reposo gasta calorías (lo cual no sucede con la grasa corporal). Esto no significa que tengamos que empezar a levantar gran cantidad de peso o enfocarnos entonces solo en hacer pesas y ganar gran cantidad de músculo. Pero un profesional en el área les puede asesorar en cuanto a ejercicios que ayuden a preservar o incrementar la masa muscular.

Entonces, es fundamental no sólo que sepamos cuánto pesamos y si estamos en el famoso "peso ideal" o no, sino que debemos saber también cuánto de ese peso proviene de la masa muscular y cuánto de la grasa (los otros dos componentes del peso son el agua y la masa ósea). Uno puede estar en un peso adecuado, el índice de masa corporal puede indicar que el peso está bien, pero si hay un exceso de grasa corporal, en términos de salud se tienen exactamente los mismos riesgos que tendría una persona que presenta sobrepeso u obesidad. De la misma manera, puede haber una persona que pese más de su "peso ideal", pero resulta que sus niveles de grasa son adecuados y el peso extra se debe a masa muscular, y entonces en ese caso no habría ningún problema con tener unos kilos de más.

O sea que en vez de pensar que debemos perder peso, lo que hay que pensar es que debemos modificar la composición corporal y perder grasa (y mantener o aumentar la masa muscular). Cuando nos ponemos a "perder peso", el tipo de dieta que seguimos y el ejercicio (si lo hacemos o no, qué tipo, cuánto tiempo, etc) van a determinar si lo que perdemos es grasa, o si es músculo y agua.

Usualmente las dietas extremas o muy bajas en calorías, o aquellas en que se prohibe el ejercicio, nos van a llevar a perder músculo y agua, sin variar la grasa corporal (es entonces cuando la persona queda flácida o que "todo le cuelga" como dicen). Lo que nos llevaría al caso que les expuse anteriormente en que el peso está bien pero se tienen los mismos riesgos de una persona obesa.

La idea al perder peso debe ser lograr perder kilos, por supuesto, pero que éstos kilos menos sean de grasa, y que nos mantengamos saludables. Por eso a partir de ahora empecemos a preguntar ¿cuánta grasa debería tener? ¿Están bien o no mis niveles de grasa? ¡Esas preguntas son mucho más importantes!

Consumir proteínas en las tres comidas podría ayudar a conservar la fuerza de las personas mayores

Tomado de: medlineplus.gov

Comer proteínas en las tres comidas diarias, en lugar de solo con la cena, podría ayudar a las personas mayores a conservar su fuerza física a medida que envejecen, sugiere una nueva investigación.

El estudio canadiense encontró que las comidas ricas en proteína, distribuidas de forma uniforme a lo largo del día, retrasó el declive muscular, pero no aumentó la movilidad, en las personas mayores.

Stephanie Chevalier, coautora del estudio, dijo que para las personas mayores "lo importante es crear tres ocasiones en las comidas con suficiente proteínas para estimular la formación muscular y una mayor fortaleza, en lugar de solo una".

Chevalier es profesor asistente de medicina en la Universidad de McGill, en Montreal.

El declive funcional asociado con el envejecimiento con frecuencia lleva a caídas, deterioro mental y la pérdida de independencia. El equipo de Chevalier se preguntó si un consumo de proteína distribuido de forma más uniforme podría vincularse con un mejor rendimiento físico y una reducción en la tasa de declive.

Para averiguarlo, dieron seguimiento a más de 1,700 hombres y mujeres de Quebec relativamente sanos, de 67 a 84 años de edad, que se inscribieron en un estudio de tres años.

Los participantes ofrecieron información sobre la dieta y se sometieron a unas evaluaciones anuales de la fuerza en las manos, los brazos y las piernas. También se evaluó la movilidad.

A lo largo de tres años, los investigadores encontraron que tanto los hombres como las mujeres observaron un empeoramiento en su rendimiento físico general, y que la fuerza muscular se redujo de forma más significativa que la movilidad.

Pero los que consumieron proteína de forma más uniforme a lo largo del día parecieron retener una mayor fortaleza muscular, aunque no una mayor movilidad, que la que consumieron la mayor parte de la proteína a una hora tarde del día.

Pero Chevalier enfatizó que los investigadores solo observaron una asociación entre la distribución de las proteínas y la fuerza muscular, no una relación causal directa.

"En otras palabras, no podemos concluir que las personas mayores tuvieran una mayor fuerza porque ingerían proteínas distribuidas de forma uniforme en cada comida", comentó.

Establecer una prueba directa ameritaría más investigación, dijo.

Pero el hallazgo del estudio se sostuvo independientemente de la cantidad total de proteínas consumidas, anotó.

Investigaciones anteriores han indicado que los adultos de todas las edades deben consumir un mínimo de 1.2 gramos de proteína por cada kilogramo de peso corporal. (Para convertir las libras en kilogramos, divida el peso corporal entre 2.2).

En un hombre de 155 libras (70.5 kilos), eso equivaldría a unas tres onzas (85 gramos) de proteína al día, dijo Chevalier. Distribuida en el desayuno, el almuerzo y la cena, eso significaría más o menos una onza (28 gramos) de proteína en cada comida. Una mujer de 130 libras (59 kilos) requeriría poco menos de una onza por comida.

Las directrices dietéticas del Departamento de Agricultura de EE. UU. (USDA) indican que los mayores de 50 años deben consumir de 5 a 7 onzas (de 142 a 198 gramos) de alimentos proteicos al día.

En general, una onza de carne, pollo o pescado, o un huevo, o una cucharada de mantequilla de cacahuate, un cuarto de taza de habichuelas cocinadas o media onza (14 gramos) de frutos secos o semillas califican como una onza de proteína, según el USDA.

Una experta externa en nutrición ofreció una explicación sobre por qué los hallazgos podrían funcionar.

"La proteína muscular se descompone y se vuelve a formar constantemente. Necesitamos proteínas en nuestras dietas diarias para hacer que esto suceda", explicó Lona Sandon, educadora en dietética.

Eso sucede a todas las edades, pero a una edad más avanzada la proteína tiende a descomponerse con una mayor rapidez que con la que se forma, añadió Sandon, profesora asistente de nutrición clínica en el Centro Médico Southwestern de la Universidad de Texas, en Dallas.

Además, la investigación ha mostrado que los adultos mayores necesitan unas cantidades mayores de proteínas, apuntó.

"Comer proteínas a lo largo del día parece ser un medio de mantener un equilibrio positivo de proteína durante más tiempo que simplemente comer la proteína de todo el día en la cena", dijo Sandon.

Sandon comentó que distribuir la ingesta de proteína de forma uniforme a lo largo del día probablemente sea beneficioso para todo el mundo, ya sean jóvenes o mayores.

Gran parte de la investigación en esa área proviene de estudios sobre nutrición deportiva, añadió. "Esta investigación también ha mostrado un beneficio de distribuir la proteína en todas las comidas a lo largo del día para una mayor masa muscular y unos beneficios respecto a la fuerza en los individuos activos y en los adultos", agregó.

Pero advirtió que solo comer proteína no es una panacea contra envejecer.

"No se puede comer un filete y de repente tener unos bíceps musculosos", dijo, y anotó que también es necesario algún nivel de actividad física o entrenamiento de resistencia.

El estudio aparece en la edición de julio de la revista American Journal of Clinical Nutrition.

¿La leche materna puede fomentar el amor por las verduras?

Tomado de: medlineplus.gov

¿Quiere que su hijo en edad preescolar se coma las verduras sin berrinches? Pruebe a comer verduras mientras da el seno.

Ese es el mensaje de un nuevo estudio de madres lactantes y sus bebés amamantados. El estudio encontró que los bebés que tomaron leche materna con sabor a verduras eran menos propensos a rechazar un cereal con un sabor similar cuando pasaron a tomar alimentos más sólidos.

"La experiencia sensorial de cada bebé es única, pero el sabor de su primera comida, a partir del útero, depende de lo que la madre come", dijo Julie Mennella, líder del estudio, biopsicóloga en el Centro de los Sentidos Químicos Monell en Filadelfia.

"Creo que la leche materna es lo último en la medicina de precisión", dijo Mennella.

Cuando una madre embarazada come verduras, dan sabor a su fluido amniótico (y luego a la leche del seno), y esos sabores pasan al bebé. Como resultado, comentaron los investigadores, el bebé aprende pronto el sabor de los vegetales, y será menos propenso a quejarse cuando le ofrezcan esa primera cucharada.

Es una bendición para los padres y para la salud del país. Uno de cada cuatro niños pequeños de EE. UU. no come una verdura al día, anotaron los autores del estudio. Como muchas de sus madres y otros adultos, es más probable que los niños elijan refrigerios dulces y salados y bebidas azucaradas, lo que contribuye a la obesidad y a la enfermedad crónica.

"Todo el mundo quiere que la vida de los bebés comience bien", planteó Mennella, y añadió que las primeras semanas de vida son un momento esencial para que tanto los bebés como las madres desarrollen el gusto por los alimentos saludables.

En el estudio, Mennella asignó al azar a 97 madres que daban el seno a uno de cinco grupos.

Durante un mes, tres grupos bebieron media taza de jugo de zanahoria, apio, remolacha o verdura antes de dar el seno. Un grupo comenzó cuando los bebés tenían dos semanas de edad, otro a entre un mes y un mes y medio de edad, y el tercero a entre dos meses y dos meses y medio de edad.

Un cuarto grupo de madres bebieron jugo durante tres meses, y comenzaron cuando sus bebés tenían dos semanas de edad. El quinto grupo (el de "control") no bebió jugo.

A medida que se añadieron alimentos sólidos a la dieta, se grabó a las madres mientras ofrecían cereales regulares, cereales con sabor a zanahoria o cereales con sabor a brócoli a sus bebés. Los investigadores observaron las señales de asco de los bebés: arrugar la nariz, fruncir los labios, el seño fruncido, o apartar la cuchara de forma más enfática.

El resultado: los bebés que se habían expuesto a los sabores de verduras en la leche materna preferían el cereal con sabor a zanahoria en lugar del cereal regular o el cereal con el sabor desconocido a brócoli. Apenas un 8 por ciento rechazaron todos los alimentos, mostraron los hallazgos.

"Aprenden mediante la exposición repetida", dijo Mennella. "Y el momento es importante".

Los bebés cuya exposición comenzó a la edad de dos semanas comieron más del cereal con sabor a zanahoria, y lo comieron más rápidamente, que aquellos cuyas madres comenzaron a tomar jugo más tarde o que bebieron agua. Y acostumbrar a los bebés al sabor conllevó solo un mes, anotaron los autores del estudio.

Mennella dijo que esto podría deberse a que los bebés maman con más frecuencia durante esas primeras semanas, o quizá haya periodos en que sus gustos se moldean con mayor facilidad.

Y nunca es demasiado tarde para entrenar el paladar. Aunque ocho de cada 10 madres aún no comían las cantidades recomendadas de verduras cuando el estudio acabó, muchas también habían llegado a disfrutar de los nuevos sabores.

Eso hace que sea más probable que continúen sirviendo alimentos saludables a medida que sus hijos crezcan, dijo Mennella.

"A través de esos cambios en los sabores, la madre enseña al bebé que esos alimentos son seguros, que son lo que comen y que esos sabores están disponibles", comentó. "Si se cambia la dieta de la madre y a ella comienzan a gustarles esos alimentos, se cambia a toda la familia".

Jennifer McDaniel, vocera de la Academia Americana de Nutrición y Dietética (American Academy of Nutrition and Dietetics), se mostró de acuerdo.

Las preferencias alimentarias de los niños se ven influidas fuertemente por lo que sus padres comen, dijo. "Si la dieta de la madre es variada, fomenta que los niños se muestren más dispuestos y abiertos a los nuevos sabores, porque en algún momento se han expuesto", explicó.

Aunque McDaniel señaló que otros estudios han mostrado que los bebés a quienes se ha amamantado son menos propensos a volverse quisquillosos para comer, dijo que las madres que no pueden amamantar o que no eligen hacerlo no deberían sentirse culpables.

Simplemente asegúrese de ofrecer a su familia alimentos saludables y variados, aconsejó. Permita a los niños experimentar no solo sabores distintos, sino texturas distintas.

Y no se rinda, aconsejó McDaniel. Quizá tenga que intentarlo 10 o 20 veces antes de que un niño decida si un alimento le gusta o no.

"Nuestro rol como padres es ser un buen modelo de rol", dijo McDaniel. "A veces solo hay que relajarse un poco y seguir haciendo lo necesario: ofrecer muchos alimentos distintos y exponerlos a ellos con mucha frecuencia. Al final, lo más probable es que acabe con hijos que no sean tan quisquillosos y que tengan unos patrones saludables".

El estudio aparece en la edición de julio de la revista American Journal of Clinical Nutrition.

Las mujeres que aumentan de peso entre un bebé y otro están en un riesgo más alto de diabetes gestacional

Tomado de: medlineplus.gov

Las mujeres que aumentan de peso tras tener un bebé podrían ser más propensas a desarrollar diabetes durante su próximo embarazo, sugiere un nuevo estudio.

El peso de la mujer antes de la concepción y la cantidad que aumenta durante el embarazo son factores de riesgo conocidos de la diabetes gestacional, explicaron los autores del estudio. La diabetes gestacional es una forma de nivel alto de azúcar en la sangre diagnosticada durante el embarazo. Puede provocar complicaciones tanto para la madre como para el bebé.

Los investigadores dirigidos por Linn Sorbye, de la Universidad de Bergen en Noruega, estudiaron el riesgo de diabetes en mujeres que habían tenido uno o dos embarazos anteriores.

En el estudio participaron unas 24,200 mujeres que dieron a luz entre 2006 y 2014. Los investigadores tomaron en cuenta los antecedentes de la mujer de diabetes gestacional y su índice de masa corporal (IMC) cuando quedó embarazada nuevamente. El IMC es un estimado de la grasa corporal basado en la estatura y el peso. Con un IMC por encima de 30 se considera que una persona es obesa.

Más o menos un 36 por ciento de las mujeres aumentaron más de una unidad de IMC entre el inicio del primer embarazo y su segundo, encontró el estudio. Esas mujeres fueron más propensas que las mujeres cuyo peso permaneció estable a desarrollar diabetes durante un segundo embarazo.

Las mujeres que aumentaron el doble de peso tenían el doble de probabilidades de diabetes gestacional. Y el riesgo se multiplicó por cinco entre las mujeres con el mayor aumento de peso, encontraron los investigadores.

Los riesgos más llamativos ocurrieron entre las mujeres cuyo peso era normal antes del primer embarazo. Pero el estudio mostró que las mujeres con sobrepeso que perdieron peso tras el parto redujeron su riesgo de diabetes durante otro embarazo.

El estudio aparece en la edición del 1 de agosto de la revista PLOS Medicine.

4 de agosto de 2017

¡Olvidémonos de las "dietas"!

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

Tal vez para algunos sea extraño que una Nutricionista diga eso: ¡olvidarse de las dietas! Pero espero que cuando terminen de leer el artículo estén de acuerdo conmigo.

Para empezar tenemos que aclarar que la palabra "dieta" no se refiere sólo a un modo específico de comer, o a restringirse. En realidad DIETA es todo lo que comemos diariamente. Nuestra dieta puede ser balanceada o no, nutritiva o no, saludable o no, pero absolutamente todos tenemos una dieta. Puede ser más restringida en algunas cosas si queremos perder peso, o por el contrario puede ser rica en calorías si se busca ganar peso. Lo importante es que nos quede claro que el concepto de dieta va mucho más allá de pasar hambre unos días.

Ahora bien, ¿por qué debemos dejar de pensar en las dietas? Porque en lugar de pensar que voy a comer solo X o Y alimentos por un tiempo para bajar cierta cantidad de kilos, lo que debemos procurar es mejorar la calidad de nuestra dieta actual, y cambiar o mejorar nuestros hábitos actuales.

Si no lo hacemos así, si simplemente cambiamos a comer solo ensaladas o  un solo alimento (la dieta de la manzana o del chayote o del alimento que sea) o cualquier cambio de éste tipo solamente por un periodo corto de tiempo, y luego volvemos a comer exactamente igual que antes, entonces los resultados los vamos a obtener por ese periodo de tiempo en que hicimos los cambios. Y debemos tener en cuenta que, además de que la pérdida de peso no va a perdurar, en ese tiempo no estamos dándole a nuestro cuerpo los nutrientes que necesita, y es muy probable que lo que vayamos a perder sea agua y/o masa muscular, en lugar de grasa (que es lo que debemos procurar perder, pero de eso hablaré en otro artículo). Así que también podemos poner en riesgo nuestra salud.

Pensemos que es como cuando toca llevar el carro a la revisión técnica, y se piden llantas prestadas o se busca algún truco para que no noten que emite gases en exceso, o cualquier otra estrategia similar. Va a pasar la prueba, pero en realidad el carro sigue sin estar en condiciones óptimas a menos que hagamos realmente las reparaciones necesarias. Lo mismo sucede con esas "dietas" de un tiempo: nos hacen perder peso por un momento, pero no estamos resolviendo el problema realmente.

Entonces lo que tenemos que hacer son cambios permanentes para obtener soluciones definitivas. Y el primer paso para eso es ser muy sincero con uno mismo: ¿qué estoy haciendo bien y qué estoy haciendo mal? ¿qué cosas necesito mejorar? Y si no logra tenerlo claro, entonces consulte un profesional que le asesore. 

No se trata de que hagamos todos los cambios de una vez, hay que ser realistas. Dificilmente uno puede cambiar muchos hábitos a la vez. Pero vaya poco a poco, conforme vaya viendo los resultados (que le aseguro que los va a ver) se va a motivar y va a ser más fácil hacer más cambios. Y entonces ya no va a pensar (ni va a necesitar) volver a su estilo de vida anterior, y por eso los resultados van a ser también permanentes. 

No lo vea como que tiene que dejar de comerse esa hamburguesa que le gusta o ese chocolatito que come de vez en cuando, más bien piense que además de eso, va a empezar a incluir otros alimentos que también son ricos y que además le van a beneficiar. No piense en el ejercicio como una tortura, más bien busque una actividad que le guste (puede ser difícil encontrarla, ¡pero se logra!) y véalo como un tiempo dedicado a usted mismo, igual que puede pensar de ir al cine o leer un libro.

Si se tiene una meta específica de peso, entonces puede ser necesario hacer un plan de alimentación más estructurado con cantidades y demás, pero aún así, si ya ha modificado su estilo de vida, eso va a ser muy sencillo de cumplir. 

¿Qué es lo mejor de hacer un cambio de hábitos? Que en lugar de poner en riesgo su salud, ¡está haciendo todo lo contrario! En lugar de andar de mal humor, deseando lo que otros comen, o inclusive con molestias como gastritis u otros problemas digestivos, se va a sentir muy bien. Va a mantener niveles adecuados de azúcar, colesterol y triglicéridos, a tener una adecuada composición corporal (masa muscular y grasa) y va a mejorar su calidad de vida.

Entonces ¿qué opinan? ¿Suena mejor el panorama al hacer un cambio en el estilo de vida, o las "dietas" siguen pareciendo la mejor opción?

La lactancia reduce el riesgo de cáncer de mama de la madre, según un estudio

Tomado de: medlineplus.gov

Dar el seno ayuda a proteger a las mujeres del cáncer de mama, encuentra un nuevo informe.

De los 18 estudios analizados por el Instituto Americano de Investigación sobre el Cáncer (American Institute for Cancer Research, AICR), 13 encontraron que el riesgo de cáncer de mama se reducía en un 2 por ciento por cada cinco meses que una mujer daba el seno.

El informe, que actualiza la ciencia global sobe el cáncer de mama, también encontró que los bebés amamantados son menos propensos a aumentar de peso en exceso a medida que crecen, lo que podría reducir su riesgo de cáncer más adelante en la vida. En los adultos, tener sobrepeso o ser obeso aumenta el riesgo de 11 cánceres comunes, según el AICR.

"Para las madres no siempre es posible dar el seno, pero las que puedan deben saber que la lactancia puede ofrecer protección contra el cáncer tanto a la madre como al niño", afirmó Alice Bender, directora de los programas de nutrición del instituto.

Dar el seno protege de varias formas, según el informe. Podría retrasar el regreso de los periodos menstruales de la nueva madre, lo que reduce la exposición a lo largo de la vida a hormonas como el estrógeno, que se vinculan con el riesgo de cáncer de mama. Además, la pérdida de tejido mamario tras lactar podría ayudar a deshacerse de células con un ADN dañado.

El informe añadió que mantener un peso saludable, evitar el alcohol y la actividad física también reducen el riesgo de cáncer de mama.

"Con los muchos beneficios que tiene el hecho de dar el seno, es importante que las nuevas madres reciban el respaldo para hacerlo con éxito más allá de unos pocos días o semanas", planteó Bender en un comunicado de prensa del instituto. "También es esencial saber que hay medidas que todas las mujeres pueden tomar para reducir su riesgo de este cáncer".

Además de ofrecer nutrientes importantes a los bebés, la lactancia materna también fortalece su sistema inmunitario y ayuda a protegerlos de enfermedades. El AICR recomienda que las nuevas madres den el seno de forma exclusiva durante hasta seis meses, y que entonces añadan otros líquidos y alimentos a la dieta del bebé.

Otras organizaciones de la salud, como la Organización Mundial de la Salud, hacen recomendaciones similares.

Obsesión por 'comer sano' va en aumento y más bien podría enfermarle

Tomado de: www.nacion.com

Las dietas en las que se eliminan varios grupos de alimentos considerados poco saludables son cada vez más populares. Pero estas prácticas pueden rápidamente convertirse en una obsesión que acaba enfermando a las personas. 

Este desorden alimentario, que fue identificado por primera vez en Estados Unidos en los años 1990, es conocido como ortorexia ('correcto' y 'apetito' en griego). 

Los individuos que sufren de ortorexia son "prisioneros de reglas que se imponen a sí mismos", explicó a la AFP el profesor de psicología Patrick Denoux. 

Este desorden puede manifestarse en hábitos simples como limitarse a comer únicamente frutas recién cosechadas. 

En los casos más graves puede conducir a adoptar comportamientos obsesivo-compulsivos que provocarían una desnutrición severa o aislamiento social. 

Un caso entre muchos 
 
En un periodo de 18 meses, Sabrina Debusquat, pasó de ser vegetariana a vegana, antes de eliminar por completo de su dieta cualquier alimento cocido y limitarse a comer frutas. "Quería alcanzar un tipo de estado de pureza", explicó esta francesa de 29 años.

Debido a su dieta estricta comenzó a perder su cabello, pero su obsesión era tan grande que esto no le preocupó demasiado. "Tenía la impresión de ser dueña de la verdad sobre la mejor manera de alimentarse para mantenerse sano", contó Debusquat, quien publicó un libro sobre su experiencia. Fue su pareja quien le hizo entender su estado obsesivo. "Mi cuerpo estaba tiranizando mi mente", señaló. 

"Vivimos grandes cambios culturales en cuanto a la alimentación que nos hacen desconfiar de lo que comemos, debido sobre todo a la distancia entre el productor y el consumidor (...) y a las crisis alimentarias", argumentó el profesor Patrick Denoux. 

Después del "trauma" de la crisis de la vaca loca a principios de los años 1990 y de la carne de caballo en el 2013, "nunca antes habíamos tenido tanto miedo a lo que comemos", confirmó a la AFP Pascale Hébel, del Centro Francés de Investigación para el Estudio y la Observación de las Condiciones de Vida (Crédoc).

"El hecho de que cada vez estamos más alejados del mundo rural ha provocado cierta ansiedad, visible sobre todo entre las clases altas", estimó Hébel. 

En la cultura occidental, esta "sospecha de que nos están envenenando" es algo "valorizado" como una prueba de nuestra "perspicacia", afirmó Denoux.

Este especialista define tres grandes sistemas alimenticios: el tradicional de "nuestra abuela", el industrial que "llena nuestro estómago", y el sanitario que ve a "la comida como un medicamento". "Las personas que sufren ortorexia no logran combinar estos tres sistemas" y van excluyendo simple y llanamente varios tipos de alimentos.

Sabrina Debusquat mejoró después de aceptar tomar vitamina B12, que se obtiene a partir de bacterias que se encuentran sobre todo en el estómago de los rumiantes o animales marinos. 

Era esta misma vitamina de la que carecía una paciente de Sophie Ortega, una nutricionista parisina. Su paciente "comenzaba a perder la vista por falta de vitamina B12". Pero esta vegana "pura y dura" se negaba a tomarla. "Era como si prefería perder la vista" que "traicionar su compromiso con los animales", contó la doctora.

Ortega piensa que existe actualmente una pérdida de referencia entre los pacientes en cuanto a la alimentación. Para muchos se ha convertido en un verdadero "suplicio ir a hacer compras y encontrar menús equilibrados".

"Una buena alimentación incluye alimentos vegetales y animales", subrayó esta nutricionista con 25 años de experiencia, quien afirmó que debemos autorizarnos algunos "placeres".

¿Toman demasiada sal los niños?

Por CARLOS CASABONA  / Tomado de: www.consumer.es

En los últimos años, toda la atención sobre los malos hábitos alimentarios en la infancia se ha centrado en el azúcar, sobre todo en el azúcar oculto en los alimentos. Este tema ha hecho reflexionar a una sociedad enganchada al sabor dulce y ha provocado respuestas tímidas en la industria alimentaria, que ha rebajado en algunos productos su concentración de azúcar o la ha sustituido por edulcorantes sintéticos. El deseo de ingerir productos dulces, de momento, sigue intacto. Pero ¿y la sal? ¿Los niños toman demasiada sal? En este artículo se aportan datos preocupantes sobre el consumo de sal entre los más pequeños, se recuerda por qué es bueno tomar poca sal y se dan varios consejos acerca de su ingesta.

Al parecer, la sal se está escapando del seguimiento de los sanitarios o, por lo menos, no está recibiendo la misma atención que los azúcares libres, los lácteos y otros alimentos (como el pan, el arroz, la pasta o las patatas, en los que predominan los hidratos de carbono). El protagonismo de estos últimos es muy relevante en los medios, en el mundo académico y en los blogs de Internet.

La sal y los niños: cifras que preocupan

Pero no hay razones para olvidarse de la sal, pues el consumo que realizan los niños es mucho mayor del recomendado. Así lo demuestra un estudio realizado por investigadores de la Universidad Complutense de Madrid, que ha medido en pequeños con edades comprendidas entre 7 y 11 años la cantidad de sodio excretada en la orina durante 24 horas. Este dato refleja la ingesta de sal de manera más fiel que las encuestas dietéticas que se hacen en la mayoría de los trabajos científicos.

En el estudio se comprobó que la inmensa mayoría (84,5%) de los menores de 10 años ingerían más de 4 g de sal al día y el 66,7% de los mayores de 10 años tomaban más de 5 g al día. También encontraron que los niños que tenían sobrepeso habían ingerido más sal que los de peso normal, lo que puede explicarse porque la ingesta de sal aumenta el apetito y la sed, incrementando así la cantidad total de energía. El dietista-nutricionista Julio Basulto también incide en el tema al recordar que cuanta más sal consumen los pequeños, más bebidas azucaradas beben, basándose en investigaciones recogidas en las prestigiosas revistas Hypertensión y Pediatrics.

Recordemos que la sal es cloruro sódico y que, hasta hace poco, en muchas etiquetas, en vez de estar la palabra "sal", figuraba "sodio". Para saber el contenido proporcional de sal en 100 g de producto, había que multiplicar por 2,5 el valor del sodio, impreso en el envase.

¿Por qué es bueno tomar menos sal?

El principal beneficio de reducir la cantidad de sal de la dieta de niños (y adultos) es la bajada de la presión arterial y la disminución del riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares (ictus) e infarto de miocardio. En el estudio comentado, hasta un 12,7% de los menores presentaban ya hipertensión, lo que les pone en alto riesgo de sufrir esas enfermedades en la edad adulta. Hay que tener en cuenta que, en España, el 50% de los hombres y un 37% de las mujeres tienen hipertensión, lo que supone una incidencia muy alta.

Otras enfermedades relacionadas con la ingesta elevada de sal son: la osteoporosis, la formación de "piedras" en el riñón, el cáncer de estómago y cambios en el metabolismo de la glucosa.

¿Cuánto es mucha sal?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no sobrepasar las siguientes cantidades de sal por día:
  • Adultos: 5 g (un poco menos que una cucharadita de té).
  • Niños entre 2 a 15 años: menos que los adultos, de manera proporcional a las necesidades energéticas del pequeño. En alguna publicación lo concretan con estas cifras:
                       Entre 7 y 10 años: no sobrepasar los 4 g/día.
                       Entre 2 y 7 años: no llegar a 3 g/día.
  • En los lactantes de 0 a 2 años: no se recomienda ninguna cantidad, es decir, que no es aconsejable guisar con sal para este periodo de edad, ni ofrecer alimentos que la contengan en exceso y, mucho menos, añadir sal a los platos y preparaciones, sobre todo en menores de un año.
Como orientación al tener que elegir productos, hay que saber lo siguiente:
  • Un alimento contiene mucha sal: si lleva 1,25 g por cada 100 g o más.
  • Incluye poca sal: si lleva 0,25 g por cada 100 g o menos (aunque se permite etiquetar como "bajo en sal" con 0,30 g por cada 100 g).
  • Para que se pueda etiquetar como alimento sin sal, no debe pasar de 0,0125 g por cada 100 g.
También hay que tener en cuenta que muchos fabricantes usan la frase "Contenido reducido de sodio/sal" para captar la atención del consumidor. Esto significa que tiene una reducción del 25% en comparación con otro producto similar. Ahora bien, si este producto tiene mucha sal (por ejemplo, 2 g por cada 100 g), el "reducido" también la seguirá teniendo (1,5 g por cada 100 g). Muchas veces, esas frases resaltadas con colores llamativos y muy visibles en el frontal obligan a mirar directamente la cantidad de sal en la composición (que ya no estará tan visible).

De todos modos, no hay que estar con una calculadora todo el día, ya que la mayoría de alimentos saludables son bajos en sodio o no llevan apenas: verduras, frutas, frutos secos sin procesar, legumbres, semillas... Por lo tanto, la mejor manera de cumplir las recomendaciones de la OMS es consumir preferentemente todo este tipo de alimentos, incluyendo, en menor proporción, otros productos frescos como huevos, leche, pescado y carne blanca, si no se es vegetariano.

La sal que no se ve


Al igual que sucede con el azúcar, el problema es que la sal -y otros aditivos que contienen sodio, como el glutamato monosódico- está oculta en muchos alimentos, sobre todo precocinados e hiperprocesados. Se ha determinado que hasta un 72% de la sal que se ingiere tiene este origen, mientras que el resto se corresponde con la sal que se añade al guisar o con la que se pone directamente en el plato mediante el salero de la mesa.

Aunque el salero ha desaparecido de muchas mesas, cumpliendo el consejo que durante años hemos dado los sanitarios, el consumo de sal ha subido en estos últimos 20 años por el empeoramiento sufrido en los hábitos alimentarios, como comer fuera de casa muchas veces o la ingesta habitual de patatas fritas de bolsa y otros aperitivos salados similares (ganchitos, triángulos, ondas...); también pueden tener mucha sal los quesos (mejor elegir variedades con bajo contenido) y las carnes procesadas como el bacón, el jamón, el fuet o las salchichas.

El pan sigue siendo una fuente oculta y habitual de sal en la dieta, ya que, a pesar de que se ha reducido de forma progresiva su contenido en sal en los últimos años, su ingesta diaria -en ocasiones varias veces al día- en muchos niños y adultos supone una sobrecarga importante de sodio, por lo que es prudente escoger, si es que se consume, variedades con poca sal o sin sal.

Los cereales de desayuno, las galletas, la bollería, las pizzas precocinadas (o las caseras si se "ahogan" en queso y salami o jamón), el kétchup o la mayonesa son también una fuente enorme de sal, aunque el sabor de muchos productos de este estilo parezca más dulce que salado. Es el resultado del trabajo de expertos en bromatología, capaces de encontrar las dosis justas de azúcar, grasas y sal que hagan muy sabrosa la ingesta de los productos así diseñados.

Dos consejos para acabar:
  1. El uso de hierbas aromáticas (orégano, tomillo, salvia, perejil, albahaca, menta) o de especias (pimienta, nuez moscada, clavo, comino, canela) puede suplir a la sal sin ningún problema, teniendo en cuenta que en algunas presentaciones se mezclan varias especias que la contienen, por lo que siempre es necesario leer las etiquetas.
  2. Es muy conveniente que la sal que se utilice, tanto en casa como en los restaurantes, esté yodada, como recomienda la OMS en este documento.

28 de julio de 2017

¡No dejemos que sea tarde para cuidar nuestra salud!

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

Buscando noticias para compartir en el blog, me encontré con un artículo en el que se vincula la obesidad en la adolescencia con un mayor riesgo de cáncer de colon en la edad adulta (pueden encontrarlo también en las publicaciones de esta semana). Y me puse a pensar que cada vez es más frecuente ver este tipo de estudios, o ver el incremento en enfermedades crónicas desde edades tempranas: cada vez más niños con obesidad, diabetes, hipertensión, colesterol y/o triglicéridos altos...Y es realmente preocupante.

Es como cuando vemos por ejemplo personas en moto y sin casco, o en el carro sin cinturón de seguridad. Vivimos muchas veces con la idea de que "a mí no me va a pasar", o en el caso de la alimentación: "yo no me voy a enfermar". No tenemos una cultura de prevención, y aún cuando sabemos las cosas que debemos hacer, no las hacemos.

Entonces, volviendo al caso de la alimentación, no pensamos en cuidar la alimentación de los niños ni de los adolescentes, porque ya después habrá tiempo de hacerlo. Y muchas veces tampoco en la edad adulta se hace. Y no se trata de que pongamos a los niños a comer solo vegetales o que nunca los dejemos comer una hamburguesa, pero podemos enseñarles desde edades tempranas a vivir en un ambiente saludable, y darles gustos de vez en cuando.

Pero por ejemplo, he escuchado anécdotas de actividades familiares en que se dice: "¡a los niños ni les demos ensalada porque no les gusta!". O por ejemplo los menús para niños en los restaurantes: nuggets de pollo y papas fritas. Entonces si damos por un hecho que los niños no comen vegetales, y ni siquiera intentamos que los prueben, ya nosotros como adultos estamos siendo responsables de "mal educarlos" en este aspecto.

No nacemos programados para odiar los vegetales. Aprendemos a comerlos o no, al igual que con todo lo demás. Y como siempre es posible aprender algo nuevo, lo que no aprendimos de niños lo podemos modificar después. No hay una edad específica para hacer cambios en nuestro estilo de vida.

Y en la edad adulta no esperemos a que nos digan que tenemos la presión alta o que ya estamos en una prediabetes para empezar a ver qué hacemos para comer mejor. Cuidar la alimentación no es algo que debemos hacer sólo cuando queremos perder peso. Es algo que deberíamos hacer siempre. Y no es como me han dicho algunas veces: ¡es que todo lo rico es malo y qué aburrido dejarlo! Tenemos que cambiar esa idea: todo puede ser rico, y comer sano no es dejar de comerse una pizza o de tomarse una cerveza. Comer sano es aprender que puede comerse esa pizza o tomarse esa cerveza de la misma manera que puede comer una ensalada o una fruta o tomar agua. 

Así que quiero cerrar esta publicación invitándolos a hacer un "examen de conciencia". A hacer una revisión  de lo que comen diariamente, y siendo sinceros con ustedes mismos, hagan una lista de las cosas que consideran que pueden mejorar en su alimentación, y hagan esos cambios poco a poco. Y si tienen hijos, los invito también a pensar en qué cosas pueden hacer para mejorar también la alimentación de ellos. Busquen a un profesional en Nutrición que les asesore, porque los nutricionistas no estamos sólo "para que la gente pierda peso", podemos asesorarles también para mejorar su calidad de vida y ayudarle a prevenir algunas enfermedades.

Pequeños cambios en la dieta pueden reducir hasta un 17% el riesgo de mortandad

Tomado de: www.larazon.es

Pequeños cambios en la dieta alimenticia, como sustituir diariamente las carnes rojas y procesadas por frutos secos y legumbres o las bebidas azucaradas por frutas y verduras, pueden reducir entre un 8 y un 17 por ciento el riesgo de mortalidad en la persona.

Esta relación entre cambios en la dieta y longevidad se demuestra por primera vez en un estudio longitudinal y de amplia envergadura realizado por Mercedes Sotos-Prieto, ya que abarca una muestra de más de 100.000 personas estudiadas durante más de 30 años y continua con el seguimiento en la actualidad.

Sotos-Prieto, doctora en Epidemiología Nutricional y Salud Pública por la Universitat de Valencia (premio extraordinario) y premio nacional en las carreras de Nutrición Humana y Dietética y Ciencia y Tecnología de Alimentos, ha asegurado a EFE que este estudio supone una "oportunidad única" porque permite "estudiar cambios dinámicos en el tiempo".

El estudio, dirigido por Sotos-Prieto en la Escuela de Salud Publica de Harvard y publicado en la revista New England Journal of Medicine, concluye que pequeños cambios en la dieta están asociados con la reducción de entre un 8 y un 17 por ciento de la mortalidad total, independientemente de otras variables como la actividad física o dejar de fumar.
 
Para su elaboración, Sotos-Prieto estudió la asociación entre cambios en la calidad de tres patrones de dieta durante doce años (1986-1998) y su asociación con la mortalidad total en los subsecuentes 12 años (1998-2010) en una muestra de cerca de 48.000 mujeres y unos 25.000 hombres.
 
El estudio ha demostrado que en las personas que tenían una mala alimentación durante los primeros años de investigación y mejoraron su dieta en los años posteriores disminuyeron significativamente su riesgo mortalidad.
 
"Si aumentamos un 20 por ciento la calidad de la dieta, hemos encontrado que se disminuye el riesgo de mortalidad total entre el 8 y el 17 por ciento dependiendo del índice de dieta estudiado", ha asegurado Sotos-Prieto.
 
En este sentido, ha explicado que un 20 por ciento de aumento de la calidad de la dieta se puede alcanzar, por ejemplo, sustituyendo el consumo de carne roja procesada por el consumo de frutos secos y legumbres a una ración diaria.
 
"No hace falta adherirse a una dieta mágica, sino tener un equilibrio nutricional, porque pequeños cambios mantenidos en el tiempo pueden tener un gran impacto a largo plazo, mejorando la longevidad", ha afirmado la investigadora albaceteña, que ha añadido que "nunca es tarde para mejorar la dieta".
 
De hecho, ha agregado, la gran mayoría de los participantes en el estudio eran de mediana edad, lo que significa que "nunca es tarde para mejorar tu dieta y conseguir un beneficio".
 
Según ha señalado, en España hay un alto consumo de cereales refinados, "cuyo consumo se ha asociado a mayor riesgo de diabetes o enfermedades cardiovasculares".
 
"Hay que concienciar a la gente de la importancia de cambiar los cereales refinados por cereales integrales (pan, arroz o pasta integral)", ha apostillado.
 
La nutricionista también ha abogado por abandonar las "dietas milagro", ya que cualquier dieta que no se pueda mantener en el tiempo "es un fracaso".
 
Según Sotos-Prieto, las últimas recomendaciones de las guías dietéticas de Estados Unidos reconocen la importancia de distintos patrones de dieta, entre ellos la Mediterránea y la dieta DASH (elaborada en EEUU para disminuir la hypertension arterial), patrones estudiados en esta investigación.
 
"Queremos demostrar que aunque hay distintas dietas, no importa el nombre si comparten características saludables como el consumo de frutos secos, legumbres, ácidos grasos saludables (como el aceite de oliva virgen extra o el omega 3 del pescado), cereales integrales, frutas y verduras", ha concluido.

Vinculan la obesidad en la adolescencia con el riesgo de cáncer de colon en la adultez

Tomado de: medlineplus.gov

La obesidad, incluso en la adolescencia, podría aumentar las probabilidades de cáncer de colon en la adultez, encuentra un nuevo estudio de gran tamaño.

Unos adolescentes con sobrepeso y obeso de Israel tenían un riesgo de cáncer de colon un 53 por ciento más alto en la adultez, encontraron unos investigadores.

En cuanto al cáncer rectal, la obesidad (pero no el sobrepeso) se vinculó con un riesgo de más del doble en las chicas, y un riesgo un 71 por ciento más alto en los chicos, en comparación con los adolescentes de peso normal.

"Este estudio es una evidencia adicional de que los factores de riesgo del cáncer de colon están activos a lo largo de toda la vida", comentó el Dr. Andrew Chan, profesor asociado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard.

Los hallazgos "resaltan la importancia de mantener un peso corporal sano, incluso en la niñez", añadió Chan, que no participó en el estudio.

De acuerdo con la Sociedad Americana Contra El Cáncer (American Cancer Society), el cáncer de colon es el tercer cáncer más comúnmente diagnosticado entre los hombres y mujeres de EE. UU., sin incluir el cáncer de piel.

Este año, en Estados Unidos se diagnosticarán unos 95,500 casos nuevos de cáncer de colon, y casi 40,000 casos nuevos de cáncer rectal, según la sociedad.

Dado que tantos estadounidenses jóvenes tienen sobrepeso o son obesos, las preocupaciones sobre el efecto del peso excesivo en la enfermedad crónica más adelante en la vida, incluyendo el cáncer, han estado en aumento.

"Cuando uno es joven, la obesidad es una enfermedad que le pone en riesgo de muchos problemas médicos", dijo el Dr. David Bernstein, jefe de hepatología en el Centro de Enfermedades del Hígado de Northwell Health en Manhasset, Nueva York.

"Sabemos sobre la diabetes, sabemos sobre la artritis, y ahora sabemos sobre el cáncer de colon", dijo Bernstein, que no participó en la investigación.

"Hay un vínculo bien documentado entre la obesidad y el cáncer de colon en los adultos", señaló Bernstein. "Tiene sentido que si se es obeso en la juventud, se tendrán más problemas cuando se es mayor".

Bernstein dijo que los cánceres tardan años en desarrollarse, de forma que no es sorprendente que los efectos de la obesidad en la adolescencia se observen en la adultez.

El nuevo estudio fue liderado por el Dr. Zohar Levi, del Centro Médico Rabin en Petah Tikva, Israel. El equipo de Levi recolectó datos de casi 1.1 hombres israelíes y más de 707,000 mujeres israelíes. Su peso se evaluó entre los 16 y 19 años de edad entre 1967 y 2002. Se les dio seguimiento hasta 2012.

La muestra final incluyó a casi 1.8 millones de participantes, según el estudio. Los resultados del estudio aparecen en la edición en línea del 24 de julio de la revista Cancer.

Durante un seguimiento promedio de 23 años, casi 3,000 participantes desarrollaron cáncer de colon, encontraron los investigadores.

Entre los hombres, unos 1,400 tuvieron cáncer de colon, y casi 600 cáncer de recto. Entre las mujeres, más de 760 tuvieron cáncer de colon, y más de 220 cáncer de recto.

"Se trata de una cohorte inmensa con un seguimiento mínimo de 10 años, y se midió el IMC [índice de masa corporal] de todos los individuos, no simplemente lo reportaron o recordaron", comentó Levi en un comunicado de prensa de la revista.

Una limitación del estudio es que los participantes solo tenían una edad promedio de 49 años cuando se diagnosticó su cáncer, bastante antes de que la mayoría de cánceres de colon se desarrollen, dijeron los investigadores.

Además, aunque el estudio encontró un vínculo entre la obesidad en la adolescencia y el cáncer de colon en la adultez, no muestra una relación causal directa.

Los investigadores tampoco tenían datos sobre la dieta, la actividad física ni el tabaquismo, lo que podría haber afectado a los estimados del riesgo. Tampoco contaban con los antecedentes médicos familiares, que podrían haber mostrado una predisposición al cáncer de colon.

Bernstein dijo que no se ha mostrado científicamente que perder peso pueda ayudar a reducir el riesgo. Aun así, "la obesidad se debe tratar", planteó. "Si la obesidad es un riesgo, la única forma de modificar ese riesgo es perder peso. No sé si ayudará, pero sin duda no hará daño".

Una buena dieta y el ejercicio durante el embarazo podrían reducir el riesgo de cesárea

Tomado de: medlineplus.gov

Comer una dieta saludable y hacer ejercicio durante el embarazo no solo es bueno para el bebé en desarrollo.

Un nuevo análisis de 36 estudios que incluyeron a un total de más de 12,500 mujeres sugiere que esas conductas también pueden reducir las probabilidades de la futura madre de someterse a una cesárea o desarrollar diabetes durante el embarazo.

En general, unos hábitos saludables redujeron el riesgo de necesitar una cesárea en más o menos un 10 por ciento, señaló la autora del estudio, Shakila Thangaratinam, profesora de salud materna y perinatal en la Universidad de la Reina María, en Londres.

Un estilo de vida saludable también redujo el riesgo de una mujer de desarrollar diabetes durante el embarazo, que se conoce como diabetes gestacional, en un 24 por ciento, mostraron los hallazgos.

No resultó sorprendente que los hábitos saludables también controlaran la posibilidad de aumento excesivo de peso durante el embarazo.

"Según todas las evidencias hasta la fecha, lo que encontramos fue que una dieta saludable y una actividad física moderada en el embarazo sí reducen el riesgo de un aumento de peso [excesivo], y ese beneficio en realidad es asequible para cualquier mujer embarazada, sin importar el peso corporal que tenga [de antes del embarazo]", dijo Thangaratinam.

Pero es difícil definir exactamente qué debe ser una dieta saludable o qué ejercicio moderado sería mejor durante el embarazo, anotó, dado que cada estudio examinó la dieta y el ejercicio de una forma un poco distinta.

En general, las dietas animaban a comer más fibra, más pescado y aceite de oliva, y a no tomar bebidas azucaradas. Los estudios observaron a las mujeres embarazadas que usaron bicicletas estacionarias, nadaron, bailaron y realizaron ejercicios de tonificación, añadió.

Thangaratinam recomienda 150 minutos de actividad moderada por semana, con ejercicio aeróbico y dos sesiones de fortalecimiento muscular.

Una dieta saludable y el ejercicio regular no se vincularon con resultados como los casos de mortinatos o tener un bebé con un peso insuficiente o excesivo, o con que un bebé necesitara la unidad de cuidados intensivos neonatales, encontró el equipo de la investigación.

Ese hecho debería resultar tranquilizador, dijo Thangaratinam, ya que muchas mujeres le tienen miedo al ejercicio durante el embarazo, porque creen que le hace daño al bebé.

Los hallazgos son valiosos, aseguró Margie Davenport, profesora asistente de educación física y recreación en la Universidad de Alberta, en Canadá, que ha realizado investigación en esta área. Más de la mitad de las mujeres aumentan más o menos del peso recomendado, dijo, y eso aumenta el riesgo de cesáreas, diabetes gestacional y otros problemas.

El estudio refuerza tanto la seguridad como los beneficios de tener un estilo de vida saludable y activo durante el embarazo, aseguró Davenport.

"Ahora, apenas un 15 por ciento de las mujeres son activas durante el embarazo debido a, al menos en parte, un temor de que seguir haciendo ejercicio podría ser dañino", explicó Davenport.

Aunque los resultados del estudio ofrecen una reconfirmación sobre la seguridad del ejercicio, "todas las mujeres deben hablar con un profesional de la atención de la salud antes de iniciar o continuar con el ejercicio durante el embarazo", aconsejó.

Una experta anotó una limitación del estudio.

Un 80 por ciento de las mujeres incluidas en el análisis eran blancas, y más de la mitad eran de una clase social más alta, comentó Marlene Goldman, profesora emérita de obstetricia y ginecología en el Centro Médico Dartmouth-Hitchcock en Hanover, New Hampshire.

"Estudios como este en realidad no confirman nada", dijo Goldman. "Yo diría que sugiere un efecto bastante pequeño".

Pero añadió que los hallazgos sí ofrecen cierta reconfirmación de que una dieta saludable y el ejercicio podrían en realidad otorgar ciertos beneficios, al menos en las mujeres estudiadas.

En un editorial que acompañó al estudio en la revista, Marian Knight, profesora de salud materna e infantil de la Universidad de Oxford, y un colaborador anotaron que la obesidad materna y el aumento excesivo de peso en el embarazo se vinculan con complicaciones tanto para la madre como para el bebé. La duda que queda, según los editorialistas, es investigar qué tipo de actividad física es la mejor durante el embarazo.

El estudio aparece en la edición en línea del 19 de julio de la revista BMJ.

21 de julio de 2017

Alimentos procesados: ¿son realmente malos?

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

Escuchamos con frecuencia sobre los alimentos procesados, que son "malos", que no es recomendable comerlos con frecuencia, etc. Hasta yo lo menciono a menudo en mis publicaciones en redes sociales y en mi consulta. Entonces es válido preguntarse ¿cuál es el problema con estos productos?

Para empezar, hagamos una comparación entre lo que comían, por ejemplo, nuestros abuelos. Dejando de lado que usualmente tenían una vida más activa, también las personas hace años comían más frutas frescas, vegetales de todo tipo (picadillos, ensaladas, guisos), los frescos eran naturales o inclusive se acostumbraba tomar agua, las comidas se sazonaban con muchos condimentos o especias naturales. Los dulces o golosinas eran muchas veces también preparados en casa: arroz con leche, mieles, cajetas, etc. ¿Qué ingredientes artificiales se consumían en ese entonces? Probablemente ninguno o los mínimos.

Actualmente más bien muchas veces no se consumen frutas, los vegetales son mínimos en los platos, los refrescos muchas veces son gaseosas o refrescos de paquetito (que tienen gran cantidad de azúcar o vienen con edulcorantes artificiales), se consume mucha repostería por ejemplo en el desayuno o en el café de la tarde, el consumo de comida rápida es considerablemente mayor ahora y ni se diga de los productos procesados (bebidas, galletas, sopas, snacks, enlatados, panes, etc). 

Es cierto que facilitan mucho la vida con el ritmo que se lleva en estos tiempos, pero el detalle es que la gran mayoría vienen cargados de grasa, azúcar y/o sal (sodio). Porque se necesitan estos ingredientes para hacerlo más agradable al gusto del consumidor, y en ocasiones también para efectos de conservación del producto.

El problema es que estos ingredientes consumidos en exceso tienen repercusiones directas en nuestra salud (además de en el peso), y pueden llegar a producir cierto nivel de adicción.

Se podría pensar entonces ¿qué pasa con todos los productos "light" o "bajos en"? Si bien pueden tener menos de una cosa, usualmente traen más de otra (por ejemplo se quita grasa pero viene entonces con más azúcar). O también contienen edulcorantes artificiales, que ya algunos estudios han empezado a demostrar que no son la gran respuesta a la obesidad como se pensaba, y más bien pueden estar favoreciéndola. Pero más importante aún es que la oferta tan grande de productos light nos lleva a pensar que, entre menos cosas tenga un alimento es mejor, y se nos olvida que nuestro cuerpo ocupa nutrientes y le empezamos a dar todo artificial.

Estamos claros, los productos procesados vienen a facilitar y ahorrar tiempo, pero debemos tomar conciencia de que pueden tener un precio para nuestra salud. Esto no significa que debemos satanizarlos, solamente debemos moderar el consumo. Que la alimentación se base en alimentos frescos, e incluir ocasionalmente lo procesado. No vamos a generalizar que todos son perjudiciales, podemos encontrar opciones que podemos incluir en nuestra dieta.

Por ejemplo, podemos preparar al desayuno huevos, comer una fruta y agregamos algún pan comercial. En las meriendas podemos incluir, si no es fruta, un yogur (verificando el contenido de grasa y azúcar). En las comidas principales podemos preparar una ensalada y agregar algún aderezo comercial, o por ejemplo comer un arroz con pollo y acompañarlo con unas papitas tostadas. Podemos preparar comidas rápidas en casa, como por ejemplo hamburguesas, preparando nosotros las tortas con carne molida (no preformadas) y agregando bastantes vegetales, y usamos el pan comercial y aderezos.

Como vemos no es que si incluimos algo procesado ya nuestra alimentación no es saludable. Simplemente tratemos de organizarnos para preparar la mayor parte de nuestros alimentos a partir de ingredientes frescos. Por ejemplo podemos cocinar pollo, aprovechamos de usar el caldo para hacer una sopa en lugar de usar una de paquetito, y tenemos entonces para dos o más preparaciones con una sola cocción. Podemos preparar una olla grande de picadillo y congelar o refrigerar en porciones. ¡Si buscamos opciones y soluciones las encontramos! Puede ser mejor invertir un poco más de tiempo, pero cuidar nuestra salud.

No todos los alimentos de origen vegetal son iguales

Tomado de: medlineplus.gov

Durante años, el mantra ha sido que comer muchas frutas, verduras y granos protege de la enfermedad cardiaca, pero un nuevo estudio sugiere que elegir los equivocados podría resultar contraproducente.

En el estudio de más de 200,000 profesionales de la salud de EE. UU., se encontró que los que comían bastante alimentos saludables de origen vegetal (como verduras, habichuelas y granos integrales) sí tenían un riesgo más bajo de enfermedad cardiaca.

Pero eso no sucedió que las personas se llenaban de comidas que tienen técnicamente un origen vegetal, pero que no son tan saludables.

De hecho, las dietas ricas en pasta, pan, papas y dulces parecieron tan malas como, sino peores, que las dietas ricas en productos animales.

"No todos los alimentos de origen vegetal son iguales", apuntó la investigadora líder, Ambika Satija, becaria postdoctoral en la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en Boston.

Así que es esencial que las personas consideren la calidad nutricional de los alimentos de origen vegetal que elijan, planteó.

El estudio no examinó de forma específica las dietas vegetarianas o veganas, anotó Satija. De forma que los hallazgos no iluminan cómo esas dietas afectan al riesgo de enfermedad cardiaca.

Pero otros estudios han vinculado las dietas vegetarianas y veganas con unos riesgos más bajos de diabetes, hipertensión y enfermedad cardiaca, según el Dr. Kim Williams, jefe de cardiología en el Centro Médico de la Universidad de Rush, en Chicago.

"La nutrición basada en las plantas es superior respecto a la mayoría de las enfermedades", afirmó Williams.

"Pero lo que la gente no siempre entiende es que hay formas saludables de hacerlo, y formas no tan saludables", dijo. "Es posible hacerlo mal".

Williams es coautor de un editorial publicado junto con el estudio en la edición del 25 de julio de la revista Journal of the American College of Cardiology.

Los hallazgos implicaron a tres estudios que comenzaron en los 80 y los 90. Cada dos a cuatro años, los participantes ofrecieron información detallada sobre sus dietas.

El equipo de Satija observó la calidad de los alimentos de origen vegetal que esas personas comían típicamente, y cómo la calidad general se relacionaba con su riesgo de desarrollar enfermedad cardiaca.

En 2013, más de 8,600 de los participantes del estudio habían sufrido un ataque cardiaco o habían muerto de una enfermedad cardiaca.

El riesgo fue más bajo entre las personas que comían con regularidad bastantes alimentos de origen vegetal, incluyendo frutas y verduras, legumbres, frutos secos y granos enteros (como avena cocinada y arroz integral), encontró el estudio.

A los que estaban en el principal 10 por ciento de ingesta de alimentos saludables de origen vegetal fue a quienes mejor les fue: tenían una cuarta parte menos de probabilidades de desarrollar enfermedad cardiaca que los que se encontraban en el 10 por ciento inferior.

Al contrario, se observó el patrón opuesto entre las personas que comieron muchos de los alimentos de origen vegetal no tan saludables, como las papas, los granos refinados (el pan blanco, la pasta y las galletas) y los jugos de fruta azucarados. Los del 10 por ciento superior tenían casi un tercio más de probabilidades de desarrollar enfermedad cardiaca, frente a las personas en el 10 por ciento inferior.

Las personas que comían muchos alimentos de origen animal (como la carne, el queso y la mantequilla) también mostraron un mayor riesgo de enfermedad cardiaca. Pero el vínculo entre los alimentos de origen vegetal malsanos y los problemas del corazón fue un poco más firme, anotaron los investigadores.

Pero el estudio no probó que algunos alimentos de origen vegetal en realidad provocaran un aumento en los riesgos cardiacos, sino solo que hubo una asociación.

Aun así, para Williams, las implicaciones son claras. "Mientras más alimentos saludables de origen vegetal coma alguien, mejor", enfatizó.

Satija dijo que "creo que el mensaje de esto es bastante positivo". En otras palabras, los mensajes sugieren que las personas "no tienen que irse al extremo" con la dieta para obtener beneficios cardiacos.

En lugar de ello, dijo, pueden comenzar con "reducciones moderadas" en los productos animales, por ejemplo las carnes rojas y procesadas, y reemplazarlas con alimentos saludables de origen vegetal como las legumbres, las verduras y los frutos secos.

"Adoptar cambios como esto en la vida es mucho más fácil", aseguró Satija.

¿Hay alimentos que provoquen ataques de gota?

Por AITOR SÁNCHEZ GARCÍA / www.consumer.es

La gota es una enfermedad causada por la acumulación de cristales de ácido úrico en las articulaciones, en las que produce una hinchazón muy dolorosa. Esta patología es mucho más prevalente en hombres que en mujeres (casi el triple) y también una condición muy dependiente de los factores genéticos. El ácido úrico se forma a partir de las purinas y su exceso puede provocar que cristalice en diferentes lugares del cuerpo. Dado que la eliminación del ácido úrico en el organismo se hace de forma muy lenta, el tratamiento clásico se ha centrado en reducir la ingesta dietética de purinas y aumentar la excreción urinaria con fármacos. Pero ¿de qué modo influye la alimentación en la gota? En este artículo se enumeran los alimentos y los factores dietéticos más relacionados y qué recomendaciones se pueden seguir.

¿Cómo influye la dieta en la gota y en la recurrencia de ciertos dolores agudos? Tradicionalmente se han identificado varios alimentos "disparadores" de este dolor, una especie de gatillo que activa con mayor probabilidad el dolor articular de un ataque de gota. En esta colección han estado grupos de alimentos como el marisco, la carne roja, las bebidas azucaradas o el alcohol, pero también otros tan concretos como el tomate, así de específicos, presente en un 20% de los casos.

El tomate aumenta los niveles circulantes de ácido úrico, lo cual es un riesgo en sí mismo, además de para los ataques de gota. Sin embargo, se trata de alimento "anecdótico". Existe una asociación entre su consumo y estos ataques, pero en todo el patrón dietético no se debería prestar tanta atención solo a este alimento.

A nivel poblacional, se tiene identificado al tomate como "el gran villano" y se olvida con mayor facilidad otros alimentos todavía más insanos y causantes de estas crisis como los embutidos, el alcohol o incluso los refrescos.

Ácido úrico: otros factores dietéticos para tener en cuenta

También se ha visto que el pH urinario influye en la eliminación de ácido úrico y, por tanto, bajaría la concentración sanguínea. Pero esto no tiene nada que ver con la famosa dieta alcalina, que promete prevenir o curar enfermedades comiendo alimentos con pH básico. Esa dieta sigue, a día de hoy, sin respaldo científico y solo destaca que posee una alta presencia de frutas y verduras, nada más.

Se trataría de emplear, en parte, la misma estrategia que también usan algunos fármacos para el control de la gota, que aumentan la eliminación urinaria del ácido úrico. ¿De qué modo? Mediante una alimentación basada en materias primas de origen vegetal (frutas, verduras, hortalizas...) acompañadas de aceites de calidad y una proteína en la que el alimento predominante fuesen las legumbres.

La dieta es, por tanto, una de las estrategias más baratas, seguras y convenientes a nivel de coste-beneficio.

¿Qué recomendaciones generales se deben seguir?

Las principales recomendaciones son las siguientes:
  • Basar la alimentación en la que no haya presencia de los alimentos "sospechosos" para el inicio de los ataques de gota (alcohol, dulces, carnes rojas, embutidos, tomate...).
  • Sustituir proteína de origen animal por proteína de origen vegetal. El exceso de productos animales, sobre todo cárnicos, se asocia con mayor recurrencia en los ataques.
  • Aumentar la frecuencia con la que se orina. Para ello sería conveniente incrementar la ingesta hídrica, reducir la del alcohol y seguir una dieta moderada en sal añadida.
  • Evitar consumir muchos alimentos ricos en purinas en las mismas ingestas, que pudieran hacer que las concentraciones superiores en sangre provocasen un ataque de gota.

Dormir bien podría ayudarle a evitar la comida basura

Tomado de: medlineplus.gov

Duerma bien de noche y quizá la comida basura le resulte menos atractiva al final de un día difícil.

Esa es la sugerencia de un estudio que aparece en una edición reciente en línea de la revista Journal of Applied Psychology.

"Encontramos que los empleados que tienen un día de trabajo estresante tienden a llevar sus sentimientos negativos del lugar de trabajo a la mesa en la cena", apuntó la coautora del estudio, Chu-Hsiang (Daisy) Chang, de la Universidad Estatal de Michigan.

Esto significa que comen más de lo usual y optan por más comida basura en lugar de comida saludable, dijo Chang, profesora asociada de psicología.

"Pero otro hallazgo clave mostró la forma en que el sueño ayudaba a la gente a manejar su consumo de alimentos por estrés tras el trabajo", anotó Chang. "Cuando los trabajadores habían dormido mejor la noche anterior, tendían a comer mejor cuando experimentaban estrés al día siguiente".

Los hallazgos provienen de dos estudios con un total de 235 hombres y mujeres en China.

Los participantes en un estudio se describieron como "empleados de tecnología de la información" con trabajos exigentes y de alto estrés. En el segundo estudio se inscribieron trabajadores de un centro de llamadas expuestos al estrés continuo de ofrecer servicios a clientes exigentes.

En ambos casos, el estrés se vinculó con el inicio de pensamientos negativos. Y entonces se encontró que esa mentalidad se asociaba con un riesgo más alto de comer de forma malsana de noche.

En cuanto al motivo, los investigadores sugirieron que el estrés puede socavar el autocontrol al mismo tiempo que aumenta el deseo de hacer algo (como comer) para aliviar o evitar los malos sentimientos.

Pero los que durmieron bien antes de ir al trabajo fueron menos propensos a comer mal de noche, dijeron los investigadores.

"Dormir bien de noche puede hacer que los trabajadores se sientan descansados y vigorosos de nuevo, lo que puede hacer que sean más capaces de lidiar con el estrés al día siguiente y menos vulnerables a comer de forma malsana", dijo Chang en un comunicado de prensa de la revista.

Añadió que los hallazgos deben animar a las empresas a promover los beneficios de dormir bien de forma rutinaria.

14 de julio de 2017

Motivación y disciplina: ¡las claves del éxito!

Por: Lic. Diana Mora Ramírez

A través de los años he visto personas que intentan e intentan perder peso o seguir un plan de alimentación por otras metas, y no lo logran. Y también he visto a otros que consiguen sus objetivos sin ningún problema. ¿Qué hace la diferencia?

Es cierto que cada persona es diferente, pero dejando de lado las particularidades de cada uno, con base en mi experiencia me atrevo a decir que un punto clave es la motivación. Es común pensar: "quiero perder peso", o "quiero bajar mi grasa corporal" o "quiero verme más marcado", etc. Pero más allá de solamente quererlo o desearlo, debemos preguntarnos ¿por qué lo quiero? y llevar esa pregunta hasta el nivel más profundo.

Por ejemplo: ¿por qué quiero perder peso? Porque quiero verme delgado(a). ¿Y por qué quiero verme delgado(a)? Porque es de un tiempo para acá que he subido, antes pesaba menos. ¿Y qué tiene que antes pesara menos? Que en ese entonces la ropa me quedaba mejor y me sentía mejor conmigo mismo. ¡Ahí está la motivación! No sólo el verse delgado, sino recuperar esa buena sensación con uno mismo. Ese es el tipo de análisis que debemos hacer para encontrar lo que realmente nos va a motivar.

Una vez que tenemos la motivación, entonces se hace mucho más fácil la disciplina, ya que van de la mano. Podemos probar mil y un métodos para perder peso, nos pueden hacer el plan de alimentación perfecto, la rutina de ejercicios perfecta, pero si no tenemos la disciplina para cumplirlos entonces de nada sirve: no habrá resultados. 

No es lo mismo despertar y decir que voy a salir a hacer ejercicio porque una vez más quiero intentar bajar de peso, que despertar y decir con decisión: ¡antes me sentía mejor y quiero hacerlo de nuevo así que voy a hacer ejercicio! O cada vez que quiera abandonar el plan de alimentación voy a pensar en cómo me siento ahora y voy a decir: ¡no es así como me quiero sentir así que voy a seguir haciendo lo que es mejor para mí!

A todos nos mueven cosas diferentes, así que cada uno va a tener su motivación para buscar sus objetivos. Ya sea para sentirse mejor, por querer evitar tal vez una enfermedad o situación que haya vivido algún amigo o familiar, por querer mejorar lo que ya ha logrado...no importa el motivo pero ¡encuentre eso que lo haga despertar cada día dispuesto a hacer lo necesario para llegar a su meta!

¿Con una mejor dieta, una vida más larga?

Tomado de: medlineplus.gov

Las personas de mediana edad y mayores que empiezan a comer mejor también tienden a vivir más tiempo, muestra un estudio reciente de gran tamaño.

Los hallazgos, que aparecen en la edición del 13 de julio de la revista New England Journal of Medicine, quizá no parezcan sorprendentes. Los expertos médicos dijeron que el mensaje refuerza básicamente lo que las personas han estado escuchando durante años.

Pero el estudio es el primero en mostrar que los cambios sostenidos en la dieta (incluso a una edad avanzada) podrían alargar la vida de las personas, comentaron los investigadores.

"Una moraleja importante es que nunca es demasiado tarde para mejorar la calidad de la dieta", dijo la investigadora principal, Mercedes Sotos Prieto, científica visitante de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en Boston.

"La mayoría de participantes de nuestro estudio tenían a partir de 60 años", indicó.

Los hallazgos se basaron en casi 74,000 profesionales de la salud estadounidenses que participaron en dos estudios realizados a largo plazo que empezaron en los años 70 y en los 80.

Entre 1998 y 2010, fallecieron casi 10,000 de los participantes del estudio. Sotos-Prieto y su equipo observaron el modo en que el riesgo de muerte prematura de las personas se relacionaba con cualquier cambio en la dieta que hicieron en los 12 años anteriores (de 1986 a 1998).

Resultó que las personas que habían cambiado a mejor (que añadieron más fruta y verdura y granos integrales, por ejemplo) tenían un riesgo más bajo de muerte prematura que las que mantuvieron la misma dieta.

Por el contrario, las personas cuyos hábitos alimentarios empeoraron se enfrentaron a un riesgo más alto de fallecer durante el periodo de estudio (entre un 6 y un 12 por ciento más alto) que las personas cuya dieta se mantuvo estable, mostraron los hallazgos.

¿Hasta qué punto las mejoras en la dieta marcaron una diferencia?

Varió un poco en función de la medida de la calidad de la dieta. Los investigadores usaron 3 sistemas de calificación: el índice alternativo de alimentación sana; la puntuación alternativa de la dieta mediterránea, y la puntuación de la dieta DASH (por las siglas en inglés de método dietético para detener la hipertensión).

Los sistemas de puntuación difieren en algo, pero todos dan más puntos a los alimentos como las verduras, la fruta, los granos integrales, el pescado, los productos lácteos bajos en grasa y las fuentes de grasas "buenas", como el aceite de oliva y los frutos secos. A los alimentos procesados, los dulces, la carne roja y la mantequilla, por otra parte, se les da una calificación más baja.

En general, el estudio encontró que una mejora del percentil 20 en la calidad de la dieta se asoció a una reducción del 8 al 17 por ciento en el riesgo de muerte prematura por cualquier causa. Hubo una disminución parecida en el riesgo de mortalidad por enfermedad cardiaca o accidente cerebrovascular, en concreto.

Ese cambio del percentil 20 es un cambio bastante menor, según Sotos Prieto.

Esto se conseguiría, por ejemplo, al sustituir una porción diaria de carne roja por una porción de legumbres o frutos secos, dijo.

"Nuestros resultados subrayan el concepto de que las mejoras modestas en la calidad de la dieta a lo largo del tiempo podrían influir de forma significativa en el riesgo de mortalidad", dijo Sotos Prieto.

Alice Lichtenstein es vocera de la Asociación Americana del Corazón (American Heart Association) y profesora de ciencias de la nutrición en la Universidad de Tufts, en Boston.

"Este estudio refuerza lo que hemos estado diciendo durante mucho tiempo", señaló.

Lo ideal es que la alimentación saludable sea un hábito de por vida. Pero nunca se es "demasiado viejo" para hacer cambios a mejor, comentó Lichtenstein.

"La idea clave es hacer cambios a los que pueda atenerse durante el resto de su vida", enfatizó.

No hay alimentos ni nutrientes milagrosos, añadió Lichtenstein. En lugar de eso, el nuevo estudio "valida" el concepto de que lo que importa es la dieta general, explicó.

Connie Diekman, dietista registrada, se mostró de acuerdo. Dijo que una guía general es empezar a comer más alimentos procedentes de plantas.

Cuando las personas coman carne roja, Diekman sugirió que coman unos cortes más magros.

"Pasar de una comida de carne y patatas a unas verduras salteadas, quínoa y un poco de pollo a la parilla o una arrachera magra sería un modo de pasar a un patrón de alimentación más saludable", dijo Diekman, jefa de nutrición universitaria en la Universidad de Washington, en St. Louis.

La buena noticia, según Lichtenstein, es que se está volviendo más fácil comer de forma saludable. Dijo que los estadounidenses generalmente tienen más acceso a una variedad de granos integrales y frutas y verduras, frescas o congeladas, lo que puede resultar más económico.

No comas mejor, deja de comer peor

Tomado de: elpais.com

Hay frases que nos transportan directamente a la infancia. Hoy, al escucharlas de nuevo, no podemos evitar pensar cuánta razón tenían nuestros padres al pronunciarlas. Una de ellas es la siguiente: “No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia”. Pues bien, aunque la ciencia no debe basarse en refranes (no tardaríamos en encontrarnos con este otro: “Gente refranera, gente embustera”), las investigaciones rigurosas legitiman el refranero consejo, al menos en el ámbito de la nutrición. Es el caso del artículo científico publicado en la edición de junio de 2017 de la revista American Journal of Clinical Nutrition por el doctor Lukas Schwingshackl y sus colaboradores. De él puede extraerse la conclusión de que tiene más sentido disminuir el consumo de alimentos insanos que aumentar el de los saludables.

El objetivo de la revisión de Schwingshackl y su equipo (metaanálisis de estudios prospectivos) ha sido sintetizar el conocimiento disponible sobre la relación que existe entre la ingesta de doce grupos de alimentos con el riesgo de mortalidad por todas las causas. Su estudio tiene mucha relevancia, dado que una dieta sana es, según leemos en el artículo “uno de los factores más importantes en la prevención de la muerte temprana y la discapacidad en todo el mundo”. Estiman que el 70% de la mortalidad es atribuible a enfermedades no transmisibles, cuya relación con el estilo de vida (y eso incluye el patrón de alimentación) es incuestionable. Añaden, además, el siguiente cálculo: las personas que no fuman, son físicamente activas y siguen un patrón dietético saludable suelen vivir de 10 a 15 años más, de media, que el resto. No solo es cuestión de vivir más, desde luego, sino más bien de vivir mejor, es decir, con mayor calidad de vida, algo que también se observa en quienes siguen un buen estilo de vida.

Los doce grupos de alimentos que los investigadores relacionaron con el riesgo de mortalidad fueron los granos integrales, los refinados, las hortalizas, las frutas, los frutos secos, las legumbres, los huevos, los lácteos, el pescado, la carne roja, la carne procesada y las bebidas azucaradas.

Del estudio puede concluirse que priorizar en la dieta el consumo de “alimentos que disminuyen el riesgo”, de entre los que destacan los granos enteros (como el arroz integral o pasta integral), las hortalizas, las frutas, frutos secos o las legumbres, se relaciona con una disminución en el riesgo de mortalidad de un 56%. Son, en sus palabras, alimentos que suelen formar parte de patrones dietéticos de referencia como la dieta mediterránea o la dieta vegetariana.

Antes de seguir, es importante leer el punto en el que los investigadores afirman lo siguiente “No estamos argumentando que el consumo de los grupos de alimentos investigados esté per se causalmente relacionado con la mortalidad”. Y es que, al tratarse de una evaluación de estudios observacionales (no de intervención) existe el riesgo de que estén presentes factores de confusión. Así, y también en boca de los autores, “las personas con un alto consumo de granos enteros, frutas, verduras, pescado, frutos secos o legumbres pueden tener diferentes estilos de vida o un estatus socioeconómico diferente de aquellos con menor consumo”.

Es necesario comprender bien este aspecto, ampliado en investigaciones como la de Darmon y Drewnowski (Am J Clin Nutr, 2008), o en el libro “Más vegetales, menos animales”, para no caer en equívocos. En el caso del pescado, por ejemplo, es posible que su elevado consumo no solo sea un marcador de un mayor nivel socioeconómico (claro factor de protección de la mortalidad) sino que sea beneficioso porque su ingesta desplaza el consumo de carnes rojas o procesadas. Pero tomar mucho pescado no solo desplazará el consumo de alimentos superfluos y de carnes rojas y procesadas, también puede desplazar al consumo de alimentos protectores: los de origen vegetal poco procesados. Es más, el doctor Schwingshackl y sus colaboradores no se olvidan de indicar que “la presencia inevitable de contaminantes ambientales [en el pescado] también debe tenerse en cuenta cuando se consumen cantidades mayores”. Probablemente, al menos en este caso, más no sea mejor. Más clara parece la relación entre la elevada ingesta de carnes rojas o procesadas y el mayor riesgo de mortalidad, algo que han confirmado numerosos estudios, como el recién publicado por la doctora Ligia Juliana Domínguez y sus colaboradores en la revista Clinical Nutrition.

Sea como fuere, hemos indicado que el riesgo de mortalidad podría disminuir un 56% elevando la ingesta de alimentos protectores. Pues bien, y creemos que esto es más importante, en la investigación se constata que el riesgo de mortalidad se eleva un 100% (es decir, se duplica) ante un elevado consumo de “alimentos que incrementan el riesgo”, como es el caso de carnes rojas, carnes procesadas o bebidas azucaradas. Es decir, es más arriesgado “comer mal” que beneficioso “comer bien”.

No es un concepto novedoso, al menos en el ámbito científico. En 2013, la entidad American Institute for Cancer Research, propuso como consejo para controlar el peso corporal disminuir el consumo de alimentos insanos, en vez de sumar “hortalizas, frutas o granos integrales”. Y es que la suposición de que si la población toma más frutas y verduras reducirá su consumo de alimentos superfluos no parece funcionar. Existen múltiples razones que explican esta constatación, pero no podemos dejar de lado que las políticas alimentarias dejan, en general, mucho que desear.

En resumen, de igual manera que tiene más sentido no ensuciar que limpiar, no maltratar que tratar bien o no fumar que respirar aire puro, también parece más importante no consumir a menudo alimentos insanos, que obsesionarnos en seguir una dieta sana.